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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

Sharon: tocata y fuga

Raúl Tristán

viernes, 25 de noviembre de 2005, 03:32 h (CET)
Cuando Ariel Sharon llegó a erigirse como Primer Ministro del Estado de Israel, allá por febrero de 2001, muchas voces se alzaron, como un temeroso clamor, en los foros de debate político y social de todo el mundo.

El niño judío nacido en 1928 en una Palestina británica, era ya reconocido por haber dado paso a un líder sanguinario; un militar cruel bregado en la Guerra árabe-israelí de 1948-49, o en la de los Seis Días; un político cuya actividad parlamentaria, desempeñada desde 1977, dejaba amplio margen de maniobra para su sed y anhelo de conquista: la invasión del Líbano en 1982, que dejó fuera de juego a Menachem Begin, entonces primer ministro, y que supuso una de las más atroces matanzas de las que se tiene noticia en aquellas latitudes, la de Sabra y Chatila, donde cientos de palestinos fueron masacrados en sus campamentos de refugiados. Aquel “triunfo” táctico, no impidió que fuera destituido. Ante los ojos de mundo, el estado de Israel debía permanecer limpio de toda sospecha.

Sin embargo, y a pesar de sus condenadas “hazañas bélicas”, continuó ejerciendo una fuerte influencia sobre el gobierno, de modo que en los años noventa se le permitió centrar su ira vengadora en la construcción masiva de asentamientos judíos en Gaza y Cisjordania.

En el 98, el debilitado gobierno de Netanyahu le abrió las puertas hacia el Olimpo y fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores. El general del que todos debían sentirse orgullosos, en palabras de algunos, volvía con renovados bríos. Le duraría poco la felicidad en el cargo, en el 99, con la caída del gobierno, se vio obligado a desterrarse en la oposición. Pero él sabía que éste no era su lugar por lo que, como líder del Partido Likud, algo así como la extrema derecha judía, inició una campaña de acoso y derribo contra Ehud Barak, alimentada por el fracaso de las conversaciones de Camp David entre éste y Bill Clinton. Jerusalén se convirtió en la punta de lanza de Sharon.

A todo ello, fue sumando sus continuos desafíos, como la irrespetuosa visita a la mezquita de Al-Aqsa, en septiembre de 2000, y que tuvo como resultado el comienzo de la segunda intifada.

Todo estaba calculado, Sharon sabía que el pueblo judío buscaba una mano de hierro, y sabía cómo demostrarles que él era esa mano. En febrero de 2001, alcanzaba su sueño: ser primer ministro, cargo para el que sería reelegido en enero de 2003.

Desde entonces hasta hoy, muchos encuentros y desavenencias han tenido lugar entre Israel y Palestina. El “halcón” que devoraba “palomas”, sobre todo la de la Paz, ha levantado gigantescos muros de hormigón por un lado, mientras que por el otro ha derribado asentamiento tras asentamiento a lo largo de Gaza y Cisjordania. ¿Debilidad?, ¿agotamiento, cansancio?, o, simplemente ¿cordura?.

El caso es que hoy, Sharon abandona el Likud. La facción más dura de su antiguo centro de poder está contra él. Se marcha y amenaza con fundar un nuevo partido, más moderado, de centro-derecha, más comedido en los ámbitos políticos, económicos y sociales, un partido que podría incluso llegar a pactar una gran coalición con sus antes opositores el Laborista, el Shinui y el Meretz-Yahad.

¿Estará el halcón jugando limpio, o esto no va a ser más que otra de sus batidas de caza?. Todo parece posible, salvo que la paz se haga de una vez por todas entre israelíes y palestinos.

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