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Etiquetas:   Las plumas y los tinteros   -   Sección:   Opinión

El síndrome del David

Daniel Tercero García
Daniel Tercero
martes, 6 de diciembre de 2005, 23:51 h (CET)
“En algunas personas hemos advertido un deseo de dañar la estatua, en un gesto por reafirmar su propio yo, en peligro ante tanta opulencia estética”. Son palabras de la doctora Graziella Magherini cuando le preguntan por el síndrome del David. Magherini ya descubrió el síndrome de Stendhal en la década de los ochenta y ahora se arriesga con un nuevo síndrome, también referido al físico o belleza humanas.

Las enormes dimensiones del David de Miguel Ángel (más de cinco metros de altura y más de cinco mil quinientos kilos de peso) expuesto en la Galería de la Academia de Florencia no pueden pasar inadvertidas para cualquiera de los humanos. A los que le afecte con perturbaciones mentales –pasajeras o no- que les produzca deseos de destruirla, envidia o desconcierto, vayan pidiendo cita al psiquiatra. Al menos esto es lo que recomienda la doctora Magherini.

La estatua, que el año pasado cumplió los cinco siglos de vida, es de una belleza casi inigualable en el campo artístico de la escultura. David, pastor de la casa de Israel, fue, desde su exposición en público, el símbolo del poder florentino del siglo XVI cuyo gobierno encargó tal proyecto a Miguel Ángel Buonarroti para simbolizar el poder y la libertad de la república florentina. Tres años de arduo esculpido dieron como resultado la excelente pieza escultórica que se situó en la Plaza del Señorío, muy cerca de la Galería de los Uffizi y del Puente Vecchio. Y, ni un rayo (1512), ni revueltas populares (1527), ni garrafales limpiezas externas con ácidos clorhídricos (mediados del siglo XIX), ni el ataque de un energúmeno (1991) estando ya la pieza a resguardo en su actual ubicación, han podido con la magna figura. No sabemos si el síndrome del David podrá con tal descomunal mármol, pero sí parece que a partir de ahora, si hacemos caso a la profesora Magherini, debemos protegernos con unas gafas especiales al contemplar su exultante belleza, como si de un eclipse solar se tratase, y para evitar caer en la desgracia de padecer el síndrome del David.

“Los que contemplan esta obra de arte se pueden sentir fuertes y grandes, pero a la vez celosos y envidiosos de ese joven de cuerpo perfecto”. No es para menos. En algún momento de la historia de los humanos llegar a ser como este David era el fin de todo joven que aspiraba a ser reconocido por sus conciudadanos y rivales vecinos. Ya no es lo mismo, aunque tampoco han cambiado tanto los tiempos. ¿Cuántos niños norteamericanos californianos tendrán a su gobernador, antes actor ahora político, como icono a seguir? Seguro que más por su faceta de actor musculoso, y siempre insigne nunca villano, que por su profesión política.

Si las investigaciones de la doctora Magherini se confirman, con el tiempo haremos bien en resguardar los monumentos, esculturas y figuras que campan por nuestras tierras, no sea que les dé a unos cuantos por alegar el síndrome del David tras declarar en comisaría por destrozo de bienes artísticos. Esperemos, por el bien del arte, de la humanidad y de los que nos gusta disfrutar de aquél, que el síndrome del David –si al final de confirma como patología- tenga la medicina y tratamiento correspondientes y plaque las ansias destructoras de los afectados.

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