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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XVII)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
martes, 27 de diciembre de 2005, 00:38 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado:


Ha estallado un pavoroso escándalo en el país. Unos diputados rebeldes se niegan a votar la investidura de su jefe partidario como presidente del Gobierno. Las diversas siglas se lanzan acusaciones mutuas de corrupción, mientras en la prensa aparecen informes comprometedores para todos. La gente comienza a alarmarse tanto que el histerismo se adueña de la clase política: han de rodar cabezas, para que todo siga igual. Pero Grullo recibe una llamada telefónica de su amigo, el Representante Independiente, que se encuentra sumamente intranquilo: quieren involucrarle en la crisis. Le explica por teléfono la situación.)


Capítulo XIII (continuación)


¡Un modelo político fundamentado deliberadamente en la concepción prófuga del presunto representante, para convertirlo desde la raíz en señorial autorrepresentante de beneficios ocultos e inconfesables...! ¡Si el sistema se rasgaba las vestiduras ahora, era sólo porque una panda de desarrapados, insatisfechos con la parte del botín que se les adjudicaba en el despiece bandolero del Estado, había decidido abstenerse de apoyar el programa final de depredación del predio público pactado en las sombras por los bandoleros mayores del partido!

De hecho, la panda de desarrapados conflictivos ni siquiera eran unos tránsfugas... Se mantenían leales a lo que les habían prometido sus jefes previamente e incluso más o menos fieles a las promesas electorales del partido... Antes bien era todo el resto de la formación quien se había fugado del programa inicial... ¿No había leído tal portada de periódico unos días atrás? Una brizna de verdad, en medio de la intoxicación masiva... Un escrúpulo pasajero del director del medio o acaso un fallo en las cadenas sucesivas de censura inorgánica... Pero tal transfuguismo no era novedad, sino costumbre entre el estamento político... En dicha potestad del delegado veía el Representante Independiente la dinamita que, tras cada elección, hacía estallar la democracia para convertirla en pura farsa.

Si se había levantado semejante huracán de venganzas y de polémicas, desde todas las tribunas de intoxicación mediática, no era porque se estuviese torciendo la voluntad del pueblo... ¿A quién le importaba el pueblo...? Se atentaba contra el vasallaje que los diputados debían a quien les había acomodado en las listas electorales... Por supuesto que todos sabían que el escaño era de las siglas y no de los diputados; pero el escaño de todos, incluido el de los líderes: tampoco ellos arrastrarían votos por sí mismos para salir electos, porque ni siquiera llegarían a a ser conocidos por nadie, si los patrocinadores de las siglas no les financiaran el chiringuito... Claro que eso no podía ser admitido de ningún modo: era preciso mantener la fábula del diputado inviolable, no sujeto a ningún otro poder que el del pueblo... ¡El único desposeído de cualquier poder, soberano teórico de todo...! Los diputados rebeldes eran unos ingenuos, se habían creído algo de su propio discurso y se negaban a acatar su obligado vasallaje... Por eso, serían destruidos sin piedad: los plutócratas habían instruido a las redacciones para que anestesiaran completamente a la población, a fin de que no percibiera lo que estaba ocurriendo... Los cruces de acusaciones mutuas no tenían otro objeto que el de distraer a la plebe y uno sólo era el propósito compartido: crucificar desde ambos lados a los rebeldes, pero sin entrar desde luego en el meollo de la cuestión, la existencia de una democracia demófuga.

Las aguas se tranquilizarían, algunos testaferros irrelevantes serían sacrificados, la lluvia de improperios encenagaría para siempre a los diputados díscolos, y todos podrían seguir medrando en las alturas, al calor de un sistema prófugo de la población, indiscutido y venerado, que para mayor sorna sería presentado finalmente como higiénico... Y lo era: aniquilaba todo cuanto no estuviera tan podrido como él mismo, hasta los tuétanos.

–Ha observado: “¿Una democracia demófuga la califica voacé? Esa expresión refleja un mundo ideológico más débil y un sistema político más chusco que las frases que a mí me atribuyen, aunque sea yo quien luego cargue con la fama”.

