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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (XIII)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
martes, 27 de diciembre de 2005, 00:38 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado:


Pero Grullo, que ya ha desmontado en público algunas de las tópicas ficciones que sustentan el mundo del Derecho, de los derechistas o derecheros y de la “Justicia” o ley política, ha reflexionado íntimamente en el capítulo anterior sobre los fraudes de lenguaje como cimientos sobre los que se asientan los poderes públicos y sobre la mentira y el engaño institucionalizado como fundamentos de todo sistema político verticalista. Sin embargo, llevado de su natural timidez y de su miedo a errar en sus conclusiones, aún no se atreve a expresar públicamente sus pensamientos.

Capítulo X

Que trata de la ley política y de las constituciones, y del sentido inverso que deberían poseer en una democracia


Unos días después, el Representante Independiente acudió a una entrevista con don Quijote y Pero Grullo; se venían viendo repetidamente desde la visita que habían efectuado al Parlamento. Le acompañaba en ocasiones una joven de su provincia que, por alguna razón incomprensible, anhelaba seguir los pasos de aquel a quien tenía por maestro de independencia y de voluntad de servicio a los electores. Era su nombre Aprendiza de Política y, a pesar de haber recibido todo género de exhortaciones de su mentor para que no iniciara un camino que él mismo dudaba si debía abandonar, manifestaba una decidida convicción por seguir aquella ruta.

–El sistema no puede tenerse por democrático: a la gente sólo se le permite dimitir cada cierto tiempo de su teórica soberanía en el nombre de un representante absoluto, que será quien decida a su antojo –aseveró el Representante Independiente–. Pero no se tolera que la población determine actos de gobierno... En esto coincido plenamente contigo, Pero Grullo. Ni siquiera se consiente que las promesas electorales que decoran los programas de los partidos sean de algún modo vinculantes, como sucedería en cualquier otro ámbito social...

¿Nos imaginamos una sociedad donde los compromisos libremente adquiridos por adultos libres no obligaran a una de las partes, pero sí a la otra, a pesar de ser ésta quien presuntamente posee la soberanía...?

Ninguna actividad social podría funcionar de esta forma, ninguna empresa pública o privada podría ser viable, ninguna representación de cualquier tipo podría efectuarse en la vida corriente, si el representante no representara lo que se le manda, sino lo que le place, y a pesar de ello quien le otorga su representación debiera seguirle pagando sus emolumentos, sin posibilidad de exigirle nada a cambio.

–La tentación es tan fuerte que se necesitaría la fuerza de voluntad de un arcángel para no corromperse –señaló don Quijote–.

–Y la clase política no suele estar compuesta por arcángeles en país alguno –sentenció Pero Grullo–.

–Por eso sostengo que el sistema es corrumpente: está concebido para pudrir la voluntad de quien accede al poder, obligatoriamente, aun antes de que acudan los sobornos o las compras directas de voluntades por otros métodos.

–¿No consideras posible, pues, de ningún modo, que pueda permanecerse en política sin dejarse vencer por las tentaciones? –inquirió don Quijote–.

–Allí donde haya un presupuesto público, no. Salvo que hablemos de un cargo político de un lugar tan pequeño que, en lugar de presupuesto, sólo tenga obligaciones que satisfacer a quienes, por eso mismo, difícilmente darán el paso de ofrecerse voluntariamente para atender los asuntos comunes que a todos desagradan, disgustan y entorpecen.

Pero donde se maneja graciablemente el dinero de los demás, sin responsabilidad ni ataduras, y en cantidades ingentes, no sólo las tentaciones cunden, sino que la mecánica del sistema fuerza a la corrupción: si no engrasas crematísticamente a tu propia fuerza política, lo harán las demás, desde las instituciones que dominen... A los honrados, el sistema les expulsa en las siguientes elecciones. ¡Esta es una de las mayores perversiones del modelo!

Por otra parte, están los provechos mutuos de todo el estamento político, en donde no hay discrepancias partidarias que valgan: todos las fuerzas se muestran unánimes cuando se trata de legislar sus propias conveniencias, en perjuicio de otras formaciones que no estén representadas en ese momento, y obviamente en perjuicio de los excluidos del poder, la gente.

–Los presuntos soberanos, como tú les llamas –repitió don Quijote–.

–¡Y tan presuntos! Como que sólo tienen esa potestad que he señalado: abdicar enteramente cada ciertos años, en los aristócratas minoritarios que les suplantan. Y otra más, que es su función verdadera: sostener económicamente todo el tinglado, mediante unas cargas económicas que también les impone el poder minoritario...

Es un avance respecto a una dictadura plena, indudablemente, pero no parece excesivamente distante de cualquier régimen periclitado.

–Lo peor es que, a falta de democracia, ni siquiera puede considerarse que vivamos bajo una partitocracia –intervino Aprendiza de Política–: los componentes de los partidos tampoco deciden nada, son máquinas de votar lo que les ordenen sus mandos, que han fabricado las listas desde arriba.
Esa es la primera contradicción de unos partidos que dicen defender la democracia, pero que no lo son ellos mismos, sino órganos disciplinados por sus caudillos... Quienes fingen luchar por la libertad, han de perderla de inmediato, si quieren medrar en este tipo de política.

–Tampoco son los caudillos partidistas quienes mandan –corrigió el Representante Independiente–, sino los dueños de las marcas. Que suelen las mismas corporaciones bancarias, de modo que todo queda en mera pluralidad aparente.

Sirve para distraerse, para que la gente crea en el cambio, tan sólo porque va alternativamente de Herodes a Pilatos. Pero el cambio es cosmético, truecan los rostros de los capataces.

