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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

La Europa social

Raúl Tristán

domingo, 11 de diciembre de 2005, 08:06 h (CET)
Cuando Europa afrontó dividida, pues así ha acontecido a pesar de campañas publicitarias y discursivas, el reto de dotarse de un ordenamiento legal común al que se denominó de forma no muy correcta Constitución Europea, algunos advirtieron, no sin razón, de los peligros de dar a esa norma básica y primordial una orientación marcadamente mercantilista, de carácter capitalista, preocupada en exceso de las transacciones económicas entre los Estados Miembros, en definitiva, de los trasuntos de lo que dio en llamarse “la Europa de los mercaderes”.

A fecha de hoy, el europtimismo por aquel proyecto se ha diluido. Vapuleado por los escasos apoyos recibidos parece dormido, o quizás, siendo más negativo en mis afirmaciones, se encuentra casi moribundo.
Todos sabemos que, tarde o temprano, esta cuestión deberá retornar a la primera plana de nuestros periódicos y telediarios pero, mientras tanto, la hemos ido arrinconado en ese oscuro lugar que reservamos en nuestra memoria para los temas que un día fueron candente actualidad y que, de la noche a la mañana, parecieron carecer de todo interés mediático.

Ocurre sin embargo que, de vez en cuando, alguna noticia hace que nuestra conexión neuronal con aquella cantinela, que nos invitaba a todos a apoyar en referéndum el Tratado, se vuelva activa y conduzca una breve pero intensa descarga eléctrica en el área de nuestro cerebro que hace las veces de centinela de nuestras convicciones más profundas, a veces simples instintos de protección atávicos que no deben de ser ignorados.

Sí, eso es lo que nos ocurre cuando vemos que la amenaza que temíamos se cerniera sobre lo que ansiábamos fuera una Europa Social se hace real en las propuestas materiales de los mandatarios de ciertos países.

Y digo esto al hilo del rechazo efectivo, por parte de la UE, de una propuesta del Reino Unido que tenía como finalidad fijar la jornada laboral máxima en 65 horas semanales. En efecto, los ministros de Trabajo de los Veinticinco rechazaron el jueves dicha propuesta de la presidencia británica, pero la división entre los diferentes estados se hizo patente, al no lograr un acuerdo sobre la revisión de la directiva de tiempo de trabajo. España, entre otros, aboga por fijar una fecha límite para la desaparición de todas las excepciones a la jornada laboral de 48 horas semanales.

El trabajo es un derecho, pero también lo es el tiempo de ocio y la no explotación del trabajador. Y el trabajo y el tiempo de ocio deben de formar parte como un tándem de nuestra idea de Europa.

La Europa Social que algunos pretendemos cuesta dinero, requiere de grandes inversiones y enormes sumas de capital, pero no podemos renunciar a ella, debe de ser nuestro objetivo, no podemos admitir otro modelo (como el estadounidense, por ejemplo) que abandone a los sectores sociales no pudientes, incluso medios, a su suerte, es decir, que los condene a una ruina segura en lo social, lo económico, lo sanitario, lo educacional... y además, ¿acaso no es cierto que el sector empresarial y financiero se está nutriendo, o mejor, lucrando de forma desorbitadamente vergonzante de la sociedad?.

No podemos construir una Europa de Mercaderes, es un deber moral y ético impedir el avance de una Europa descarnada, deshumanizada, controlada y dominada únicamente por los intereses económico-financieros, por el ansia del tener más que el otro y no pensar en “ese otro” para dar, sino para arrancarle hasta la última gota de su sangre.

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