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La educación en el fútbol

Diego Blázquez
Redacción
miércoles, 30 de noviembre de 2005, 01:05 h (CET)
Siempre que voy a un estadio de fútbol y oigo las burradas que se oyen contra los jugadores del equipo al que se anima, rara vez, contra los jugadores y aficionados rivales, casi siempre, y contra el árbitro, siempre, me acuerdo de una conversación que mantenía con mi padre desde la primera vez que fuimos juntos al estadio a ver un Madrid – Racing de Santander.

“Se ha perdido la educación, la gente se transforma en el fútbol y dice barbaridades”, decía mi padre, y a mi no me quedaba más opción que darle la razón, los ejemplos de lo que mi padre criticaba eran evidentes y muy claros. Tengo la gran suerte de entrenar equipos de categorías inferiores en el colegio en el que me eduque, y llevo muchos años jugando al fútbol, pero no se crean que a un alto nivel, ni mucho menos. Juego para divertirme y entre amigos. Lo que más me divierte son las conocidas “pachanguitas”, esos partidos en los que apenas hay reglas y estrategias, en los que lo único que cuenta es pasárselo bien y disfrutar de la esencia de este gran deporte.

Sin embargo, empiezo a comprender a mi padre, empiezo a comprender ese desencanto con la gente del fútbol, porque llevo un tiempo en el que empiezo a estar cansado y harto de esas personas que se creen que este deporte es para liberar tensiones y para desahogarse a costa de los demás. Cada vez son más las peleas que se ven en terrenos de juego entre los dos equipos que se enfrentan, y en terrenos de juego de cualquier división o categoría, creo que no entienden bien lo del enfrentamiento deportivo, se olvidan del apellido. Me irrita ver a aquellos que se pican en cualquier acción, a aquellos que parece que están deseando que llegue su partido para poder partirse la cara con alguien, o para demostrar que son más valientes que cualquiera, porque a él no le pisa nadie, ni le gana nadie, ni se burla nadie de él, ni tantas sandeces que puede llegar a pensar... Por cierto, en la pasada jornada de la liga italiana, un jugador de color del Messina se vio obligado a coger el balón para avisar al cuarto arbitro de los insultos racistas que estaba recibiendo desde la grada. Como medida, todos los partido de la Serie A de la próxima jornada empezarán cinco minutos más tarde a modo de protesta.

Lo más grave es que esto ya no sólo les pasa a los jóvenes, como muchos podrán pensar, sino también a los adultos, lo cual resulta más aberrante aún. Lo que le pasa a esa gente es que no tiene respeto por este deporte, en realidad no se tienen respeto a sí mismos, porque lo único que hacen es quedar en ridículo. Me preocupa que todas estas conductas de comportamiento se extiendan y se entiendan como algo normal, porque no es así. Por este motivo cuando se ven gestos de respeto, educación, deportividad o señorío se agradecen. Me encanta que los medios de comunicación nos hayan bombardeado a imágenes (como suelen hacerlo) de ese madridista que se levantó en pleno baño blaugrana a aplaudir a los culés por la exhibición de fútbol que estaban dando. Este gesto, es justo decirlo, yo también lo he visto en estadios que algunos tildan de polémicos, como San Mamés, que en más de una ocasión se ha levantado a aplaudir a un futbolista rival cuando ha sido sustituido por el gran espectáculo ofrecido, sino que se lo pregunten a Zidane.

El pasado sábado volví a ver un gesto que agradezco profundamente. En el partido que enfrentó a los juveniles que entreno contra otro colegio se pudo ver una acción condenable, una patada a la altura de la rodilla cuando el balón ya estaba lejos de poder ser jugado por el que la propinó. Era un gesto lleno de rabia e impotencia, pero no era justificable, porque eso no es deporte, eso no es fútbol. Cuando entré en el terreno de juego a interesarme por mi jugador tendido en el suelo, el padre del culpable de la acción se internó en la pista para exigir a su hijo que pidiera perdón de inmediato por lo que todo el mundo acababa de ver y condenar. Pues bien, ese gesto sirvió para tranquilizar a los allí presentes y que la cosa no pasara a mayores. Me sorprendió gratamente aquel ejemplo de educación y de rectificación inmediata. Creo que acciones así ayudan a este deporte, pero también ayudan a la convivencia, porque este grave problema que ahora se refleja en el fútbol no es más que un problema de educación patente ya desde hace mucho tiempo en nuestra sociedad.

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