Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

CEI: 14 años de separación civilizada

Yuri Filippov
Redacción
sábado, 10 de diciembre de 2005, 00:42 h (CET)
El 8 de diciembre de 1991, los máximos dirigentes de Bielorrusia, Federación Rusa y Ucrania estamparon su firma en dos documentos históricos: una declaración, mediante la cual proclamaban su secesión de la URSS, y un acuerdo sobre la institución de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) que, entre otras consecuencias, trajo la desintegración definitiva de la Unión Soviética. La CEI cumple en estas fechas 14 años, por lo cual se ha reavivado la polémica acerca de cuál es el balance de su existencia, qué es lo que representa en realidad, y cómo será su futuro.

La actual visión rusa del por qué y para qué se había creado la CEI la esbozó en términos extremadamente claros el presidente Vladímir Putin, al declarar durante su estancia en Armenia, a principios de este año, que el objetivo había sido asegurar que la desintegración de la URSS fuera más civilizada y con las menores bajas posibles en el terreno económico y humanitario. Misión cumplida. Es gracias a la CEI que las antiguas repúblicas soviéticas evitaron involucrarse en una serie de encarnizados conflictos como la ex Yugoslavia, donde no se había creado una estructura similar.

También es cierto que los objetivos de la CEI, en la época que siguió al colapso de la URSS, se presentaban en forma distinta. Lo primero que se esperaba de la nueva comunidad era la integración económica. Sin embargo, esas expectativas no se cumplían: los nuevos Estados independientes aspiraban a afirmar antes que nada su soberanía, primero, en lo que respecta a sus atributos externos y emblemas nacionales, y luego, en la vertebración de una vertical institucional y la consecución de la autonomía en lo económico. Es a ello a lo que se orientan en los países de la ex URSS las élites nacionales, respaldadas en estas aspiraciones por una mayoría abrumadora de la población.

Los intereses de la CEI como organismo autónomo y con una lógica de evolución propia se vuelven totalmente secundarios en este contexto. Es sintomático que en las repúblicas postsoviéticas jamás haya surgido un grupo de presión que a nivel supranacional defendiera la integración económica y política en el marco comunitario. En la Unión Europea, que es un habitual punto de referencia para la CEI, existió desde un principio - y al margen de las premisas económicas objetivas para la integración – un grupo de políticos que se proponían impulsar la unificación de Europa. Bien formado hoy, ese poderoso grupo de eurócratas había dedicado varias décadas a la lucha por el proyecto, venciendo a los oponentes e intentando persuadir a los indecisos, hasta que finalmente se volvió una fuerza autónoma y con mucho peso político. Es lo que podríamos denominar como ‘partido europeísta’.

En Eurasia no existe, a día de hoy, un ‘partido proCEI’. Tampoco hay un vector único en lo que concierne a la evolución política de los países comunitarios. Mientras algunos Estados son escenario de triunfantes revoluciones de colores’, otros se empeñan en tomar precauciones para impedirlas. Y el asunto no se limita al tema de la revolución. Las relaciones ruso-ucranianas, por ejemplo, sufren deterioros periódicos debido a los problemas pendientes en materia de los suministros del gas. Moscú declara abiertamente que Ucrania roba el gas ruso destinado para Europa Occidental, y la situación ha llegado ya al extremo de que los políticos rusos, desesperados en el intento de recabar la comprensión de sus colegas ucranianos, llaman a los países de la UE a que presionen sobre Kíev. El gasoducto Bakú-Ceyhán, tendido entre la costa del Caspio y Turquía, a espaldas de Rusia, no provoca últimamente tantas fricciones pero es evidente que el proyecto supone un serio impacto a la integración económica en el marco de la CEI. Al menos, todos los intentos de aplicar aquí una política energética única han fracasado hasta la fecha.