Pues ése era el nombre que mejor la identificaba: democracia demófuga para receptar la dictadura del sistema sobre la gente... Se permitía escoger la corteza externa de una u otra lista nominal, igualmente pregonadas en el mercado publicitario, pero cuyo producto era el mismo: después, los electos harían, de verdad, lo que les diera su real gana y abonarían con creces centuplicadas el principal y los intereses que se hubieran invertido en forjarlos... Las grandes desavenencias aparentes entre la clase política no era sino el condimento necesario para que el elector no percibiera la magnitud del engaño... A lo sumo, algunos retoques de detalle en cuestiones menores, esa era toda la libertad que el sistema toleraba a los próceres de la política, a cambio de fomentar sus marcas... Al pueblo, ninguna: trocar un sátrapa por el siguiente, no había otra libertad política...

–Ha coincidido con él: “Pues si las cosas son como voacé dice y yo me barruntaba, ciertamente perjudica más al gobierno del pueblo la existencia de un sistema demófugo –en donde todo es transfuguismo y todo el estamento político prófugo del pueblo– que la crisis ocasional de unos tránsfugas que sólo ponen en un brete a sus prófugos supremos”.

El sistema demófugo estaba deliberadamente diseñado para ello... De ahí que la Constitución prohibiera expresamente el mandato imperativo de los electores a sus representantes... Pero sólo ese mandato imperativo se prohibía, porque, por lo demás, ¿alguien dudaba de que los diputados eran máquinas de votar sin criterio propio, a favor o en contra, unánimemente cada partido, según las órdenes y las consignas que dictara la jefatura de cada formación...? Precisamente, el caso de los diputados insumisos era un conato por rebelarse contra la dictadura orgánica de su partido... ¡Unos verdaderos ingenuos! Porque la única inviolabilidad cierta que les garantizaba el sistema era sobre el pueblo, a fin de que los electores no tuvieran la posibilidad de ordenar nada a sus servidores señoriales...

–Ha aumentado su asombro: “¿Servidores señoriales? Si no fuera porque percibo la congoja con que me habla voacé, podría ironizar sobre la capacidad intelectual de los votantes, por no observar la paradoja que ambos conceptos suponen. Lanzan sobre mí la fama de la necedad, siendo por lo visto bastante más generalizado ese defecto, en este punto y en alguno más de los que voacé me expone”.

Ahí estaba la quiebra del sistema: de un lado el pueblo, reducido a la condición de impotente; de otro el presunto representante, todopoderoso e inmune... ¡Insubordinado ante quienes debería representar!, ¡señorial sobre ellos!

–Le ha venido a la mente una analogía: “El mismo modelo de representación legal que acontece en la Justicia. El sistema acude a taponar todas las grietas por donde podría colarse la acción o la voz real del pueblo”.

En cambio, no podía imponerse por ley escrita la sumisión expresa del diputado al mandato imperativo de sus cúpulas, lo que hubiera revelado con excesiva nitidez la voluntad de coartar únicamente al pueblo y de establecer una dictadura innegada de la jerarquía... Eso se conseguía por la cultura del voto disciplinario, que le vinculaba a los líderes famulares y a quienes manejaban los hilos, desde fuera del proscenio... Por esa rendija se les había colado el único transfuguismo que a los diseñadores del régimen les preocupaba, el de los rebeldes contra los de arriba... De manera que los díscolos habían atentado contra los dueños del anfiteatro, poniendo al desnudo las ficciones de la fábula: serían destruidos inexorablemente...

Ése era el único entramado que no podía señalarse ante los crédulos espectadores, sino todas las demás tramas que se estaban escenificando en los medios... La urdimbre del sistema debía permanecer intacta...
Y en alguna de esas tramas le estaban intentando involucrar a él, para limpiar la tramoya teatral de perdedores...

