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Etiquetas:   A sangre fría   -   Sección:   Opinión

El papel mojado del 78

Jesús Nieto Jurado

sábado, 10 de diciembre de 2005, 00:42 h (CET)
La tiranía del calendario nos somete a una dura prueba cuando diciembre llama con su mano de nieve a la puerta del año. En las semanas finales del otoño convergen tres aniversarios, que impuestos por el pensamiento único de lo “correcto”, nos obliga a conmemorar acontecimientos del pasado cuya celebración, si fuese enjuiciada por la razón, quedaría en agua de borrajas. Lo referido ocurre en las calendas actuales con la cercanía cronológica del aniversario de Juan Carlos, la muerte de Franco, y lo que nos atañe por la proximidad pasada: la conmemoración de la Constitución del 78.

Desde tiempos pretéritos, y según refieren las crónicas de los historiadores clásicos, Hispania fue tierra de inmovilismo, territorio propicio al conservadurismo de las costumbres. Esta enemistad con la novedad, conforma el más doloroso estigma que hoy día el español mantiene de nuestro pasado, pues los siglos de Inquisición, espadones e infaustas monarquías, no han minado ni un ápice el inmovilismo patente de “nuestra raza”. Será por esto que en torno a la Constitución celebrada con fastos ilógicos, lograda por la sumisión humillante por parte de la izquierda de los privilegios de la derecha en el pseudo parlamentarismo, se ha formulado hoy día un debate apasionado en el que resulta dolorosa la oposición irracional de ciertos sectores a su cambio en consonancia con el devenir de los tiempos.

Han sido muchos los estadistas y politólogos que han referido ríos de tinta versando sus estudios sobre la idoneidad de adecuar los textos de las cartas magnas a los nuevos tiempos, según una dinámica de actualizar el marco de convivencia cívica a los retos a los que somete el futuro. Asimismo, la posición de los conservadores patrios al cambio constitucional, manifiesta la persistencia del mal endémico citado anteriormente: el miedo irracional impuesto por las sotanas a la modernidad, algo que arrastramos en el subconsciente y que en pleno siglo XXI, condiciona de manera vergonzante el debate político.

La posición del PP y su uso partidista de la Constitución, no muestra más que la sequedad ideológica de una formación que se aferra irracionalmente al papel mojado del 78, como un taliban puede o hacer con el Corán, o un ortodoxo con la Torah.

Anguita sostiene coherentemente que la Constitución del 78 es un contrato extinto establecido en una coyuntura concreta, cuya defunción ha sido certificada por los vaivenes del presente. En el fondo, ese objeto de culto por el cuál nos han perpetuado la monarquía y la desigualdad, es parafraseando a Millás “papel mojado”.

La política es cambio y toda postura incongruente ante la modernidad, como la defendida por los de Génova no obedece más que a posiciones demagogas, confusas y de una patente finalidad poco democrática.

Quien sabe, si para algun que otro político, bien tuviera vigencia el Fuero de los españoles, o ¿por qué no?, las leyes de Recaredo.

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