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Etiquetas:   Carta   -   Sección:   Opinión

A disolverse tocan

Armando B. Ginés
Redacción
lunes, 21 de noviembre de 2005, 02:53 h (CET)
Treinta años menos dos días separaban el último concierto de Andrés Calamaro en Madrid (Palacio de Deportes, 18-N) de la muerte pautada de Franco. Estuve en el concierto con mi hija de 16 años, tras algunos lustros de no asistir a convocatorias similares y, con franqueza antifranquista, he de manifestar que esperaba mucho más de lo que dio de sí el evento. ¿De verdad esperaba más?

Alrededor de Calamaro vi gente corriente de veintitantas miniprimaveras (varios con la elástica 10-Maradona, ¡che Fidel!, ¿te emborrachaste de cubalibre?) con incrustaciones de cuarentones retrocapitalizados. Todo sucedió sin estridencias, dentro de la quietud rampante que caracteriza el momento histórico actual. El escapismo protagonizó la noche, Andrés Calamaro embadurnándose de yoidad artística y el amable público huyendo hacia adelante para encontrarse ambos en medio del todo vacío constituyente del buen rollo que se lleva.

Calamaro pasa por ser un exrodríguez cercano a la piel de las inquietudes sociales cotidianas. Al margen de sus referencias a un sur mítico bonaerense, al barrio madrileño de Malasaña, al rock en estado puro (valor que siempre gana como en la películas maniqueístas los buenos a los malvados), a la nostalgia tanguera, quizás lo mejor de la velada, a la incursión por el blues obligado que otorga pedigrí de saldo, o al lugar confortable de los presos comunes privados de libertad, su música despide aroma a estética de naftalina y algodón bien sazonada con mercadotecnia proyectiva estilo globalización.

El cantor porteño, como él mismo se define en sus letras, abusa del doble perfil antisistema y pseudoizquierdista como señuelo progre y nos hunde un poco más en los cuentos de hadas de toda la vida: baladas melosas primer amor, los vaivenes del sentimiento (¿ahítos ya de follar por follar?), la alta suciedad (¡enorme y sutil metáfora!), labios mordidos de pasión acrítica, luminotecnia guayefectista, poemas de rima blanca con ínfulas de profundidad… y poco más (¡por que sí, por que sí…!). Eso sí, valga el afirmativo repetitivo como estribillo zumbón para digestiones facilonas, lleno hasta la bandera, educación exquisita, éxito total.

Calamaro canta mal, pero eso no debiera ser óbice para que sus notas se elevaran por encima de la medianía. Él pretende eso, eso que distingue a un grande y sencillo autor de un fenómeno de masas con certificado ISO de calidad, pero no lo consigue con la autenticidad que da el directo. Suena a un cd más del top manta. Otros antes que él tampoco fueron dueños de voces privilegiadas (ni contaban con la prótesis mise en scene de miles de kilovatios amplificadores para tapar carencias congénitas), sin embargo sus ecos salían de las entrañas rotas por el trabajo, del sueño de una realidad diferente o de la rebeldía consciente por un mundo más solidario y habitable. ¿Ejemplos? Víctor Jara, Jacques Brel, Joan Manuel Serrat, Joan Báez… Me anticipo a las sonrisas fnac, lo sé, no hay que pedirle sustancia al hueso bipartidista ni al sistema monotemático, la única historia que importa es la que está ocurriendo aquí y ahora, hacerse preguntas que vayan más allá del gulag individualista resulta demodé. Así es (o así lo parece, culturetas ketchup/kleenex), pero vais tan somnolientos y veloces que vuestra propia medicina os está autoconsumiendo en este preciso instante… Dejad el espejo de cenicientas imberbes y miraos en la realidad: algunos viejos rockeros nos pasamos de la raya y otros solistas nos fuimos de frenada, mas ahí seguimos con dolores éticos y espamos de dignidad… ¿Y vuesas mercedes? ¿Pasando de moda sin decir ni pío?

La juventud de la segunda transición arropó a Calamaro al lado de algunos representantes de la generación del consenso. Todo un síntoma de continuidad democrática meliflua y del tout va bien mundialista. El abrazo constitucional de 1976 ha entregado el testigo a la sociedad flexible y móvil de 2005, tomando como santo y seña tres decenios d. C. (léase después del Caudillo) al argentino Calamaro, también hijo de una dictadura y hoy padre-símbolo de la depilación política e ideológica del tiempo que nos rodea y de la nueva sociedad global del conocimiento. ¿He dicho del conocimiento?

Diagnóstico postmortem: Mister Bush, Monsieur Sarkozy, Señores Bonojosé, Ibarra, Chaves, Vázquez y Guerra, Mister U2-Bono, el cadáver occidental goza de excelente salud. Todo en orden. A lo que ustedes toquen. Los que vamos a morir empezamos a disolvernos.

Señores Zapatero, Fidalgo, Maragall y Carod, una vez superados los matrimonios gays y el Estatut, ¿hacia dónde nos dirigimos?

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