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Etiquetas:   Entrevista   Autores   Novela   -   Sección:   Libros

"Tras la caída del Muro de Berlín no se produjo una unificación sino una anexión"

Entrevista a la escritora Aroa Moreno Durán
Herme Cerezo
lunes, 21 de mayo de 2018, 01:00 h (CET)



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Aroa Moreno Durán (Madrid, 1981) es autora de dos libros de poemas (‘Veinte años sin lápices nuevos’ y ‘Jet Lag’) y de un par de biografías sobre Frida Kahlo y García Lorca. En 2017 publicó su primera novela, ‘La hija del comunista’, de la que la crítica ha destacado su escritura armoniosa y su poderosa imaginación. Fue galardonada con el premio El Ojo Crítico y el jurado destacó «la capacidad de la autora para construir un relato conmovedor desde la sugerencia y la delicadeza en el contexto de una familia de exiliados republicanos españoles en el Berlín oriental».

La trama de ‘La hija del comunista’, primera novela de Aroa Moreno Durán, editada por Caballo de Troya, se centra en la figura de Katia, hija de exiliados españoles en el Berlín Oriental, y narra las penurias de su niñez, la nostalgia irreductible de su madre y el comunismo inasequible al desaliento de su padre, al tiempo que nos muestra las pequeñas alegrías del día a día, un día a día marcado por la construcción del Muro, que trazará una frontera sociológica e ideológica, aunque también de hormigón, entre las dos partes de la capital berlinesa. En un momento dado, Katia conocerá a Johannes, un joven del otro lado y decidirá huir con él, abandonar su casa y su familia. Años más tarde, tras el fracaso de su unión, intentará regresar, recuperar el pasado, destruir el Muro que, inevitablemente, levantó con su huida y que ahora se mantiene en pie. La escritora madrileña pasó por la Fira del Llibre de València. En la caseta de la Organización, entre firma y firma de ejemplares, desgranamos una conversación sobre la novela, la extinta RDA y el futuro literario.


Aroa, ¿qué significa escribir para ti?

Esta es una pregunta básica, pero que obliga a pensar con detenimiento la respuesta. Escribo por necesidad, para pasármelo bien. Disfruto mucho haciéndolo y también con los momentos previos a la escritura en sí, cuando mi cabeza va cocinando lo que llevo entre manos, cuando me pregunto cómo voy a armar la novela... Y siempre termino formulándome la misma pregunta: ¿qué hace la gente que no escribe?


¿Es diferente publicar en una editorial como Caballo de Troya, donde cada año cambia la directora de ediciones, que hacerlo en otra más tradicional?

Estoy encantada con Caballo de Troya. Esa idea del cambio anual de director me parece estupenda, aunque a priori pueda catalogarse como un poco arriesgada. Está dando buenos resultados y además es hermoso que cada director deje su impronta, su sello, en la colección. A mí me correspondió Lara Moreno, una escritora literariamente muy grande y a la que admiro mucho. ‘La hija del comunista’ encontró en ella una segunda lectura y enseguida comprendió lo que era la novela, lo que requería y lo que yo deseaba contar. Ahora, lo que sucede es que Lara ya finalizó su trabajo, me he quedado sin editora y no tengo una casa a la que volver.


Procedes del campo del periodismo y de la poesía, ¿por qué decidiste pasar a la ficción y dar ese cambio?

No lo veo como un cambio, sino como diferentes formas de utilizar una misma herramienta que es la palabra. Escribo poesía desde muy pequeña, es una pulsión natural, disfrutaba enormemente leyéndola. El periodismo es mi oficio y tengo vocación de reportera. Esta novela es lo último que ha llegado a mí y jamás imaginé que me lo pasaría tan bien con ella. Creía que me costaría mucho, que vería textos fragmentados y, sin embargo, la he armado con cierta facilidad.


¿El relato corto, el cuento, no te atrae?

