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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Un tipo raro

Pepe López
Redacción
lunes, 5 de diciembre de 2005, 01:45 h (CET)
Ese tipo soy yo. Lo reconozco sin el más mínimo rubor. Soy raro desde el punto de vista político. Y, por lo que estoy oyendo en estas vísperas en que se conmemora la Constitución, reconozco que mi rareza es auténtica.

Claro que también soy yo quien considera raros y extravagantes a esos otros tipos que “adoran” la Constitución, la homenajean continuamente, y exaltan su credo constitucionalista, como papanatas, venga o no a cuento y, sobre todo su antifranquismo.

La Constitución me parece fruto, no de un consenso, como se dice hasta la saciedad, sino un trágala que impusieron quienes no lograron la ruptura total, y una cobarde cesión en cuestiones fundamentales, de quienes creyeron hacerse perdonar así su pasado de mucha camisa azul, mucho Cara al Sol, mucho juramento de lealtades al Caudillo, pero sin asimilar el verdadero espíritu del franquismo.

Recuerdo que, en la víspera del referéndum para aprobar la Constitución, hablaron en televisión dos Cardenales, para ilustrar a los españoles: Don Marcelo, Cardenal Primado de Toledo, que le opuso serios reparos y el Cardenal Tarancón que pronunció ante las cámaras lo que, según el presentador, serían las “ultimas palabras” y que, en síntesis, dijo que los católicos no debíamos tener escrúpulos en dar nuestro Sí. Que cuando se desarrollara la Constitución en leyes,era el momento de hacer valer nuestra condición de católicos.

El inefable Sr. Tarancón ignoraba que, abierto el portillo, todas las ovejas entrarían por él.

En la Constitución está el germen del divorcio, aborto, matrimonio entre homosexuales, de la división entre españoles, de la lucha entre partidos y banderías, y, desgraciadamente, de la disgregación de España.

Ya era sintomático que, en la discusión de la redacción del art 15 de la Constitución, Peces Barba dijo que, aunque en la Constitución se dijera que “todos” tiene derecho a la vida, lo que valdría sería la interpretación que parlamentarios y Jueces dieran a la palabra “todos”.

Es decir, que la mayoría -¡y esto es la democracia!- impone su criterio y oprime a la minoría. No lo comprendo.

Durante mi vida juré dos veces los Principios del Movimiento Nacional y lo hice con pleno sentido de la responsabilidad que contraía, porque en ellos se condensaban mis ideas morales, sociales y políticas. Mi tranquilidad descansaba en que la legislación se inspiraba en la doctrina de Cristo. Y en las Cortes estaban tres Obispos que lo garantizaban.

Poco antes de terminar mi vida activa como miembro del Poder Judicial, me vi obligado a jurar la Constitución

Como mis conciencia no me permitía faltar a mis juramentos anteriores, ni jurar en falso, ni jurar con restricción mental porque me parecía una cobardía, opté por “prometer”.

No debí ser muy sincero al decir “prometo” porque el Presidente del Tribunal que recibía mi promesa, conociendo mis creencias, no pudo evitar una leve sonrisa.

Una Constitución que no se asiente en la Ley de Dios es, a mi juicio, una Ley inícua.

¿Comprendéis, mis queridos amigos, por qué soy un tipo raro?

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