–Le ha preguntado: “Problema insoluble, por lo que me expone. O dictadura de los líderes y del partido o dictadura personal del electo que se enseñorea del escaño. Y en ambos casos, dictadura de las grandes corporaciones, a quienes sirven líderes, electos y partidos, permanentemente... ¿Y percibe voacé alguna solución para que el gobierno del pueblo no quede reducido a esta fábula perpetua?”.

Ninguna... La posesión del escaño por el electo o por el partido introducía vicios similares: en ambos casos, gobernaban “ellos”, a su gusto y beneficio; y, estamentalmente, el conjunto de la clase política, también en su provecho...

(Quizá entonces el problema radique precisamente en la “posesión” del escaño, que no puede atribuirse ni al partido ni al electo, ha pensado Pero Grullo).

Aun peor: la posesión del escaño por el partido aportaría defectos superiores... La nomenclatura o el líder del partido podría destituir a todo aquel electo que le hiciera sombra o que no acatara sus consignas de un modo no ya sometido, sino esclavo... Amén de que continuaría el problema sustancial: el transfuguismo o profuguismo general de la clase política, tras la urna, para comenzar a hacer desde ese mismo momento su capricho...

(De donde se deduce que la urna no puede seguir siendo la aduana o barrera infranqueable, cuyo efecto mayor es el de deponer al pueblo, ha pensado Pero Grullo).

Nadie podía sustraerse a la erótica de poder absoluto que se alumbraba en cuanto sus deseos se convertían en ley... Desde el Gobierno que controlaban, desde el Ministerio que ya era suyo, desde la covachuela en la que se redactaban los reglamentos, desde la oficina en la que se pergeñaban los baremos... Y para los provechos mutuos que beneficiaban a toda la corporación política siempre podía hallarse un buen consenso, con la impunidad de que obtener lo mejor para ellos sólo tenía un perdedor: el pueblo...

El sistema era corrompiente, ya lo había calificado así el día de su primer encuentro, en la sesión parlamentaria... Sus diseñadores lo sabían a la perfección... Quienes habían bautizado como democracia una arquitectura política profundamente demófuga, donde sólo los electores estaban coartados en sus atribuciones, pero no los electos, conocían sobradamente la dictadura de los pocos que estaban constituyendo...

(¿Acaba de señalar la solución el propio Representante Independiente? La arquitectura demófuga restringe el poder de los electores, sin restringir las potestades de los electos, omnímodos desde que consiguen su acta. La democracia real, ¿no habría se seguir el camino inverso?, ha pensado Pero Grullo).

Los administradores, dueños absolutos de las administraciones, sólo tenían que compartir algunas parcelas de poder con la oposición para que funcionase de inmediato la complicidad entre todos... Unos centenares de diputados señoriales, dueños del patrimonio público de todos, en cada Parlamento... Unas decenas de concejales, apoderados también del patrimonio público de todos, en cada Ayuntamiento... Y los garantes de que a ese latrocinio de competencias se le llamaría “democracia”, los jueces, más demófugos y señoriales que ninguno... La forma fulminante de erigir unas élites aristocráticas, ansiosas por preservar conjuntamente el régimen político que enaltecía sus privilegios...

No había solución... Todo era un consolidado subterfugio... Tras cada elección, el golpe del Estado contra el pueblo estaba asegurado... Todos los órganos de poder se aprestarían a erigir una superestructura de dominio de lo público por parte de la minoría... El régimen de contención del pueblo para que fuera excluido del poder estaba bien meditado...
(El dominio privado de lo público, por una minoría que se lo apropia sistemáticamente... Quienes califiquen un modelo semejante como "democracia", con harta inexactitud afirmarán después que soy yo el estrecho de mente: pocos engaños más burdos, y sin embargo lo aceptan sin ningún análisis, ha reído para sí Pero Grullo).

Y ahora los dueños del Estado iban a sacrificar a alguno de sus secuaces menores, para que toda la estructura se mantuviera incólume... Ya le habían advertido que su nombre comenzaba a sonar en ciertos ámbitos: su presencia incomodaba a todos, un elemento extraño en mitad de unos partidos turnantes, con la única preocupación de repartirse comederos y cargos... Sin duda que constituía una presa fácil.