He escrito algunos, pero no estoy muy satisfecha con ellos. Pero, ¿quién sabe? Si una historia requiere del género corto para contarla, ¿por qué no intentarlo?


¿De dónde surgió la idea para escribir ‘La hija del comunista’?

El germen de la novela me lo dio Marcos Ana, el preso que más tiempo permaneció en la cárcel a lo largo del franquismo. Me contrató para entrevistarle, para sacar toda la información posible de sí mismo a través de mis preguntas, mientras él escribía su ‘Vale la pena luchar’. Marcos me contó que, cuando lo pusieron en libertad, el PCE lo llevó a visitar clandestinamente a exiliados españoles por varios países, entre ellos la República Democrática Alemana. Yo ignoraba que en aquel país hubiera habido exiliados, no me lo había planteado nunca. Me puse a investigar y descubrí que allí se refugiaron entre doscientas y trescientas familias españolas. Durante la investigación me encontré con personas que habían vivido cosas muy potentes como la guerra civil o el exilio, que habían llegado a la Alemania arruinada y habían conocido la construcción del Muro y la Guerra Fría. Todo eso dejó un poso en mí que me invitaba a escribir esta novela y lo hice utilizando para ello a una familia española exiliada.


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Con esta novela has abierto un escenario hasta ahora poco explorado por la literatura en castellano.

Es verdad, ha sido complicado encontrar información porque prácticamente no había nada. Algún artículo de prensa y poco más. En mi trabajo me ayudó el hecho de que hablo alemán y que viví un tiempo en Berlín, ya que de este modo pude manejar documentación original. Estoy muy contenta con el resultado final.


Has citado un punto débil: hablar alemán. Imagino que el idioma supondría una dura barrera para que los exiliados españoles se integraran con facilidad en aquella sociedad extraña.

Sí, era una barrera importante. Y también lo ha sido después, en otras migraciones posteriores de españoles hacia Alemania. En la novela aparecen dos maneras de plantearse este asunto: una, la del padre de Katia, que se pelea con el idioma para entenderlo y para hacerse entender; y otra, la de la madre, que se encierra en casa, se frena y se resiste a aprenderlo.


En el libro aparece una maleta cerrada que esconde un pasado, ¿todo el pasado cabe en una maleta?

A veces no queda más remedio y todo ha de caber en una maleta. No hay otra solución. Si uno ha de salir corriendo o ha de huir de algo, es probable que no sólo quepa todo en una maleta, sino también en una sola mochila o en un bolsillo.


Hemos hablado de que ‘La hija del comunista’ se ubica en la RDA, sin embargo hay una gran economía de recursos históricos, retratas la época con pocas pinceladas.

No podía acometer una novela histórica. Ni soy historiadora, ni poseía suficiente documentación para ello, ni pretendía hacerlo. Lo que sí quería era que todos esos acontecimientos estuviesen por debajo, apuntalando la peripecia de Katia. Por eso, como dices, hice asomar la realidad a través de pequeñas pinceladas. Me interesaba que el lector tuviera claro dónde estaba y que se diese cuenta de que se trataba de unas coordenadas históricas especiales, extraordinarias.


El Muro fue una realidad histórica patente, pero tú juegas con él también como metáfora.

Es curioso, entrevisté a algunos hijos de los exiliados de la RDA, que tendrán ahora unos setenta años, les pregunté cómo se llevaba eso de vivir junto al Muro que les impedía cruzar al otro lado y me respondieron que ellos estaban tan tranquilos, que se habían acostumbrado a su presencia. La gente sobrevive con eso y sí, hay otro muro, el que salta Katia para construirse el suyo propio, porque el mundo que va a encontrar al otro lado, en la RFA, no es como pensaba. Yo he tratado de decir que a cada uno le sujetan unas cadenas diferentes y que había un choque brutal entre la zona capitalista y la comunista, cuyo objetivo era reconstruirse, cosa que lograron. En la RFA a Katia siempre le recordarán que procede del Este y que estaba en deuda con ellos por haberla acogido.


