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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Obsesiones que nos matan

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
martes, 22 de noviembre de 2005, 01:29 h (CET)
Pienso que el volcán de perturbaciones anímicas producida por ideas fijas, concepto que con tenaz persistencia asalta nuestra mente, representa hoy en día un foco importante del malestar que actualmente nos inunda, con el consabido deterioro del mundo de las relaciones, puesto que la persona ha perdido como nunca parte de su consciencia y es manipulado por los poderes, ideas o creencias. Además, suelen hacerlo con total descaro. Alguien dijo que las coherencias tontas son la obsesión de las mentes ruines, atmósfera muy propia del momento actual. Ya lo decía el difunto Leopoldo de Luis, que en poesía viva por siempre, como advertencia a este mundo enloquecido al que se dio en verso, hasta en la despedida, legándole su propio corazón, que: “la única palabra cuerda es la poética” y, que “vivir no es más difícil que un rosal,/ lo que anula su aroma es la injusticia."

De injusticias, a juzgar por el aumento de la litigiosidad, vamos bien servidos ¿Quién no tiene un litigio en marcha? Sea como fuere, pesadilla o tal vez por obsesión a perturbar, los ciudadanos acuden a los juzgados aunque luego vociferen a la salida que las decisiones judiciales no son razonablemente homogéneas, ni previsibles y que, además, el sentido de la decisión depende del Juez que a uno le toque en cada caso. Después de lo que uno oye por esos pasillos justicieros, considero que lo de administrar justicia más que una obsesión, ha de ser una ilusión y un propósito firme de servir a los ciudadanos sin distinción alguna. Lo cierto es que necesitamos ese espíritu de hacer justicia frente a tantas obsesiones diabólicas que se permiten a destajo. A veces también tengo mis dudas, -perdónenme Señorías-, y pienso que sólo la creación es un buen administrador de justicia, con sus leyes naturales y sus digestos celestiales. En cualquier caso, a mi me lo parece. Creo, además, que es un buen punto de partida para desterrar ofuscaciones absurdas entre desiguales y alentar el entendimiento comprensivo de igual a igual.

Los tiempos mandan también lo suyo. Ciertamente hemos tenido que adaptarnos y adoptar cambios imprevisibles, puesto que las transformaciones sociales se suceden a velocidad de vértigo. Lo último, es la legión de obsesos por la perfección. Se ha puesto de moda, y de qué modo, don Perfecto y doña Perfecta. El casorio es una bomba. Les posee la obsesión de tener también un niño perfecto ¿Qué sucederá si no lo tienen? Como son personas, ambos, muy uniformados en ideas fijas (en el pensamiento de la cultura de la muerte) e informados (en aquello que no es útil, no interesa), saben que no es tan difícil la eliminación de bebés no nacidos con problemas de salud. Olvidan que la vida humana se desarrolla dentro de una continuidad fundamental. Debieran saber estos ciegos de alma que, verso a verso, florece el poema. O sea, la vida. El embrión no es un mero agregado de células vivas, sino la primera estrofa de la existencia de un ser humano.

Prosigamos en este cruel mundo de paranoias y chifladuras. De momento, también estamos bien servidos de corazones rotos por la epidémica obsesión a la esbeltez. Las nuevas máquinas de la belleza son capaces de eliminar la grasa, acabar con las arrugas y las manchas de la piel, incrementar el tono muscular, borrar la celulitis y modelar la figura sin apenas esfuerzo alguno; anuncio que me asalta –con plena terquedad hacia las pupilas interiores- en doquier esquina. El afán de riquezas es otra de las obsesiones. Quien pudiendo enriquecerse, aunque sea ilícitamente, no lo hace, es considerado más bien tonto. Diríamos que el hombre honesto es cada vez más anormal. Sólo hay que zambullirse en las noticias diarias y ver lo escandalosamente contaminados que se encuentran determinados gobiernos. Algunos territorios de la patria mía supera la tropa de vividores de guante sucio el mugriento cauce de nuestros propios ríos, que ya es decir.

Por desgracia aumentan las obsesiones carentes de sentido y nada consecuentes con la vida que nos merecemos vivirla por el simple hecho de que cualquier persona ha de ser inicio, lo primario y lo primero, el centro y fin del orden social. No pocos animales domésticos viven con más comodidades que muchas personas. Algo tremendo en un mundo en el que todavía se mueren de hambre niños y mayores. A veces nos llueven ideas que son una auténtica tortura, (del tipo fíjese en esta mascota como compañera de viaje, leo en anuncios por palabras repetitivamente), interrumpiendo el curso de los pensamientos, como queriendo suplantar voluntades. Lo malo es que todo se contagia. Leopoldo de Luís así lo advierte con estos versos: “Nada se mueve nunca, ni la hoja/ de un árbol sin la expresa voluntad/ del cosmos conmovido y simultáneo/ y se prolonga en sucesivas ondas/ hasta herirnos de pronto en nuestra casa”.

Nuestra casa en la que habita la familia humana, en la que ha de cultivarse un rostro humano sobre todo lo demás, está más que herida por tantas obsesiones de tercos empeñados en hacernos la vida imposible. En realidad todos estamos muy cerca de todos. Y sin embargo, muy distantes en corazón. Haber si ese Árbol del Milenio, que con tantos metros de altura y millones de luces aspira a ser el mayor adorno navideño de Europa, instalado en la lisboeta Plaza del Comercio, nos puede enternecer un poco y estremecer un mucho. Razón tiene José Antonio Marina en afirmar que “la globalización está provocando un obsesivo afán de identidad, que va a provocar muchos enfrentamientos. Nuestras cabezas se mundializan, pero nuestros corazones se localizan”. Las pugnas ahí están. Si del fanatismo a la barbarie sólo media un paso; de la alucinación al capricho, la obsesión maligna se sirve en bandeja. Por eso, habría que parar esta zozobra diaria con buenas dosis de serenidad, ecuanimidad y sensatez.

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