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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Reflexiones sobre la enseñanza

Mariano Estrada (Alicante)
Redacción
viernes, 25 de noviembre de 2005, 03:32 h (CET)
Yo creo que los alumnos de hoy son hijos de nuestro tiempo. Hace unos años, cuando había un conflicto entre el alumno y el maestro, los padres, en general, se ponían del lado de éste. Digamos que se fiaban de la profesionalidad y del buen hacer de quien, además de vivir con el niño muchas horas al día cada día, sentía y asumía la responsabilidad de enseñarle tanto las materias referidas al estudio como las referidas al comportamiento, ambas necesarias para su posterior integración en la sociedad. Tenía interés y se esforzaba en lograrlo, porque el maestro, en España, lo ha sido siempre por vocación, las excepciones aparte. Y le decía a los padres no sólo de qué pie cojeaba su hijo, sino también en qué destacaba y qué aspectos había que potenciar. Digamos que la educación era un conjunto de cosas, de las que unas se aprendían en casa y otras en la escuela, algunas como complemento, algunas como prolongación.

La disciplina, según lo veo yo, es absolutamente imprescindible. El castigo, dentro de unos parámetros de racionalidad, es un límite de la enseñanza. Ahora se vuelve a discutir si “el cachete” es una parte asumible de ese castigo. Hay expertos y sociedades que dicen que sí. Hay expertos y sociedades que dicen que no. Yo fui educado en la época del cachete, me dieron algunos, no muchos, tanto mis padres como mis maestros, y no creo haber sufrido secuela ninguna, ni les he guardado nunca rencor. Creo, sin embargo, que el tema es harto complejo y discutible. Y que un caso concreto no puede erigirse en norma, ni unos cuantos tampoco.

Pero ahora todo esto ha cambiado. Un día, en un pequeño conflicto entre maestro y alumno, un padre se colocó ciega e irracionalmente al lado de su hijo: “Usted a mi hijo no le levanta la voz” “Usted a mi hijo no le toca” “Usted a mi hijo no le castiga” “Usted a mi hijo, tal” “Usted a mi hijo, cual” “Usted a mi hijo”. Todo esto de forma brutalmente sentimental, a menudo hasta sensiblera. Tal vez incluso primaria y, como digo, irracional. Ahí empezó el acoso. Los espacios se fueron acotando, los maestros se fueron retrayendo. Los niños se percataron de su poder... y lo ejercieron. Lo demás está ahí, con variantes, a la vista de todos. Niños subidos a la parra y maestros sumidos en la impotencia y cargados de inhibición y de depresiones. Éste es el panorama. Quien tenga ojos que vea. Los maestros lo saben. Los políticos lo saben. Pero a ver quien le pone ahora el cascabel al gato.

La religión. Yo creo que la religión ha caminado siempre al lado de la humanidad, de una forma o de otra y cualquiera que haya sido su desarrollo. Por lo tanto, parece que es una parte importante de la misma, por lo que no podemos cargárnosla de pronto de un plumazo. Ahí está, y creo que hay que enseñarles a nuestros hijos lo que ha significado en la evolución de las sociedades y las civilizaciones, con lo bueno y lo malo, que de todo ha habido. En cuanto a la religión como práctica, debe remitirse al ámbito privado, desde luego. Con todas las consecuencias, incluida la financiación. Habrá que ver que se hace con el patrimonio de la Iglesia, cómo se mantiene. Habrá que ver quién la sustituye en determinadas funciones. Habrá que ver cómo se pagan otras que pueda seguir haciendo, similares a las que hacen las onegés. En fin, todo eso se puede estudiar, pero lo cierto es que hay que quitarle a la Iglesia ese carácter público que aún tiene en España.

De la enseñanza privada nada diré, porque ya se defiende bien ella misma. Solamente que su existencia no puede redundar de ningún modo en detrimento de la pública, la cual debe tener garantizas las necesidades y la calidad. A partir de ahí, cada cual es libre de llevar a sus hijos donde quiera.

Y voy a terminar diciendo que yo fui a la escuela pública. Mis hijos fueron a la escuela pública. La escuela pública ha funcionado antes, en épocas con condiciones mucho peores que la nuestra, especialmente económicas ¿Por qué no ha de funcionar hoy? Desde luego hay que dotarla de medios, pero, antes que nada, a los maestros hay que devolverles la dignidad ¿Cómo? Con el imprescindible reconocimiento, con las necesarias atribuciones y retribuciones, con los medios adecuados y suficientes. Devolviéndoles el respeto que nunca debieron perder, que nunca les debimos quitar. Para que ellos se reencuentren con la vocación, que seguro que tienen, y recuperen la confianza en sí mismos, eso que ahora llamamos autoestima. Me refiero al respeto de los niños y al de los padres, desde luego, pero también al de la sociedad, al de la administración y al de la política. Sí, sí, al de la administración y al de la política. Ya está bien de que la enseñanza sea un instrumento para ganar elecciones o tirarse los trastos a la cabeza.

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