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'El sabor de la sandía': provocación con pepitas
Gonzalo G. Velasco
Si cogemos un poco del elegante toque surrealista del Shohei Imamura de Agua Tibia Sobre un Puente Rojo, le añadimos la sensibilidad kistch del Wisit Sasanatieng de Las Lágrimas del Tigre Negro, unas gotas de humor tangencial a lo Takeshi Kitano, el pulso implacable para filmar escenas de sexo del Nagisa Oshima del Imperio de los Sentidos y como guinda final la atracción por lo malsano del sórdido y provocador Takashi Miike, obtendríamos una película muy similar a El Sabor de la Sandía, de Tsai Ming-liang, o a lo mejor no.
Y es que el director taiwanés sustenta su peculiar estilo cinematográfico sobre el alejamiento de todo posible referente a través de la mixtificación imposible. Dicho de otro modo, su afán por resultar original es tan desmesurado que no duda en narrar una turbia historia de tintes pornográficos (e incluso necrófilos), mezclándola con números musicales retro-camp de colorismo naïf. De esta forma, y aunque por fortuna sus intenciones no quedan del todo claras a lo largo del metraje, el autor contrapone el necesario anhelo de romanticismo que todos llevamos dentro, con la pura y dura realidad, donde el sexo, y por extensión toda relación interpersonal, incluido el cine, quedan reducidos a una mera mercancía de frustrante sabor.
Entendida desde esta perspectiva, la película supera sus ínfulas a menudo pretenciosas de transgresión y alcanza un significado rotundo y profundo más allá del manierismo estilístico. Tanto es así que su escena más polémica, un clímax final donde el protagonista se lo monta durante aproximadamente un cuarto de hora con un cadáver mientras observa por un ventanuco a su amada, adquiere contra todo pronóstico una sensibilidad exquisita. Y ni siquiera los dos crudos planos finales, fácilmente achacables a la gratuidad, impiden que el espectador llegue allí donde Ming-Liang lo guía a empellones: un terreno poético y poco transitado, trufado de símbolos, metáforas, sabores, olores, silencios y zumo de sandía, que a pesar de su aparatoso empaque formal y lo descarnado de su puesta en escena, pone sobre la mesa, de manera retórica, una de las mayores denuncias contra nuestros días que este cronista ha tenido el placer de ver en mucho tiempo.
Si eso justifica los cuestionables meandros estilísticos de la propuesta, es una cuestión que deberán resolver ustedes mismos en férrea batalla con su estómago. Porque El Sabor de la Sandía, tan inocentona como parece en un principio, está muy lejos de ser un producto de fácil digestión a lo Harry Potter, aunque eso sí, puede llegar a cansar tanto como el atontolinado niño mago.
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