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Las Kuriles del sur

Andrey Iliashenko
Redacción
martes, 22 de noviembre de 2005, 01:29 h (CET)
Si cabe esperar algo de la próxima visita del presidente de Rusia, Vladimir Putin, al Japón, será sólo la confirmación de la inamovible posición mantenida por Moscú en el problema de “territorios septentrionales”. De otro modo no puede ser en el momento actual.

La situación en vísperas de las negociaciones que se celebrarán en Tokio es sencilla.

El Japón quiere que se confirme la tesis fundamental de la Declaración de Tokio de 1993, que vio la luz gracias a la deferencia mostrada por la diplomacia de la época de Yeltsin: las cuatro islas Kuriles son objeto de un litigio territorial y su pertenencia debe decidirse mediante negociaciones. Además, en el idioma japonés la frase está redactada de tal modo que permite deducir que mediante las negociaciones debe decidirse el procedimiento de entrega de las islas en cuestión al Japón, mientras que su pertenencia al Japón no suscita ninguna duda.

La confirmación oficial de tal formulación del problema durante la próxima reunión entre Vladimir Putin y el primer ministro nipón Junichiro Koizumi (20 – 21 de noviembre) será una prueba de que Tokio sigue insistiendo en la devolución de esos territorios. O, dicho en otras palabras, está avanzando hacia el cumplimiento de una de sus tareas en la política exterior proclamadas oficialmente. Lo de patinar o, Dios no lo quiera, dar pasos atrás en ese camino significa el fin de la carrera para todo político o diplomático nipón. Una prueba de ello fue la purga efectuada hace tres años en el departamento que se ocupa de las relaciones con Rusia en Exteriores del Japón.

Moscú no es feroz, pero tampoco le conviene fomentar las ilusiones de que haya un avance, que es lo máximo a que puede pretender Tokio en estos momentos.

La posición mantenida por el presidente de Rusia se dio a conocer en más de una ocasión ya. Al tratar con los televidentes en directo en septiembre último, Vladimir Putin reafirmó que la única base jurídica de las relaciones ruso-niponas es la Declaración de 1956, mediante la cual la URSS y el Japón levantaron oficialmente el estado de guerra. El líder soviético Nikita Jruschev también se comprometió a entregarle al Japón el 17 por ciento de los territorios en litigio: la isla de Shikotan y la cadena de Habomai después de la firma de un cabal tratado de paz. Pero el documento no dice ni una palabra cuándo y en qué condiciones concretamente se debe hacerlo. Este es el único convenio vigente entre Rusia y el Japón, que fue ratificado por los parlamentos y registrado en la ONU y es de cumplimiento obligatorio.

Pero de momento no hay qué cumplir. No existe el tratado de paz, por lo que no hay fundamentos para efectuar la entrega, ni menos aún para sostener debates en torno a otras dos islas. Además, Moscú no experimenta la necesidad de sostenerlos.

El fortalecimiento de la soberanía es, a grosso modo, la orientación clave de la política que está aplicando el Kremlin, los problemas territoriales y fronterizos agitan demasiado a la opinión pública. Además, ha dejado de ser actual, al parecer, la necesidad de recurrir a la ayuda financiera del Japón, haciéndole a cambio concesiones políticas.

Es por eso que el embajador de Rusia en el Japón, Alexander Losiukov, manifestó hace unos días que en los próximos 10 años no cabe esperar progreso en la concertación del tratado de paz (léase: en la solución del litigio territorial). A su vez, según informa la prensa nipona, el asesor del presidente, Serguey Prijodko, dio a entender claramente que al término de la visita de Putin al Japón no se emitiría ningún documento político en que se mencione en una u otra forma el problema territorial.

Se dijo bien a las claras: el problema no se moverá del punto en que se encuentra ahora. ¿Y qué va a ser de las ilusiones de estar avanzando?
En vísperas de la visita del presidente ruso, en los medios noticiosos nipones se infiltró la información de que es posible que se sostenga diálogo sobre la potenciación económica conjunta de los territorios disputados. Unos escriben que se trata de una iniciativa de Moscú, y otros que la propuesta parte de Tokio. Mientras que las personalidades oficiales de ambos países afirman por unanimidad que tal propuesta no existe y tal punto no figura en la agenda de las negociaciones.

Bueno, resulta que no la hay. Pero surge el caldo nutritivo para abrigar ilusiones. Por algo de ello están escribiendo los más prestigiosos periódicos nipones, alegando fuentes anónimas.

En Moscú tales filtraciones no pueden por menos que provocar irritación. Dado el tono bastante rígido en que la diplomacia rusa suele hablar los últimos tiempos, cabe esperar que la delegación de Rusia reafirme su inamovible posición en las negociaciones. En el diálogo político entre Moscú y Tokio ya no hay lugar para ilusiones.

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Andrey Iliashenko es analista de RIA Novosti.

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