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Etiquetas:   Valores   Social   -   Sección:   Opinión

Ausencia de valores

“Integridad es decirse la verdad a uno mismo, honestidad es decir la verdad a los demás” Anónimo
César Valdeolmillos
lunes, 21 de mayo de 2018, 06:48 h (CET)

Con frecuencia recibimos incitaciones sobre la urgencia de “vivir el momento”. ¡La vida es muy corta…! ¡El pasado no vuelve y el futuro es incierto…! ¡Solo existe el presente…!


Hemos reducido la rica experiencia de la vida al efímero momento del ¡Aquí y ahora!


Hemos superado incluso la moraleja y la crítica que encierra la fábula de Esopo, “La cigarra y la hormiga”, sin darnos cuenta de que antes hemos tenido que vaciar la mochila de cualquier tipo de valores.


Pero, ¿Qué son los valores?


Los expertos en la materia nos darían variopintas razones empíricas que posiblemente no llegásemos a entender; los “progres” nos dirían que son los frenos que la “carcundia” pone a nuestra libertad para seguir teniéndonos sometidos, y los ultraconservadores serían capaces de escribir todo un memorial con argumentos en los que reclaman para los demás, lo que ellos son incapaces de practicar.


Por hacer una definición entendible para todos, yo me atrevería a afirmar que los valores, son todo aquello, por lo que en verdad, merece la pena vivir.


Sin embargo, parece que hubiésemos perdido la brújula y el barco navegase sin rumbo ni timonel. Hemos invertido los términos y vivimos para servir al dinero, en vez de que el dinero nos sirva para vivir; hemos convertido el sexo en un fin en sí mismo, en vez de ser un medio para expresar el amor, y hemos convertido la existencia en una lucha permanente por satisfacer nuestras propias apetencias, ignorando que podemos ser inmensamente felices, proporcionando un minuto de felicidad a los demás.


Hemos construido una sociedad más insocial, más hedonista, más gaseosa, absolutamente alejada, creciente y aceleradamente, de valores permanentes y sólidos, alejada de la verdad, incluso como aspiración. Una sociedad etérea —o virtual como se dice ahora— que respondiendo al señuelo del mal llamado estado del bienestar, tiende al suicidio del juicio y la voluntad del individuo en aras de lo políticamente correcto que opera como una policía del pensamiento.


Hemos asumido como hechos inevitables, la falsedad, el cinismo, la demagogia, el latrocinio, la iniquidad, la ignorancia, la traición, la xenofobia y la mentira como moneda corriente entre nuestros dirigentes. Unos dirigentes que debiendo ser espejo de integridad en el que se miren los ciudadanos, se han convertido en células cancerosas que están arruinando ese organismo vivo del que se nutren, llamado España.


Si analizamos las consecuencias que en la sociedad causa la presencia de los bajitos que detentan el poder, llegaremos a la conclusión, de que son igual que las células cancerosas, que carecen de finalidad en sí mismas, salvo perpetuarse y contagiar a los cuerpos circundantes hasta adueñarse y causar la muerte del organismo que los aloja.


Quizá sea por eso por lo que el psicopedagogo Bernabé Tierno, en su obra valores humanos, los califica de cosa o hecho —no estoy muy seguro de lo que son— irremediable.


La mayor parte de los problemas que nos aquejan en la vida, no existen. Los creamos nosotros con nuestras palabras y nuestros hechos.


La mayor parte de los problemas que aquejan a España, tampoco existen. Siempre los han creado esos bajitos de medio pelo que ocupan el poder.


Corrupción, nacionalismos, paro, drogas, mafias, ETA, sanidad, vivienda, economía, fraude, calidad de empleo, pensiones, educación, sistema sanitario, envejecimiento de la población y sus graves consecuencias, problemas relacionados con la mujer, alcoholismo juvenil y sobredimensionamiento de la función pública, son solo algunos de los graves problemas que acosan a los españoles. Pero ¿Quién muestra tener auténtica voluntad de resolverlos?


Dos partidos emergentes hicieron su aparición en la política española. Uno por la izquierda y otro por la derecha, se presentaron como Basil Hallward pintó a Dorian Gray, el personaje creado por Oscar Wilde, adornados sus líderes del inevitable atractivo de la juventud y el halo de inocencia que suele acompañar a la misma.


Parecía que una ráfaga de aire limpio no contaminado había entrado para regenerar el ambiente político español. Sin embargo, no ha tenido que transcurrir demasiado tiempo, para que cómo en la obra de Oscar Wilde, el retrato de los jóvenes líderes de los dos partidos refleje el verdadero espíritu que los alienta, y con él, sus auténticos propósitos.

El aparentemente nacido de la base popular, del pueblo, en nombre de quien ilegítimamente se suele hablar, cuyo líder basó toda su política en denunciar los abusos capitalistas de la casta, tal y como ya ha demostrado, lo único que buscaba era la pasta.


Por el otro extremo aparecieron los espantavillanos, catalanes-hispanos, auto erigiéndose, de la moral pública en celosos pretorianos; con los demás, soberanos y tajantes en su exigencia, demanda que para sí aplican con oportunista incongruencia.


En realidad, bajo la hipócrita máscara de la antigua farsa de servir al pueblo, lo que en realidad se esconde es el eterno problema de la ambición. Algo que nunca encontraremos en el loable deseo de prosperar, ni en la inquietud sana por aspirar a un mejor nivel de vida, dentro de unos límites razonables, sino en el llegar a convertir la propia existencia en lucha, porfía, violencia y actividad febril por la riqueza, el encumbramiento personal, la nombradía, las alabanzas y efímeros honores propios de la pompa y circunstancia.


La ambición sin freno, la ambición como conducta y estilo de vida, no sólo es uno de los más graves impedimentos de la felicidad humana, sino que puede llegar a empobrecer y destruir el corazón del hombre y sus más nobles sentimientos.

Ellos, los bajitos de medio pelo, y nadie más que ellos, son los causantes de que inexistiendo el faro que le sirva de guía, nuestra sociedad navegue a la deriva carente de brújula y timonel. Nos hemos contagiado del cáncer público que divide y mata las células de nuestra dignidad como personas y como pueblo.


Decía Ortega: “Un hombre es un horizonte siempre abierto a cualquier posibilidad de cambio”.

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