–Se ha ofrecido: “¿En qué puedo ayudarle yo a voacé? Todavía no alcanzo a comprenderlo”.

Tenía que reconstruir sus pasos de los últimos meses, demostrar dónde había estado y dónde no... Querían involucrarle en determinadas reuniones secretas, citas clandestinas, episodios de la presunta trama... No en las componendas ocultas que continuamente conformaban la política, sino en el libreto de falsas corruptelas que se estaba fabricando para consumo de la opinión pública, en donde se lincharía a los más inocentes.

Por eso estaba llamando a todos los que pudieran testimoniar qué había hecho él en ciertas fechas, y el día histórico del nacimiento glorioso de la oficial Región también pretendían atribuirle inconfesables conchabeos, entrevistas conspiratorias con los diputados rebeldes, intrigas diversas con los presuntos agentes de la supuesta trama... En eso, su testimonio podía servirle de ayuda, llegado el caso de que lo necesitase.

–No lo ha dudado: “Si con mi declaración puedo contribuir a sacar a voacé de esta infamia en la que estoy seguro que no tiene ni arte ni parte...”
Tampoco era tan sencillo... Sus adversarios podían incriminarle aportando cuantos testimonios falsos precisaran... Si finalmente alguien decidía poner su nombre en la lista de quienes debían caer en desgracia, difícilmente podría salvarse... La prensa arremetería contra él desde todos los ángulos y en poco tiempo quedaría convertido en una piltrafa, en un cadáver político... Y si el asunto acababa por ser reconducido hacia los tribunales, mucho peor... Las señorías judiciales cumplirían su misión con total impunidad: triturar a los enemigos de los césares que debían seguir promocionando sus carreras...

No, en realidad, aún no había decidido qué estrategia adoptar en la hipótesis de que finalmente su nombre fuera a ser incluido en la crisis...

Estaba evaluando posibilidades... Por una parte, contactaba con los amigos que pudiesen secundar dónde había estado en determinados momentos... Pero quería ser claro, también estaba considerando la opción de rendirse de una vez, arrojar la toalla en vista de que oponerse a un sistema tan trabado de intereses seguía demostrándose imposible y peligroso.

–Ha querido confirmar: “¿Declararse vencido voacé después de tanto como lleva luchado?, ¿irse para que su nombre sea asociado eternamente con una trama en la que no participa?”.

Al contrario, de esa forma podía salvarse... Su escaño era codiciado por los dos grandes partidos; si se comprometía a no presentarse en las próximas elecciones, dejándoles el campo libre, le aseguraban que quedaría al margen de la crisis... También podía afiliarse a cualquiera de ellos, pasando entonces de víctima en peligro a verdugo todopoderoso... Con sólo perder su libertad: ese era el tributo.

–Ha resumido la disyuntiva: “¿O encenagarse con los eternos ganadores y medrar en política y en la Administración o ser arrojado al cieno de las difamaciones y quizá ser represaliado por la Justicia...? El sistema corrompiente, que expulsa a quienes no se corrompen, como voacé dice. He aquí el dilema que le ofrecen, ¿no es eso?”.

En toda su crudeza... Era el momento de elegir: o un futuro personal envidiable, con cargos, honores, reconocimientos y libre disposición del presupuesto público para él mismo y para el grupo de fieles que quisiera formarse bajo su mando, o la lapidación pública, la deshonra y acaso la cárcel... Sólo se le pedía que besara alguna de las manos mafiosas del sistema...

Cualquiera de ellas...

–Le ha preguntado, considerando posible incluso la hipótesis menos verosímil: “¿Y ya tiene voacé alguna idea del camino que emprenderá? Aunque confirmo que, sólo por mantenerse en la duda, ya está probando que pertenece a una raza distinta a sus compañeros de escaño y hasta a la de la mayoría de los seres humanos que estuvieran sometidos a ese tipo de tentaciones”.

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Próxima entrega de la novela: martes, 13 de diciembre.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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