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Primer aniversario de la Revolución naranja

Arseny Oganesian
Redacción
jueves, 24 de noviembre de 2005, 03:51 h (CET)
El 22 de noviembre, Kíev ha sido escenario de los festejos con motivo del primer aniversario de la 'revolución naranja'. Los acontecimientos que tuvieron lugar en el Maidan Nezalezhnosti, la Plaza de la Independencia, en noviembre de 2004, acapararon la atención del mundo entero. Tanto Occidente como Moscú atribuían a aquellos sucesos enorme importancia aunque les daban, obviamente, una interpretación distinta. Tal y como habían predicho los analistas de RIA "Novosti", el cambio del poder en Ucrania no aportó una mejora del nivel de vida ni se tradujo en una marcada reorientación geopolítica del país del Este al Oeste.

El equipo de los 'revolucionarios naranja' se fue desintegrando a un ritmo sorprendente, en menos de un año. El prestigioso politólogo Viacheslav Nikonov, miembro de la Cámara Social de Rusia, califica esa evolución como lógica. "Todas las revoluciones terminan en lo mismo - señala él -. Primero, cualquier revolución se come a sus hijos, y la 'revolución naranja' lo ha hecho ya. Los líderes del Maidan, en su mayoría, ya no forman parte del Gobierno y se han pasado a la oposición, como es el caso de Timoshenko, Poroshenko, Zinchenko y muchos otros. Segundo, una revolución no alivia el lastre de la tiranía sino que lo endosa en otros hombros. No me consta que el actual régimen ucraniano sea más democrático en algunos aspectos que el anterior, encabezado por Kuchma. Y tercero, toda revolución provoca un deterioro de la situación económica". Prácticamente todos los expertos entrevistados por RIA "Novosti" hacen hincapié en las grandes dificultades de la economía ucraniana a raíz de la llegada de Víctor Yuschenko al poder.

Los principales indicadores macroeconómicos que el ministro de Economía ucraniano, Arseny Yatseniuk, presentó al Gobierno a principios de noviembre, están por los suelos. En los primeros nueve meses de este año, el volumen del PIB creció apenas un 2,8%, o sea, muy por debajo del 12,1% registrado en 2004 y el objetivo del 8% previsto para 2005. Yatseniuk, recientemente nombrado para ese cargo, atribuye la drástica ralentización del crecimiento económico en Ucrania a la intervención administrativa en la economía. En lo que va de año, las inversiones en fondos básicos se han reducido, según él, diez veces.

Semejante situación ha repercutido, por supuesto, en la popularidad de Yuschenko. Apenas un 14,3% de los ucranianos aprueba hoy la gestión del presidente, según se desprende de una encuesta realizada por el Centro Razumkov en todas las provincias del país, en noviembre. En comparación con febrero pasado, el índice de apoyo ha bajado un 32,4 %. La popularidad del Gobierno y el Parlamento entre la población también registran ahora los mínimos históricos desde que en Ucrania cambió el poder.

¿Cuál es ahora la opinión de Occidente sobre las llamadas 'revoluciones de colores' en el espacio postsoviético? Edward Lozansky, presidente de la Universidad Americana de Moscú, considera que hoy en día, pasado un año después de la 'revolución naranja' en Kíev, la doctrina bushiana de la difusión de la democracia a lo largo del planeta encuentra cada vez menos partidarios. Tanto los políticos como los ciudadanos de la calle en EE.UU. empiezan a preguntarse, según él, si el apoyo a la oposición en los países de la CEI realmente responde a los intereses estratégicos de Washington.

El politólogo norteamericano cuestiona la conveniencia de intervenir en la zona de los intereses legítimos de Rusia, con el subsiguiente deterioro de la relación con Moscú, cuando EE.UU. puede tenerla como aliada en la guerra global contra el terror. La única manera de ganar esta batalla, en opinión de Lozansky, es forjando una poderosa alianza ruso-americana, y cuantos se empeñan en socavarla, amparándose en palabras muy nobles como 'libertad' o 'democracia', no hacen sino perjudicar los intereses de sus respectivas naciones.

Con todo, hay motivos para suponer que algunos países de la ex URSS podrían muy pronto teñirse del revolucionario color naranja. La primera mención que los analistas de RIA "Novosti" hacen de forma unánime es Bielorrusia, fuertemente presionada por Occidente.

El director del Instituto Internacional de Estudios Políticos y Humanitarios, Viacheslav Igrunov, augura que en Bielorrusia, si Alexander Lukashenko deja la presidencia por una u otra razón, podría producirse una 'revolución de terciopelo' con la inevitable reorientación de Minsk hacia Occidente. Viacheslav Nikonov declara abiertamente que "Lukashenko va a tener problemas muy graves el próximo año".

Otra nación donde no se descarta una variante revolucionaria es Armenia.
Recordemos que tanto Minsk como Ereván son para Rusia aliados clave en la Europa del Este y en Transcaucasia, respectivamente. No cabe duda de que Occidente se está preparando activamente para desmantelar el actual régimen en Bielorrusia. Prueba de ello son las reiteradas declaraciones de políticos occidentales, de que Lukashenko es el último dictador europeo, o las subvenciones financieras destinadas a las campañas de propaganda contra Minsk. El caso de Armenia es más ambiguo aunque Occidente, según indican algunas fuentes de RIA "Novosti" en la capital rusa, procura hallar algunos puntos de convergencia con varios representantes de la élite política en Ereván. Varios articulistas señalan también la necesidad de una expulsión gradual de Rusia desde Armenia en particular y desde Transcaucasia en su conjunto.

De esta manera, Rusia y Occidente difícilmente podrán superar la etapa de fuerte rivalidad en el espacio postsoviético a corto plazo, por lo menos, mientras dura el mandato de la actual Administración de Washington. Y Moscú lo entiende perfectamente. Es más: la reciente firma de un tratado de alianza con Uzbekistán, que es un mérito incuestionable de la diplomacia rusa, demuestra que Rusia puede desarrollar con bastante éxito un juego geopolítico autónomo.

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Arseny Oganesian es columnista de RIA "Novosti".

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