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Etiquetas:   Política   Estados Unidos   -   Sección:   Opinión

Una voz para los muertos

Uno de los más extraños episodios de la política norteamericana aconteció el 30 de mayo de 1934, cuando un congresista norteamericano acusó a los Rockefeller de haber encendido la chispa de la guerra del Chaco
Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
viernes, 25 de mayo de 2018, 06:37 h (CET)

El 30 de mayo de 1934, como uno de esos grandes cataclismos que dieron forma al mundo, una denuncia sensacional sacudió el mismo Congreso de Washington. Uno de los políticos más poderosos de Estados Unidos, de quien recelaba el mismo Franklin Delano Roosevelt, acusaría a los amos de las finanzas de Wall Street y sobre todo a la empresa Standard Oil Company capitaneada por Rockefeller, de haber encendido la chispa de la última guerra que recuerda la historia de Sudamérica.


El denunciante, el senador Huey Long, hizo gala del conocimiento que tenía de los mecanismos y estrategias inescrupulosas de los empresarios petroleros, a quienes había enfrentado y salido airoso cuando gobernó Luisiana. Aquel mes de mayo de 1934, la guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia había cobrado su mayor destaque en la prensa internacional. El 9 de mayo la Sociedad de las Naciones –de triste memoria- había presentado un informe hostil hacia el Paraguay.


Simultáneamente, un congresista presentó en el Senado norteamericano un pedido de embargo de armas contra el Paraguay, alegando “el pacifismo” estadounidense. Long ironizó al respecto aquel día, diciendo que recién se enteraba que Estados Unidos era un país “beatíficamente neutral” y “amante de la paz”, que a pesar de ello nunca estuvo ausente en disputas territoriales violentas de ningún territorio cuyo subsuelo sea rico en recursos minerales, en ningún lugar del mundo. Como tantas otras veces, Rockefeller había contratado a sus asesinos para una matanza masiva en Sudamérica, aseguró.


Cuando el 15 de enero de 1935, en el contexto de la guerra paraguayo-boliviana, la Sociedad de las Naciones decidió levantar el embargo de armas que pesaba sobre Bolivia, manteniendo el mismo sobre Paraguay, el senador Long declaró a la prensa: "Esta decisión de la Liga de las Naciones no es más que un mensaje dirigido al Paraguay y firmado por Rockefeller que dice: No toquen los lugares donde hemos localizado pozos del petróleo".


En enero de 1935 pocos tenían tan clara la naturaleza de la luego disuelta Liga como este senador norteamericano. En julio de 1934, Huey Long denunció la existencia de unas cintas de grabación donde Walmsley, dos ex gobernadores de Louisiana (Parker y Sanders) y cuatro representantes del Gobierno planeaban su asesinato. Pronto esas denuncias, que la prensa intentó descalificar, probarían su certeza.


El 8 de septiembre de 1935, habiendo abandonado el senador Long con sus guardaespaldas una sesión especial en el Capitolio Estatal de Baton Rouge, adonde había arribado desde Washington buscando zanjar en cuestiones locales de su estado, un desconocido se le acercó al amparo de la oscuridad y en ese momento se escuchó un disparo. La guardia de Long abrió fuego contra el sospechoso ocasionándole a su turno 61 heridas de bala antes de ser éste identificado como un joven y respetado médico, Carl Austin Weiss.


Desde un principio, se dudó de los reportes policiales, y la responsabilidad de Weiss fueron puestas en entredicho. Weiss era un médico otorrino de reputación, hijo del presidente de la Sociedad Oftalmológica de Louisiana. Nadie dio crédito cuando la policía y la prensa lo presentaron como supuesto asesino del senador Huey Long.


Las versiones más difundidas dicen que para incriminar al médico en los hechos, abrieron su automóvil y extrajeron su arma personal de la guantera. Su hermano testificaría que cuando se hizo presente en el lugar de los luctuosos sucesos vio el carro con las puertas abiertas y con los objetos personales del doctor Weiss desparramados en su alrededor

Un laureado documental defiende la difundida tesis de que Weiss había actuado como cabeza de turco y que las balas que impactaron en Long tenían otra procedencia. Del cuerpo de Long se extrajeron balas calibres 45 y 38, que no correspondían con el arma que Weiss portaba el domingo 8 de septiembre de 1935 a las 21 y 30 de la noche, que era calibre 32.


Una prueba del respeto del cual gozaba el Dr. Carl Weiss vino de los mismos sacerdotes de su culto. En un templo católico, fue despedido de acuerdo a los ritos de la religión que profesaba y su entierro fue apresurado debido a que si se demostraba que era el asesino de Long, ya no podría consumarse este protocolo religioso.


La muerte de Weiss nunca pudo investigarse ya que los guardaespaldas de Long no acudieron al llamado de los fiscales. Nunca se probó que el médico portara arma alguna cuando sucedieron los hechos, ni tampoco se llegó a resolver el asesinato de Long como para declararlo culpable. Se había presentado en el capitolio estatal esa noche del domingo 8 de septiembre de 1935, solo porque alguien le había llamado para decirle que Long quería conversar con él.

El hijo del Dr. Weisss, Carl Weiss Jr, realizó esfuerzos por limpiar el nombre su padre, y fue recibido por el hijo de Long, el también senador Russell Long (fallecido en 2003), logrando que la investigación sobre aquellos hechos se reanudara.

El profesor James Starss, de la Universidad de Washington, dirigió en 1991 una exhumación del cadáver de Weiss y descubrió que aún contenía dos de las sesenta y un balas que recibió, que no pudieron ser extraídas debido a una incrustación profunda.


Starss, que publicó un libro titulado “Una Voz para los muertos” dictaminó que Weiss se encontraba en posición defensiva al recibir estos disparos. Una bala disparada por los guardaespaldas, se especuló siempre, podría haber rebotado en las paredes de mármol del capitolio. Con el tiempo, un mar interminable de ficciones fabulosas diluyó la realidad en leyenda.


Dijo John Berger que hay veces que la muerte de un hombre completa y ejemplifica el sentido de toda su vida, y los misterios que la muerte de Long envuelve lo demuestran. La irrupción de Long en la cuestión de la guerra del Chaco, sigue siendo un misterio para los historiadores norteamericanos tan grande como para los mismos paraguayos.

Las ingognitas, a pesar de grandes escritores como Robert Penn Warren, de laureados biógrafos como Thomas Harry Williams o consagrados cineastas como Ken Burns, siguen sin respuesta.


Un pensador lo resolvió sabiamente hace mucho tiempo cuando sentenció que solo los muertos ven el final de la guerra

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