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Mangueras contra inmigrantes

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 2 de diciembre de 2005, 01:34 h (CET)
Vivir en la inmigración es una dura tarea. Al hecho de estar lejos de casa, con la familia a miles de kilómetros, desconociendo el idioma del país de acogida, soportando muchas veces las miradas de odio que tienen su origen en el miedo al desconocido, ahora los inmigrantes que han elegido Valencia como un lugar en el que intentar conseguir una vida mejor han de sumar el agua de las mangueras que noche tras noche inundan el triste cobijo que, bajo un puente, han elegido para pasar las noches a la Luna de Valencia.

Nuestra alcaldesa, como todos sus conmilitones, es amiga de los gestos grandilocuentes, de la foto para la posteridad y de andar inaugurando obras faraónicas en las que una placa recordará que bajo su vara de ordeno y mando quedó inaugurado aquel lugar. El que haya ancianos cuya miserable pensión de 400 euros no les permita llegar a fin de mes más que comiendo carne una vez a la semana, o el que nuestros niños no tengan zonas verdes para jugar una vez acaban las clases en tristes y lúgubres barracones a falta de aulas no es ni su problema ni su preocupación. Por tanto mucho menos va a preocuparse el ayuntamiento por ella regido de atender las necesidades más precarias de los venidos de más allá de nuestras fronteras. Que se hubieran quedado en su tierra, debe decirse nuestra alcaldesa.

El cauce del viejo río Turia se convirtió en un inmenso jardín gracias a los esfuerzos de los valencianos que en plena transición luchamos codo con codo para que el lema “el volem verd” se hiciera realidad. Las autoridades municipales de la época, todavía franquistas, querían destinar el lugar a la construcción de una autopista a ninguna parte e incluso se habló de construir fincas. Ya se sabe que por estos pagos todo trozo de terreno es visto como un posible solar urbanizable y del que obtener pingües beneficios. Pero el primer Ayuntamiento nacido de las urnas, socialista por más señas, consiguió parar la especulación que acechaba al viejo cauce y lo convirtió en un jardín.

Hoy, paseando por dicho jardín, encontramos grupos de mujeres mayores dando su paseo habitual, ciclistas que aprovechan el espacio para pedalear alejados del peligro de los coches y la polución, familias que aprovechan el sol mañanero de los domingos para enseñar a los más pequeños a distinguir un pino de una encina, amigos de las carreras pedestres que ejercitan sus piernas y su corazón buscando una mejoría en su salud, o un solitario lector que aprovecha la sombra de la pinada para enfrascarse en su novela favorita.

Pero junto a estas bucólicas estampas el viejo cauce también nos muestra las más duras imágenes del Tercer Mundo. Bajo un viejo puente, en pleno centro de la ciudad, y justo al lado de un Centro Comercial- nuevo tótem del consumismo- es fácil ver colchones ajados por el uso y recogidos de cualquier contenedor de basuras y una infinidad de cartones que sirven de lecho a un buen número de inmigrantes, generalmente subsaharianos, llegados a Valencia después de jugarse la vida en una miserable patera o saltando las alambradas de Ceuta y Melilla.

Pero a la Sra., Barberá, nuestra alcaldesa, no le gusta nada esta imagen de la ciudad y ha encontrado la solución para evitar que estos pobres “morenos” le ensucien la imagen de postal que quiere vender al resto del mundo. No se ha encomendado a los Servicios Sociales municipales ningún estudio de la posible solución para atender a estos “sin techo”. La mejor solución para que se aburran y se marchen ha sido anegarles los precarios lechos de cartón y tristes colchones rotos. Cada noche un auto-cuba procede a regar con abundante agua el asentamiento de los desheredados de la fortuna haciendo imposible que puedan seguir allí. Como dijo Aznar cuando trasladó drogados a algunos inmigrantes a su país de origen “teníamos un problema y lo hemos solucionado”.

Pero la solución no ha sido del gusto de las diversas ONG que velan por este colectivo y han expresado públicamente sus quejas. Hasta la misma Cáritas ha unido su voz al coro de protestantes de la húmeda medida. Estas organizaciones han denunciado que se está llegando a “la violación de los más elementales derechos humanos que como personas tenemos”. Esperemos que esta nueva arma de destrucción masiva que es la manguera municipal deje de funcionar y que por parte de las autoridades municipales se tomen medidas tendentes a solucionar de manera correcta el problema que suponen decenas de personas sin tener un techo en el que cobijarse en estas noches frías y húmedas del invierno valenciano.

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