El problema de las autonomías independentistas – Abjasia, Osetia del Sur, Alto Karabaj y Transnistria -, en las cuales ha sido posible extinguir la guerra pero no lograr la paz definitiva, transforman el espacio postsoviético en una cancha de boxeo, colocando a los líderes de diversos países en rincones opuestos. El presidente azerí Ilham Alíev advierte que Bakú jamás aceptará la independencia de Alto Karabaj o su adhesión a Armenia, “aunque el conflicto dure diez o cien años”, y su homólogo armenio Robert Kocharián no descarte el eventual reconocimiento de Alto Karabaj o hasta su integración en Armenia “a menos que las prolongadas negociaciones en torno a este problema surtan algún resultado”. Rusia y Moldavia por poco rompen las relaciones cuando se ve atascado el proceso negociador sobre el arreglo en Transnistria y se prohíbe la asistencia de observadores rusos a las elecciones legislativas en Moldavia. Los diputados de la Cámara baja del Parlamento ruso ya exigen declarar un boicot a las importaciones del vino moldavo y deportar de Rusia a todos los inmigrantes ilegales venidos de ese país, cuyo número asciende a 200.000-300.000 personas como mínimo. Las querellas entre parlamentarios rusos y georgianos a causa de Abjasia, Osetia del Sur, bases rusas en Georgia u otros temas ya son una moneda de cambio.

Por si fuera poco, los miembros occidentales de la CEI se ven tentados siempre por la perspectiva de integrarse en Europa, lo cual obviamente molesta a Rusia que aspira a ser el núcleo de cohesión en la zona de la ex URSS. Aunque Ucrania o Moldavia tienen escasas oportunidades de ingresar un día en la Unión Europea (las mismas que Turquía, que podría permanecer en la puerta de la UE durante décadas, si no se cansa), la orientación hacia Occidente genera entre las masas un ánimo político que hace cuestionable la unión en el marco de la CEI.

La Comunidad de Estados Independientes es demasiado grande para que haya una integración económica de todos los elementos. En un principio, se habían hecho algunas ilusiones a ese respecto pero hacia mediados de la década pasada acabaron por desvanecerse. El principio de la integración a diversas velocidades pasó al centro de la ideología comunitaria, y los nuevos Estados independientes procedieron a resolver los temas más importantes sobre la base de relaciones bilaterales. Claro que siguieron cooperando. El deseo de la integración económica persistía, así que al poco tiempo surgió la idea del Espacio Económico Único que agrupase a Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán, y se formaron dos organismos rivales: la Comunidad Económica Eurasiática (CEA) y la GUAM, integrada por Georgia, Ucrania, Azerbaiyán y Moldavia. La CEI no tiene nada que ver con ello. Las nuevas alianzas es algo que, probablemente, podría sustituirla dentro de algún tiempo pero ya será una realidad completamente distinta, la de la época postCEI, del mismo modo que la CEI es una formación postsoviética.

Así y todo, la CEI ha desempeñado y sigue promoviendo una labor importante para la solución de problemas comunes que siempre se van a plantear en la Eurasia postsoviética. En las citas comunitarias, los presidentes consiguen como regla eliminar o al menos paliar las tensiones entre los respectivos Estados y sacar adelante la cooperación. Gracias a ello, la CEI va a sobrevivir seguramente en el futuro, aunque sea en calidad de un ‘club de presidentes’ o plaza política de alto nivel. Un historial común deja a los países postsoviéticos un amplio margen para las actividades conjuntas, y es algo que no se descarta así de sencillo. También se presentan nuevos retos, como la cooperación en la lucha contra el terrorismo internacional, el narcotráfico, la proliferación del SIDA y otros muchos problemas. Desaprovechar en esta tarea el mecanismo de la CEI sería una falta de perspicacia.

____________________

Yuri Filippov es columnista de RIA Novosti.

Noticias relacionadas

El Satélite Mohammed 6 B levanta vuelo

La nación marroquí sigue su firme camino hacia la modernidad asimilando los avances tecnológicos del mundo

Sánchez a tumba abierta intentando darle el vuelco a España

La influencia de Pablo Iglesias y la necesidad de dar apoyo a los soberanistas, le impulsan a entrar a saco con el modelo de Estado de España

Celestina o “el Tinder” prerrenacentista

Una remozada “Celestina” resucita en la magnífica adaptación de la productora Un Pingüino

Donde se habla de encuestas sorpresivas y de otros temas

“Todo el estudio de los políticos se emplea en cubrirle el rostro a la mentira para que parezca verdad, disimulando el engaño y disfrazando los designios.” Diego de Saavedra Fajardo

Wittgenstein

​Una de las afirmaciones hechas por las personas que apoyaron la "I Carrera contra el suicidio" se refería a que quieren que este tipo de muerte deje de ser un tabú y que pase a ser estudiado con detalle para poder evitar fallecimientos por esta causa.
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris