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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La reforma educativa que necesitamos

José Francisco Sánchez (Valencia)
Redacción
martes, 22 de noviembre de 2005, 01:29 h (CET)
Convocado a reunión por don Alejandro Argente Sanz, jefe del Servicio Central de la Inspección Educativa, me presento en la Consellería de Educación de la Generalidad Valenciana, para tratar del gravísimo fenómeno social de la mutilación ritual infantil. El inspector don Jesús García Martínez, en nombre de Argente (que no ha asomado en la reunión) me viene a decir, escuetamente, que “Desde Conselleria se puede hacer bien poco sobre el tema”. Abundando más en la nada, me detalla cómo la Autoridad educativa no tiene previsto plan práctico específico alguno de actuaciones para defender eficazmente la integridad genital de la infancia que acude a sus aulas, pues no lo considera alarmante.

No poder es no querer: Consellería dispone de información suficiente sobre los países de origen de todo el alumnado (niños y niñas de cuya formación se atribuye responsabilidad), de este modo conoce, aunque oculte con celo estos datos a la ciudadanía, cuantas niñas hay procedentes del Ecuador, o cuantos niños hay de origen pakistaní; Conselleria se supone que debería saber, por añadidura (haciendo mínimo honor al ambicioso rotulo que le da nombre), que el cien por cien de las niñas procedentes de Gambia, por ejemplo, son sometidas, tarde o temprano, por sus propias familias, a la mutilación de sus genitales, y que lo mismo ocurre con todos los niños marroquíes, brutalmente circuncidados sin remisión antes de llegar a la pubertad (se explica con espeluznantes detalles en la enciclopedia más modesta).

No es posiblemente la ley la más necesitada de una mejora radical, es precisamente el mismo funcionariado, el material humano responsable de hacer que se respeten los derechos fundamentales o que no pasen de puro papel mojado, quien debería fiscalizar sus propias actuaciones y omisiones sin dilación. Y elegir, de una vez por todas, entre la debilidad de dejarse dominar por la sordera ante su propia conciencia o enfrentarse con valentía contra los colectivos sociales que perpetran sistemática e impunemente estas abominables agresiones. El implacable juicio de la Historia, pospuesto a un futuro cada vez más lejano, no podrá paliar nunca los abominables sufrimientos que se van a imponer sanguinariamente (y también a ignorar) precisamente hoy.

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