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Opinión
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¿Quién sabe...?

Macarena López

domingo, 4 de diciembre de 2005, 07:04 h (CET)
Quién sabe a dónde vamos. Ni lo de antes ni lo de ahora, pero la realidad pinta muy mal. Con doce años y se acabaron sus primaveras, y su último invierno en la vía de un tren se ha quedado, el tiempo se ha parado. Un reloj que no volverá a funcionar, anclado en las nueve de la noche.

Pocas cosas se saben sobre el caso, solo que estaban haciendo ‘botellón’ en un lugar muy cercano a una vía y que entraron a la zona por donde el convoy tenía que pasar, y pasó. El chico de doce años murió en el acto arrollado por el tren en la noche del sábado, y ahora múltiples conclusiones han saltado a la luz. Y tapándolas, la familia pone medidas legales: la valla tenía un agujero y es peligroso para los niños. Pero la Policía no coincide con los familiares y dice que la zona es de muy difícil acceso para los chavales y estaba totalmente prohibido estar por allí. Y yo digo esto, y tu dices lo otro, y aquel opina rotundo, y ese que ves allí también, y hablamos todos y no coincidimos en nada.

Pero digo yo que en algún sitio estará el problema. El agujero en la valla no es precisamente el sitio, ni el lugar donde hacían ‘botellón’, ni la vía del tren donde se ha perdido una vida, ni tan siquiera donde se compró el alcohol. Quizá el lugar del que hablo no exista físicamente. Posible es que sea inmaterial, que sea mental. Es probable que se respire en el ambiente; que se respire aunque no huela, aunque no sea aire. Quizá la realidad es que no es normal hacer ‘botellón’ con doce años, porque aun sin beber no se recomiendan amistades que lo hagan. Tal vez se debe vigilar más de cerca lo qué se hace y seguro no dejaríamos que se pusiesen botellas en los raíles para ver quien consigue pasar sin ser arrollado. Pero también duele la impotencia de saber que no se puede saber todo, que no se puede vigilar las veinticuatro horas del día. Afecta el conocer que no depende ya de una madre la educación, que los valores se aprenden durante toda una vida, pero se pierden en dos segundos.

Una pena saber que los hay con más maldad, que el influenciar no es una capacidad, es una facilidad. Jugar con Inocencia, a los doce años de edad, no tiene calificativo, ni tiene un adjetivo, ha tenido un final.

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