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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

El deber del ciudadano

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
sábado, 10 de diciembre de 2005, 00:42 h (CET)
Reconozco que tengo la costumbre de no prestarle demasiado interés a los discursos, puesto que me inspiran más confianza los hechos, acciones y realizaciones. Con los años y la crecida colección de desengaños que uno va echándose a la espalda, le hacen ver las cosas con mejor olfato y más oído. Sobre todo, ahora, que hay tanto vocero suelto sin corrector de alma. Sin embargo, siempre hay excepciones a la regla. La genialidad de las palabras sembradas por el británico Harold Pinter, con motivo del tradicional discurso del premiado con el Nobel de Literatura, son auténticamente revolucionarias, llenas de sentido común y de conciencia crítica. Me quedo con el cierre de su alocución, esa última reflexión propia de una persona cultivadísima que sabe mirar y ver, en la que hace una llamada al deber ciudadano de “definir la auténtica verdad de nuestras vidas y nuestras sociedades, una obligación crucial que nos concierne a todos”. Si esto no entra a formar parte de nuestra visión política, dijo: “no habrá esperanza de restaurar lo que casi hemos perdido, la dignidad del hombre”.

A veces da la sensación, por el trato recibido, de que somos un producto más germinado de la oscuridad y del absurdo, en vez de la luz y de la vida. No es verdad. Bajo estas premisas, ciertamente, la aventura de la existencia es muy difícil entenderla. Olvidamos que el ser humano, lo más grande del universo, es ese mundo que proviene de una inteligencia, de una libertad auténtica, de una belleza que es amor incondicional. Por eso, a mi juicio, los legisladores hacen mal, muy mal, con legislar normas contra natura. Se ha puesto de moda ir contra la vida, en su autenticidad, y esto es gravísimo. Los efectos ya los vemos. Por desgracia, la mayoría de los políticos, como ha dicho Pinter y servidor refrenda, no están interesados en la verdad, sino en el poder y en su mantenimiento, para lo que es esencial que la gente permanezca en la ignorancia, incluso sobre sus vidas; por eso lo que nos rodea es un vasto tapiz de mentiras del que nos alimentamos. Mala digestión vamos a tener con este tipo de viandas.

A los hechos me remito, detrás de una legión de murmuradores siempre crece un mundo de discordia. Tenemos lo que nos merecemos, dice el pueblo. La falsedad siempre pasa factura. Cando menos socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales. Como botón de muestra, ahí está la incoherencia total de esa Vicepresidenta del gobierno español que hablaba de libertad de expresión a los estudiantes, pero antes había censurado sus preguntas. Nadie se fía ya de nadie. El hombre no se fía ni de Dios, lo ha dicho Joseph Ratzinger. Esto de caminar bajo el estado de la sospecha es algo tremendo. Por ello, quizás el primer deber ciudadano, tal y como está el patio de chismes, pasaría por restaurar con urgencia la verdad. Para empezar, cada cosa hay que llamarla por su nombre, incluidas las persistentes formas de opresión y explotación que soportan a diario miles de personas del falso estado del bienestar que omite el precio a pagar por las migajas. Hay que hacerlo para ayudar al cambio de actitudes y de mentalidades; y, para dar a la vida, la oportunidad de que todo ser humano (los embriones también) pueda habitarla en paz. Sin duda, nos merecemos vivir bajo el techo de otras energías; la de la autenticidad, aquella que no admite simulaciones, ni hipocresías. Para bien de la confianza recíproca, pura matemática.

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