Con unos gastos electorales que desbordan cualquier cálculo, con unas infraestructuras permanentes y unas sedes que las cuotas de los afiliados no pagan ni en la centésima parte... sólo hay dos maneras de sobrevivir en esta jungla: o entrar a saco en el presupuesto público o endeudarse. Pero las dos variantes ya conducen a la creación de unos partidos del sistema y no de un sistema de partidos. Quienes no están en el poder ni reciben financiación legal ni pueden meter mano en la caja. Y quienes, para seguir el ritmo insostenible de los fuertes, recurren a los créditos bancarios, han labrado su final: los bancos ejecutarán los créditos que les concedan, a menos que se presten a su juego, mientras que a los grandes partidos se los condonan, como lo que son, hijos predilectos del sistema bancario...

–Una cosa veo yo más extraña que otras en eso que refiere voacé –interrumpió Pero Grullo–, y es que los propios políticos que van a recibir las subvenciones públicas puedan legislar al respecto, sobre esa materia.

–¿Y quién debería hacerlo sino los propios legisladores?

–¿No aprecia voacé en ello incompatibilidades?

–Sin duda, aprecio muchas: las he dicho.

–Pues planteado el problema... es el instante de hallar las soluciones.

–Repito, ¿quién debería hacerlo?

–De momento, ya sabemos que los políticos no...

–Sin embargo, así seguimos en el mismo lugar en donde estábamos.

–Al contrario, sabemos ya cuál es el sitio equivocado... En donde la Lógica indica que se producirá una de las perversiones básicas del sistema, o acaso la primera y origen de las inminentes.

–No obstante, seguimos sin hallar la solución al problema.

–Podemos ampliarlo, para ver a qué otras parcelas inmediatamente corruptibles afecta la cuestión... Por ejemplo, ¿considera sensato voacé que los representantes políticos se fijen sus propios sueldos y gastos de representación?

–Ya sé dónde quieres ir a parar, Pero Grullo. Y efectivamente digo que esa unanimidad para fijarse las propias retribuciones y la de sus cargos de confianza contribuye como pocas otras cosas a la creación de un estamento político compacto y monolítico, defensor de sus privilegios frente a la impotencia del pueblo.

–Y a otra contradicción añadida, imposible en el funcionamiento social corriente, como voacé mismo ha dicho: el asalariado que se fija su propio salario unilateralmente.

–¿Vuelves al concepto del político como asalariado...?

–Quizá reside en él la clave para plantear bien el problema de quién debe mandar en una democracia verídica... Pero admítamelo voacé, aunque sólo sea como hipótesis.

¿Podría funcionar cualquier relación social en la que quien percibe una retribución se estableciera por sí solo dicha cantidad y además mandara señorialmente sobre sus pagadores?

–No, desde luego.

–¿Podría creerse que una población tan nulificada como hasta para carecer de la posibilidad de establecer los salarios de sus servidores es una población soberana...?

–Difícilmente.

–¿A quién habría de corresponder la acción de mando, a los pagadores de los servicios o a los servidores asalariados?

–Planteado así...

–¿Quién vive mejor y disfruta de más cómodos horarios de trabajo, los servidores públicos o los señores servidos por aquéllos, es decir, los ciudadanos propietarios del hecho público, que sufragan sus salarios...?

–¿Amplías ahora el concepto de “servidor público” a toda la Administración del Estado?

–Por ejemplo... Ése es el nombre oficial que se da a quienes desempeñan dicho trabajo.

–Pues cada vez la cuestión se muestra más confusa.

–¿Podrías explicarte?

–Vivimos en una clara estructura de dominio de los de arriba sobre los de abajo. Vivimos en la estructura piramidal propia del Antiguo Régimen. Vivimos en la estructura de unos cuantos que imponen y otros muchos desposeídos del poder que reciben las órdenes descendentes de la minoría, pagan los impuestos y obedecen, aunque hayan variado los fábulas declarativas.

–¿La estructura del Antiguo Régimen?

–Exactamente.
–Dígame voacé algo esencial que se haya trocado en la cadena del mando. ¿Quién establece las leyes y las reglamenta a su gusto...? ¿La minoría autárquica o la mayoría inerte? ¿Quién administra las leyes...? ¿La minoría señorial y oclusa o la mayoría impotente y excluida? ¿Quién revisa la cuentas públicas y los gastos oficiales...? ¿El estamento que los disfruta o el estamento que los costea? ¿Quién verifica los servicios públicos y su eficiencia...? ¿Los mismos que los prestan, como siempre...?

–¿Estás afirmando que las leyes, las cuentas y los servicios públicos no deben establecerse o revisarse por parte de los administradores?

–Más sensato parecería que lo hicieran los propietarios que no los administradores, desde luego... Pero no afirmo ni niego nada, simplemente pregunto en qué ha cambiado el armazón interno del poder público desde que el público no mandaba ni poco ni mucho, como ahora, en la práctica... Más bien, es otra cosa la que me atrevería a aseverar en estos momentos...

–La estamos aguardando.

–Quizá la primera característica de una Constitución o de una ley política democrática sería la de abrirse, desde su primer capítulo y párrafo, indicando... las obligaciones expresas de los administradores, los organismos democráticos encargados de fiscalizárselas, los instrumentos democráticos para supervisar las cuentas y los gastos públicos y la productividad de las administraciones, así como las penas y sanciones que recaerán sobre los servidores públicos de cualquier género que incumplan sus obligaciones o no den el debido rendimiento que han de satisfacer para merecer sus retribuciones...
Una vez establecido lo cual, ya podrían detallarse también los derechos de ellos... los derechos de los administradores.

–Revolucionaria apertura constitucional acabas de formular.

–Probablemente, pero también es probable que se trate de una de las formulaciones más nítidas entre las que se me atribuyen: una verdadera... perogrullada.

____________________

Próxima entrega de la novela: martes, 29 de noviembre.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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