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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Okupas en el limbo

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 5 de diciembre de 2005, 01:45 h (CET)
Hoy querría dedicar esta columna a la Constitución, esa de la que un vocero del partido Popular dijo, al cumplir su mayoría de edad, que seria puesta de largo en un baile de debutantes. Pero como mientras escribo estas líneas está a punto de comenzar en la Puerta del Sol una manifestación en su defensa, ¿o es contra el estatut? , el catalán, que el de Valencia duerme en el limbo y nadie se acuerda de él, prefiero esperar a ver cómo los antaño manifestantes habituales de la Plaza de Oriente ondean sus banderas con el “aguilucho” anticonstitucional y profieren gritos contra Catalunya y su cava para defender a esa Constitución a la que el Sr. Aznar denostaba en público y por escrito hace casi treinta años. Vuelven otra vez las manifestaciones de autobús y bocadillo aderezadas con las adhesiones inquebrantables. La España Una (y no cincuenta y una), Grande ( menos da una piedra) y Libre ( ¿de las garras de Carod-Rovira?) vuelve a salir a la calle para defender los privilegios de unos pocos.

Por eso hoy quiero escribir acerca del limbo. Yo me eduqué en un colegio religioso, con los PP. Salesianos en la calle Sagunto de Valencia. Allí ya comencé a recibir, sin que los curas fueran conscientes, las primeras nociones de la lucha de clases: los alumnos de pago llamados “potros” entraban por una puerta diferente a la que usábamos los “borregos”, es decir los que pagábamos tan sólo una cuota simbólica. Su campo de fútbol era más grande y mejor que el nuestro y el gimnasio tan sólo era utilizado por ellos. Pero la religión era la misma para todos aunque en la misa diaria tampoco nos mezclábamos con los hijos de la burguesía naranjera.

En las clases de Religión e Historia Sagrada había una lección dedicada al limbo. Recuerdo que se nos hablaba del “limbus patrum” donde estaban las almas de los santos padres antiguos que estaban esperando la redención del genero humano ya que habían muerto antes de instaurarse el bautismo y por tanto sin estar libres del pecado original. Al otro aparcadero de almas le llamaban el “limbus infantium” en él estaban, para toda la eternidad, las almas de los niños que morían sin bautizar antes del uso de la razón. Un buen día el sacerdote encargado de estas clases me dio un buen hostión- sin consagrar, naturalmente, - por tener la osadía de poner en duda la misericordia divina que dejaba aparcados en la guardería del limbo a una serie de almas inocentes cuyo único pecado era haber nacido. Lo dicho, un buen bofetón y una semana castigado admirando las columnas del atrio, aunque al final ese curso gané el premio extraordinario de Religión al establecer que en el cielo no puede haber esperanza. Si hubiera ido al Seminario, como querían mis preceptores, igual ahora era accionista de la COPE.

Ahora una denominada Comisión Teológica Internacional inspirada por Ratzinguer ha establecido que el limbo no existe. Antes Juan Pablo II ya nos dijo que “el infierno y el cielo no son lugares tangibles sino estados del alma” haciendo desaparecer de un plumazo el olor a azufre y el miedo a las calderas eternas que nos inculcaron en el colegio y dejando fuera de nuestra vista esas nubes de algodón donde moran los Ángeles y un San Pedro de barba blanca cancerbero fiel del Paraíso. Al parecer el limbo es “una creencia común que nunca fue verdad que obligara a creer”, o sea un mito más. Ahora sin cielo, infierno ni limbo tan sólo nos queda el purgatorio, ese lugar en el que las almas pagan el peaje de sus pequeños pecadillos veniales. Aunque para muchos el purgatorio está en este mundo, que sí es tangible, donde las guerras, la pobreza, la enfermedad y el hambre van haciendo estragos día a día aunque uno esté libre de pecado. Pero estos son problemas ajenos a las preocupaciones de la jerarquía vaticana que, entre otras cosas, sigue prohibiendo el uso de los condones a pesar de que millones de hombres y mujeres, especialmente africanos, mueran de SIDA.

Las almas de los justos estaban de okupas en ese limbo, orilla del cielo ahora no tangible y desaparecido. De repente Benedicto XVI les ha dado papeles a todos, los ha legalizado, sacándoles de la guardería celestial gracias a la misericordia divina. El administrador de la finca, que tiene línea directa con el casero, les ha sacado de la misma. Pero una duda me corroe, a partir de ahora dónde les colocarán ya que el cielo tan sólo es un estado del alma. Eso no me lo llegaron a explicar en mis largos años de estudiar religión e Historia Sagrada. Entonces todavía habían cielo, infierno y limbo. Ahora tan sólo nos queda el purgatorio del día a día mientras nos flagelamos escuchando en la COPE al que un maestro de periodistas ha bautizado como “pequeño talibán de sacristía”.

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