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Real Madrid-Barça, partido de los emigrantes

Herme Cerezo
Herme Cerezo
martes, 22 de noviembre de 2005, 01:29 h (CET)
El sábado 19 de noviembre, el Santiago Bernabeu parecía más la Carrera de San Jerónimo, que un estadio. Sólo faltaban los leones y los maceros. Allí había en juego de todo menos fútbol. En realidad, desde que sobrevino la democracia siempre da esa impresión. Antes también, pero se disfrazaba e, incluso, había más justificación para pensarlo. Un Madrid-Barça es el choque de la capital contra la periferia, del centralismo contra el federalismo, de la unidad nacional contra la independencia. Y más ahora, con toda la que cae desde que el nuevo Estatut de Catalunya entró en el Congreso de los Diputados. Y mientras unos, según nos venden los representantes de la rei publicae, parece que se quieren ir, los otros, no quieren dejarles marchar.

Este año, la catalanidad del Barça la ostentaban Víctor Valdés, Puyol, Oleguer (Olegué en la voz de los presentadores de TV3), Xavi y pare usted de contar. La españolidad del Madrid recaía en manos (perdón, en pies) de Salgado, Helguera, Raúl, Sergio Ramos, Casillas y Guti (un ratito). Pero, en realidad, los protagonistas de este enésimo antagonismo España versus Catalonia is not Spain, eran otros: Deco, Robinho, Roberto Carlos, Ronaldo y Ronaldinho, Beckham, Zidane, Edmilson, Messi, Eto’o y Baptista, Pablo García y Van Bronckhorst, que son quienes, actualmente, encarnan los valores más emblemáticos de los colores blancos y blaugranas. Ah, por si faltaba algo, en el banquillo, dos estadistas de “contrastado” pedigree peninsular: Wanderlei Luxemburgo – a pesar de su apellido europeo es brasileño -, y Franz Rijkaard, un holandés de Amsterdam. Una cosa más, un detallito: administró justicia el trencilla Eduardo Iturralde González, natural de Bilbao, Vizcaya (o Bizcaia), Euskadi (o País Vasco). Otro que tal, tío Pascual.

Y ¿qué diablos pintan todos ellos en esta batalla? Nada, claro. Es decir que, unos, los de la capital del Reino, y otros, los de la capital del Principado – bonita paradoja que tendrán que resolver algún día los mesiánicos capitostes de Esquerra Republicana, la Historia es la Historia – han recurrido una vez más para defender sus respectivas causas nacionales a mercenarios del balompié.

Presidieron la batalla, perdón el partido, Florentino Pérez, hombre de negocios metido a presidente de equipo de fútbol, y Joan Laporta, aspirante a político independentista que, quizá por aquello de que el Barça és més que un club, cristaliza su imagen pública ostentando la cabeza visible del club culé.

A estas alturas todo el mundo sabe que el partido lo ganó el Barça, 0-3, ante la indignación de la mayoría de los hinchas madridistas y la admiración de unos pocos que, tras el tercer gol del equipo “catalán”, aplaudieron en señal de reconocimiento. Buen detalle, la verdad. En el campo muchas banderas de España, en palabras de un locutor, gesto extrañado, solemne y dolido, de TV3, més que mai; aquesta és la forma que tenen ells [los madrileños] de dir que els catalans som espanyols.

O sea, que después del partido, para unos la unidad de la Piel de Toro se ha resquebrajado un poco más. Y para otros, l’estatut ha donat un pas endavant. Ambos, a mi entender se equivocan, porque si algún titular podría definir este partido (de fútbol, ein, no confundamos) sería el de “EL PARTIDO DE LOS EMIGRANTES”, porque toda esa pléyade de figuras futbolísticas – galácticas o no – en realidad no son otra cosa que emigrantes. Emigrantes cualificados, eso sí, y con los papeles en regla, pero emigrantes al fin. Qué lástima que el fútbol español, en uno de sus partidos más señeros, esté lleno de foráneos, ajenos por completo a las trifulcas políticas, que se debaten a su costa. Luego, la selección española tiene que jugar repescas de misericordia, por no emplear otro termino más soez, para acudir al Mundial de Alemania. ¡Señor, qué cruz!

Aún hay otro matiz importante. ¿Alguien se imagina una liga sin los enfrentamientos Madrid-Barça? Yo, desde luego, no puedo. Ambos equipos están obligados a entenderse o a no entenderse y condenados a enfrentarse dos veces al año, dentro de un rectángulo de 105x70. En el hipotético caso de que existiese una Lliga catalana (no la de Prat de la Riba, sino la de fútbol, no confundamos) separada de la española, la cosa cambiaría bastante. El Barça se las tendría que ver con equipos tales como el Espanyol, el Nàstic, el Lleida, la Gramenet, l’Hospitalet, el Sant Andreu, el Sabadell, etc. y entonces todo perdería calor, color, sabor, expectación, morbo. ¿De qué le servirían al Barça sus presupuestos millonarios y su exquisita plantilla? De muy poco la verdad. Y a nosotros, sufridos aficionados al fútbol, nos tocaría esperar y rezar para que el bombo de la UEFA deparase enfrentamientos entre el Madrid y el Barcelona dentro de la Champions League. Cosa que no siempre ocurriría porque tendrían que darse, además, muchas coincidencias para que así sucediese. Y, ¿qué pasaría si alguno de los dos, o ambos, no ganase su liga respectiva y no pudiera pasear su ejército – perdón, su equipo – por los terrenos de juego de media Europa? No quiero pensarlo, me niego.

Señores, el fútbol es algo muy serio, más que la política. Mucho más. Ya lo creo.

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