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Etiquetas:   Religión   Creencias   Fraudes   -   Sección:   Opinión

El fraude de la idolatria

Las enseñanzas humanas jamás pueden sustituir la autoridad de la Biblia
Octavi Pereña
miércoles, 9 de mayo de 2018, 06:53 h (CET)
El fraude de la idolatría lo es por partida doble. Por un lado la idolatría es un engaño porque quienes la promueven engatusan a la gente a adorar a alguien que ha fallecido. El culto a los muertos la Escritura lo prohíbe radicalmente. El otro aspecto del fraude es lo que ha pasado en Balbuente, Zaragoza, en que la Tabla de la Virgen de los Ángeles a la que adoraban los feligreses es una falsificación ya que el original fue sustituido por una copia en el año 1947 cuando fue enviado a un restaurador para que reparase los desperfectos. “La gente se ha sentido defraudada y que se les haya engañado durante años”, dijo el párroco. Si el original ya era un engaño porque pretendía ser la imagen de una persona de la que se desconocía cómo era. Si una pintura es una obra de un hombre, ¿cómo puede ser que pretenda ser una representación pictórica de una persona fallecida que se desconoce cómo era y que pueda escuchar y dar respuesta a las plegarias de sus adoradores? De aquello que ojos no ven corazón que no siente. Ahora que se conoce el engaño de aquello que se adoraba, ¿cómo deben sentirse los adoradores estafados?

La Biblia prohíbe totalmente la idolatría. Son muchos los textos que la condenan y de las consecuencias adversas sobre quienes la practican. El texto básico de la denuncia bíblica es: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de .lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás, porque yo soy el Señor tu Dios fuerte…” (Éxodo 20: 4,5). Si la Palabra de Dios es tan clara con respecto a la idolatría, ¿cómo es posible que la Iglesia católica no sólo no la denuncie sino que promueva su práctica?

Con la traducción de la Biblia al alemán directamente del original hebreo y griego por Martín Lutero, el contenido de la Biblia se hizo accesible al pueblo llano. Como una mancha de aceite se extendió por toda Europa la traducción de las Escrituras en las diversas lenguas vernáculas. La Iglesia católica hizo frente a la extensión de la Reforma con su Contrareforma. El arma de la Contrareforma para intentar frenar la expansión protestante fue el Concilio de Trento. Refiriéndose a la idolatría redactó esta perla teológica: “Es necesario rendir honor y veneraciones dignas a las imágenes, no porque en ellas haya alguna divinidad y virtud que precise honrar o invocar, sino solamente veneramos por ellas lo que representan. Y nos quitamos el sombrero o nos arrodillamos ante ella, adorando al Cristo que la imagen representa”. A pesar del razonamiento para justificar la idolatría, el mandamiento es diáfano y contundente: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza…” “Parece claro que el cerebro humano sea proclive a aceptar como real las ideas religiosas que él mismo se crea” (Fernando Requejo).

“Las doctrinas sin el fundamento de la Escritura ni unidas con el pegamento de la Escritura, por más creíbles y agradables, no tienen ningún valor, ni servirán de nada a los hombres. Aquellas esperanzas de paz y felicidad que no son garantizadas por la Palabra de Dios no hacen sino engañar a los hombres, como una pared que ciertamente está bien rebozada pero mal edificada” (Matthew Henry)

La denuncia que el salmista hace de la idolatría: “Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombre; tienen boca, pero no hablan; tienen ojos, pero no ven; tienen oídos, pero no escuchan; tampoco hay aliento en su boca” (Salmo 135: 15-17).

La palabra de Dios ha sido revelada para que el hombre pueda gozar de ella, no para ser arrinconada en la buhardilla para que sirva de pasto a la polilla e ir por nuestros caminos. La desobediencia a los mandamientos de Dios no le fue bien a Israel. Tampoco le va a la Iglesia. Los escándalos que destapan los medios de comunicación son una muestra de que no se puede transgredir impunemente la Ley de Dios.

“No añadas nada a sus palabras: No sea que te reprenda, y seas hallado un mentiroso” (Proverbios 30:6).

La Iglesia católica pone a nivel de la Palabra de Dios la tradición extrabíblica. Miento, por encima de la autoridad de la Biblia. En cierta ocasión unos escribas y fariseos se acercan a Jesús para quejarse del supuesto comportamiento impropio de sus discípulos, diciéndole: “¿Por qué tus discípulos transgreden la tradición de los ancianos?” En respuesta Jesús les dice: “¿Y vosotros por qué transgredís el mandamiento de Dios debido a vuestra tradición?” (Mateo 15: 2,3). Jesús da en el blanco cuando dice a aquellos doctores de la Ley: “Este pueblo se acerca a mí con su boca i me honra de labios, pero su corazón está lejos de mí. Pero me adoran en vano porque enseñan como doctrinas mandamientos de hombres” (vv.7-9). Palabra de Dios.
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