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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

Televisión en ByN

Raúl Tristán

martes, 29 de noviembre de 2005, 23:56 h (CET)
TVE 1, La 2, Antena 3, Canal Plus , Veo TV, Cuatro, Tele 5... y ahora La Sexta.

Al foráneo podría parecerle que nuestro país avanza en el camino de la libertad y la pluralidad ideológica de los mass media, es más, que ya disfruta de un elevado grado de democracia informativa. Podría incluso llegar a pensar que, dada la variada oferta de cadenas que se nos presenta, entre todas ellas podría llegar a cohabitar alguna que demostrara objetivamente un elevado grado de independencia respecto a los poderes económico-sociopolíticos que la sustentan. Pero como es lógico suponer, esto no sería sino una contradictio in terminis.

La idiosincrasia propia de todo medio de comunicación de masas, y que lo caracteriza como si de la marca al fuego de un hierro ganadero se tratara, es su fidelidad a una determinada línea de pensamiento en todos los ámbitos y formas de expresión social. Las cadenas se deben, hasta la muerte, a aquellos poderes oscuros que han sido responsables de su concepción, de su nacimiento y de su futuro crecimiento y expansión.

Cuando en este país sólo existían las cadenas estatales, mucho se hablaba de la imparcialidad que supuestamente debían de guardar ante el signo del gobierno de turno. Las acusaciones de manipulación informativa, de intoxicación, entre el partido en el poder y aquel que se encontraba en la oposición, eran frecuentes. De hecho, una de las primeras actuaciones que llevaba a cabo (y todavía ocurre así) el gobierno entrante, era la de proceder al cese de los directivos de RTVE y al nombramiento, acto y seguido, de gente de su confianza para esos cargos.

Con la llegada de las privadas, las aguas parecieron apaciguarse en el panorama televisivo. Al fin y al cabo, el gobierno podía actuar a través de una cadena de pago, la oposición podía contar con su propio medio de defensa audiovisual y las cadenas estatales tomar una ligera y falsa apariencia de neutralidad.

El tiempo ha ido desde entonces transcurriendo sin aparentes sobresaltos para los lobbys parapetados tras los inocentes nombres de las productoras audiovisuales. Eso hasta que en el mes de julio de este año se aprobó en Consejo de Ministros la emisión en abierto de Canal bajo el nombre de CUATRO. La batalla por el dominio de las ondas comenzaba de nuevo, Polanco había osado penetrar en el sancta sanctorum.

La oposición hizo acopio y uso de protestas, recursos, amenazas que de nada han servido. La CUATRO camina ya, dando sus tambaleantes primeros pasos. Las miradas buscan leer tras las noticias light, escrutan los rostros y las expresiones de sus conocidos presentadores. Todo para poder exclamar: ¡Lo veis, ahí está el Gobierno!. Y la oposición sabe a ciencia cierta que tiene razón porque de haber estado en el otro lado del hemiciclo hubiera actuado de igual modo. El poder político no puede resistirse a controlar el arma suprema de las democracias: la información.

El problema viene cuando el partido en el gobierno lanza un ataque masivo en este terreno. La balanza corre el riesgo de desequilibrarse exageradamente, hasta el punto de que la oposición teme encontrarse a merced de la influencia mediática de un gran número de cadenas afines o pseudoafines a cierto partido político.

El caso es que en poco tiempo una nueva cadena ha saltado a la palestra, LA SEXTA, que se ha convertido en la reciente pesadilla del PP, cuando todavía no había despertado de la que le ha provocado la CUATRO.

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