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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Del mantel a la sabana

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 25 de noviembre de 2005, 03:29 h (CET)
Las primeras luces del alba comienzan a aparecer con una extraña claridad sobre mi ventana. Es hora de levantarse a pesar de que el despertador del móvil todavía no ha sonado. Y como cada mañana acudo a la pantalla del ordenador desde donde ahora escribo esta columna para enterarme de las últimas noticias ocurridas durante mis parcas horas de sueño. Desde hace unos meses las noticias no varían. El PP, desde que perdió por su mala cabeza, las elecciones del 14-m, se dedica a atacar con toda su artillería a la socialdemocracia ahora habitante de La Moncloa. Siempre ha sido así, y así lo aprendí desde pequeño, como dice la asiática de las noticias subtituladas de la chica “hache” de la cuatro. Qué le vamos a hacer. Nadie está acostumbrado a perder y por encima de todo aquellos que desde los tiempos de sus más rancios ancestros han dominado las cuerdas que han manejado a los títeres de este país llamado España.

Podría escribir del nuevo enamoramiento entre monseñor Blázquez y el Gobierno socialista ya que a unos y otros les interesa ir limando la crispación que los de la gaviota carroñera han ido montando en los últimos meses. Los asotanados no son tontos y saben que se saca más lamiendo que mordiendo y el “capo” de los mitrados lanza un guante, no de reto, a los mandamases del país para no perder sus privilegios económicos. Al final ya verán como todo se acordará y la Iglesia seguirá disfrutando de los mismo privilegios de siempre. También podría dedicar esta columna a analizar los tropezones que el Partido Popular está dando en esta comunidad de vecinos a la que a mí me gusta llamar País Valencia. En Castellón ese señor Fabra, que con sus gafas oscuras me recuerda a todos los “padrinos” que en el cine han sido sigue siendo imputado en diversas causas judiciales sin que por su partido se le aplique aquel tan aireado “código de conducta” que exhibieron en las campañas electorales. O esos alcaldes de Torrevieja y Orihuela cuya honradez está siendo puesta en cuestión un día si y otro también, o el diputado tránsfuga hacia filas “parafascitas” – creadas por el mismo partido popular- al que niegan el pan y la sal cuando llenaron de honores a los también tránsfugas de Unión Valenciana que se pasaron a medrar a la sombra de la gaviota. Algo huele a podrido y no es en Dinamarca. Huele a podrido en este País Valenciano que sigue ofrendando nuevas glorias a esa España negra que enterramos hace treinta años en el Valle de los Caídos. Por no hablar de Zaplana, vocero de los populares en las Cortes, y que llegó a la alcaldía de Benidorm para comprarse un coche de 16 válvulas- él mismo lo dejó dicho- o al Ministerio de Trabajo para ser propietario de un piso de más de 500 metros cuadrados en plena Castellana. Buena carrera para alguien que nunca ha cotizado como trabajador en la Seguridad Social.

Pero hoy me siento lúdico y quiero escribir sobre los “polvos” que no los lodos que nos trajeron una Transición mal hecha. Ya se sabe que en materia de presumir de prestaciones sexuales a los españolitos les pierde la boca. Hubo un guardia civil, expulsado o retirado del “cuerpo”, que presumió en su día de realizar hasta siete prestaciones en una noche y desde entonces siguen viviendo del cuento, apareciendo en las televisiones, él y la presunta receptora de tanto semen. En esta España de nuestros pecados hoy lo que Salamanca no da lo da el bajo vientre. Qué le vamos a hacer.Ahora un estudio, se supone que serio, de Sigma Dos nos dice que el 32 por ciento de los valencianos invita a su oponente pareja a una cena con la sana intención de acabar revolcándose entre sabanas de satén o seda.

Puedo presumir de conocer la noche valenciana y prometo que nunca he invitado a una chica a cenar con la intención de después pasar a conjugar el verbo retozar entre las sábanas de mi lecho. Confieso que soy amante de una buena cena, o comida, regada con buenos caldos derivados de la uva, un buen habano a la hora del café y alguna que otra copa de un delicioso aguardiente para finiquitar las horas, deseo largas, del ágape. Todo esto, tanto trasiego de alcohol, hace difícil la posterior coyunda, y más cuando la edad ya comienza a pasar factura. Nunca he creído en el efecto estimulador de los llamados alimentos afrodisíacos. Me vuelven loco las ostras, y también una buena onza de chocolate, negro como una noche sin Luna, Si es posible prefiero tomar estos alimentos en compañía de una mujer joven y apetitosa, pero muchas veces los cato solo en mi sonora soledad mientras doy gracias, no sé a quien, por seguir vivo. Para mí, con la pareja ideal, cualquier alimento, unas simples lentejas con chorizo, puede servirme como estimulante erótico.

Hoy, después de una noche acompañado donde la lectura de algunas líneas de “El amante” de Margarite Duras me han servido como acicate para elevar mi moral y mi erotismo no he tenido ganas de estropearme la vida, ni esta columna, escribiendo de la política nuestra de cada día, cada día más prostituida. Pero sigo creyendo que si todo esto es posible, si el amar libremente y sin trabas ni cadenas es posible, se debe a la libertad que disfrutamos desde hace treinta años. Antes, con el General de la voz atiplada y su “careto” en todos los sellos de correos, el amor era algo oscuro, sucio y escondido. No dejemos que los guardianes de la moral, que día a día nos vigilan, nos hagan volver a aquellos años del sentimiento de pecado cuando amábamos ni al oscurantismo del olor a cirio y sacristía.

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