Por lo que dices ahora y también cuentas en la novela, los alemanes occidentales tenían un concepto bastante peyorativo de sus hermanos orientales.

Tras la caída del Muro de Berlín no se produjo una unificación sino una anexión y creo que el paternalismo y la superioridad moral, que sienten los alemanes occidentales hacia los orientales, perduran hasta hoy mismo. También es verdad que la RFA invirtió mucho dinero en la RDA, algo que siempre les han dejado bien claro a sus compatriotas. Quizá de ahí provenga ese paternalismo del que hablo. Sin embargo, me parece que con los nacidos después del derribo del Muro ya no sucede lo mismo que con las generaciones anteriores.


En el Mundial de Fútbol de 1974, la RDA venció por cero a uno a la RFA en Hamburgo, territorio federal. Las imágenes y los ecos que resuenan de ese partido muestran que aquel fue un día glorioso para los orientales.

He visto esas imágenes de las que hablas, me rondan por la cabeza y ese partido de fútbol significó la victoria del hermano pobre sobre el rico. En la novela cuento, y es un hecho real, que los alemanes occidentales se asomaban por encima del Muro para tirarles cosas y señalarles con el dedo, diciendo «esos son los comunistas». De esta manera intentaban mostrarles el brillo que existía en la Alemania capitalista.


2105183‘La hija del comunista’ rezuma un cierto tono gris, frío y sobrio, no quedaba mucho espacio para el color en la RFA.

Sí, yo veía la novela un poco en blanco y negro, porque era la forma que tenía de pensar en aquel momento sobre Berlín. Pero no fue producto de imágenes o de fotografías de entonces, sino porque lo veía así. Me imaginaba una ciudad llena de escombros, ruinosa por los bombardeos, aunque también es verdad que la novela va evolucionando hacia el color.


Hay que hablar de la Stasi, la policía comunista, invisible pero presente, siempre al acecho, ¿cómo se podía vivir bajo esa presión?

Es como lo del Muro, viviendo sin más, no había otra solución. El Museo de la Stasi de Berlín merece la pena visitarlo y conocerlo, porque allí te das cuenta de que el asunto era terrorífico. No recuerdo el ratio de agentes por habitante, pero era muy alto. Si la comparamos con la KGB, la policía rusa era más potente, pero la Stasi era más densa. Tenían agentes y miles de informadores que contaban los secretos de las familias que vivían en cada finca.


En la RDA se practicaba el contrabando y se cotizaban mucho los discos prohibidos de música rock y pop de grupos occidentales, ¿hubo algún movimiento musical similar en la Alemania comunista?

Ellos inventaron un baile, el lipsi, algo muy naif, un no me toques, no te toco, que contrasta mucho con la liberalidad de sus playas nudistas de la zona norte. Lo crearon para evitar que la gente bailase el rock and roll. A pesar de las prohibiciones, la RDA vivió un importante boom de rock, autóctono, del que salieron grupos tan destacados como los Sputnik.


‘La hija del comunista’ fue galardonada con el Premio Ojo Crítico 2017, ¿el premio ha ayudado a hacer más visible la novela?

Sí, me ha ayudado mucho. Fue una sorpresa muy agradable. No me lo esperaba para nada. Almudena Grandes, miembro del jurado, defendió la novela a tope. El premio pertenece a un concurso al que tú no te presentas, lo hacen los organizadores, y ha conseguido sacar el libro del montón de títulos que se publican cada año para ponerlo otra vez a la venta, lo que para una primera novela constituye algo muy importante.


Terminamos, ¿tienes a la vista algún nuevo proyecto literario?

Sí, tengo un proyecto, pero aún no me he podido sentar a trabajar en él. Como el premio me lo dieron en diciembre, la vida de la novela se ha prolongado mucho, porque he de defenderla.

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