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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La voz de las prostitutas

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
martes, 29 de noviembre de 2005, 01:58 h (CET)
Me escribe una amiga del verso, vía mensaje telefónico, que ha decidido anular, por prescripción facultativa del espíritu, el recital de poesía que un grupo de entusiastas parnasianos le habíamos preparado en un pueblo del Sur. Nos dice que ha preferido perder el autobús y sumarse a la voz de las prostitutas que se han manifestado en las calles del centro de Madrid contra la campaña de hostigamiento a los clientes que está desarrollando el Ayuntamiento de la capital, al que acusan de empeorar sus condiciones de trabajo. Al principio pensamos que sería una broma. Más tarde nos entró la duda y la desesperación y el enfado. La llamamos para ponerla verde y nos puso en línea. O sea, en el camino que le había hecho recapacitar, dejarnos plantados y sin musa. Al estilo de las poetas en guardia, especie casi extinguida, ha preferido unirse en voz (con verso en pecho) a favor de aquellas personas que quieran ejercer libremente un trabajo. Cualquiera le llevaba la contraria, a pesar de que mezclaba libertades con esclavitud, servicios con servidumbres, muñecas con muñecos.

Yo también estoy en la línea de escuchar la voz de las prostitutas, pero sin extremismo que diría la corte que asesora a nuestro presidente Zapatero, por aquello de estar en la misma onda y que dejen de llamarnos antiguos. Ja, ja, ja…por no decir jo, jo, jo… Ciertamente, estoy en la dirección de oír, pero también en la de ver. Y advierto, distingo, noto, percibo, vislumbro un negocio que nada me gusta. La explotación sexual, la prostitución y el tráfico de seres humanos, aparte de ser un acto de violencia contra las mujeres y, en cuanto tales, constituyen una ofensa a la dignidad de la mujer y son una grave violación de los derechos humanos fundamentales, mueve mucho dinero. Las estadísticas nos recuerdan, además, que el número de mujeres de la calle aumenta cada día notablemente en esta patria de nuestros dolores (la desigualdad está a la orden del día) que ya no sabemos si es una nación de naciones o unas naciones sin nación. Lo que no se dice son los motivos que lleva al ser humano a prostituirse. Es evidente que la explotación sexual de las mujeres, muchas de ellas niñas, es una consecuencia de un sistema de vida injusto. No tiene justificación esta esclavitud.

Igual que mi amiga poeta, yo también quiero ser la voz de las prostitutas, pero de verdad. Sin hipocresías. Sin marchas inútiles. Sin políticas. Con poéticas de igualdad, libertad de vida, y justicia de alma. Es preciso actuar. Claro que sí. Pero antes, pongamos los puntos sobre las métricas, analicemos fondos y formas como si fuesen labios de verso los que mueven las sílabas. ¿Quiénes son las víctimas y quiénes son los clientes? La víctima suele ser una persona, muchas veces cansada de pedir ayuda en las distintas administraciones, que no ha tenido más remedio que vender su cuerpo para poder vivir. Sólo hay que mirarle a los ojos del corazón y leer el dolor que escribe su mirada. Nos hablan de que son personas destrozadas, psicológicamente y espiritualmente muertas. Tras de sí tienen una historia tremenda, una hoja de ruta salpicada por la violencia, el abuso hasta el extremo, poca autoestima y mucho miedo en las venas, falta de oportunidades y un montón de zancadillas que esta sociedad le ha impedido saltar. Ahora digamos quiénes son los clientes, sin tapujos. La mayoría busca en las prostitutas llevar a cabo una experiencia de total dominio sobre la mujer ¿Dónde está la condena social para este tipo de actuaciones? Comprar sexo a una prostituta no es la solución para el desahogo, para llenar la soledad en la que estamos inmersos, tampoco para huir de la frustración en la que vivimos y mucho menos para suplir una carencia de auténticas relaciones.

Algunas prostitutas de Madrid, tal vez como las de otras ciudades, denuncian que se les humilla, diciendo que siempre están manipuladas por otras personas y que no saben lo que quieren; que no se les respeta su decisión de ejercer la prostitución; que no se les ofrece ninguna vía de regularizar la situación y que se les trata de forma inhumana. Es verdad que cada uno tiene derecho a buscarse la vida como puede, pero ya veríamos cuántas personas ejercerían la prostitución si tuviesen otra forma de ganarse el sustento. En una cosa les doy la razón de pleno, en exigir reuniones con responsables de la administración. Y saben, por qué. La respuesta es bien patente. La explotación sexual de las mujeres y de los menores es un problema que concierne a toda la sociedad, no únicamente a ellas. Es preciso considerar esa pujante clientela como un elemento del sistema de consumo subyacente en un comercio que nos envicia y esclaviza. La sociedad, todos nosotros, tenemos la responsabilidad de tenderles una mano a las personas que por lo menos quieren abandonar la calle.

La educación y la creciente toma de conciencia pienso que es vital para luchar contra la injusticia sexual y para establecer la igualdad de los sexos, en un contexto de reciprocidad y de justas diferencias. Unos y otros, hembras y varones, necesitamos adquirir conciencia de lo que significa la explotación. No estaría demás que los periódicos incluyeran en sus crecientes páginas de anuncios/contactos, listín de teléfonos y lugares de servicios a las víctimas de la prostitución: refugios, puntos de referencia, atención sanitaria, teléfonos rojos, asistencia jurídica, ventanillas de la administración, capacitación profesional, instrucción, rehabilitación, campañas de apoyo e información, protección contra las amenazas… Ah, se me olvidaba dejar constancia de la original invitación que nuestra amiga poeta nos ha hecho después de asistir a la manifestación. Aquella diosa del asfalto que nos dejó sin palabras en una noche de versos, que tomó la calle de los mandriles con la pancarta del poema, ahora nos cita (y encinta) a la capital del reino, a recitar poesía bajo la sugestiva luz del título: Amor antes que sexo. La frase bien merece un encuentro y un abrazo. No le fallaremos, ni tampoco nos fallaremos a nosotros mismos, porque la liberación de las mujeres de la calle es un acto de verdadera poesía, una expresión de auténtico verso de vida.

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