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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Fisgones en la atalaya

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 21 de noviembre de 2005, 02:59 h (CET)
En la zona levantina abundan las atalayas. La práctica totalidad de los castillos estaban dispuestos para visualizar los territorios circundantes, las andanzas de moros y cristianos. No se quedan ahí estos lugares de observación, la disparidad es grande, pasos fronterizos, puestos de montaña, vías estratégicas de comunicación, cibernética a todo tren, y hasta la ventana de cualquier vecino sirve muy bien para estos menesteres.

El arte de escudriñar se llevó siempre en los genes, por motivos variopintos, por guerras, y está a la vista que también por puro gusto. Qué me dicen sino del "hallazgo" de los papeles de Granada referentes a la desdichada obra de la autopista. Alguien echa unos papeles al contenedor, llamaría la atención que era papel impreso, y al instante, se acerca la requisa vecinal, inquieta por todo lo que sea texto. ¿Ansia lectora? ¿Ciudadanía? ¿Heroicidad? ¿Fisgones entrometidos?

No siempre los fisgones son intervencionistas como el granadino en cuestión. Lo acaba de poner de manifiesto un luctuoso suceso en Costa Rica, muy difundido por los medios debido a sus características. Un joven emigrante nicaragüense penetra en una finca urbana, le asaltan dos perros rotweiler que le van despedazando sin pausa, con el resultado final de una muerte espeluznante. ¿Se encontraba sólo con los perros? ¡Nada de eso! El desastre se pone de manifiesto por la presencia de cámaras, bomberos, algún policía, personas observando y el propio dueño del perro. Este, satisfecho por el comportamiento de los canes, pidiendo que no les disparen... y nadie fue capaz de intervenir !!! ¿Cómo debemos interpretar tales comportamientos? ¿La justificación de los numerosos robos? ¿Cuál es el meollo?

Naguib Mahfuz escribió "Bajo la marquesina", los ciudadanos ubicados en esa parada de autobús observan los sucesivos acontecimientos, captura de un ladrón, choque de automóviles con un muerto, desnudos, camellos, tropas y mucho ajetreo. Mas, impretérritos y cautivados, siguen los avatares sin inmiscuirse, con la comodidad del observatorio. ¿Se tratará del rodaje de una película? ¿Qué nos va en estas lides? Llegan a interpelar al sargento porque no acaban de aclararse, pero al detectar a los espectadores, se sorprende la tropa y acaban friéndoles a tiros. Similar a lo del muchacho referido, los curiosos de la orilla. El espectáculo está servido, qué diremos de los espectadores desde la marquesina, tan similares a los de Costa Rica.

Tenemos todavía en la retina los barrios parisinos en llamas, destrozos sistemáticos, ocultamientos y consignas. Con mucho silencio ciudadano, antes y despues. Informes visuales a toda pantalla llegan a todos los hogares, nadie podrá alegar desconocimiento, pero se observa poco pronunciamiento popular, por el miedo, por la pasividad, por la incompetencia, o por todo junto. Luego escuchamos a Chirac sus grandilocuentes palabras, la discriminación es el mayor veneno para Francia, sugiere apoyo para que se creen grupos de voluntarios para ayudar a los emigrantes a encontrar empleo, sin decirnos donde estaba antes todo ese pensamiento. Una vez más se aprecia el desbordamiento político, signo de su colocación desubicada. ¿Dónde están los ciudadanos? ¿Las medidas y valoraciones de las grandes inteligencias gestoras? Esto suena también a mucha atalaya y poco mono de trabajo real.

En las recientes catástrofes medioambientales hemos podido apreciar amplias zonas asoladas, tanto en el Caribe como asiáticas, donde la pobreza y la imprevisión abocan a grandes tragedias. También ahí llama la atención la voz de algún turista porque no fueran a rescatarle con presteza. Resalta también ese ambiente de observatorio privilegiado, al lado de la tragedia humana, pero decididamente al margen, cómo no les protegerán a ellos de los huracanes. Las declaraciones se quedan muy alicortas, crujen los andamiajes sociales.

El panorama de las atalayas actuales nos plantea varios niveles de implicación, diferentes maneras de acercarse a los problemas.

Experimental. Sufriendo los hechos. La inmediatez y peligro no dejan mucho espacio a calibrar posibilidades; se trata más de escapar o solucionar las emergencias para evitar males mayores. Aquí estaremos ante una actuación con todas sus consecuencias; eso mismo señala el momento como poco propicio para grandes razonamientos.

Racional. Requiere un cierto distanciamiento sin llegar a difuminar lo sucedido. Ha de utilizar las previsiones, estudios, recursos, en aras de mejorar las circunstancias. La forma de pensar ha de estar proyectada sobre el problema en sí, no sobre campañas, propagandas u olvidos muy al uso.

Indolencia. En una lasitud permisiva, que no inocencia, ni tampoco virtud. Se pierde hasta la noción de cualidades.

Expectación. Aburridos, inquietos o indolentes, pero nada más que mirones. No será fácil la distinción entre lo que se ofrece a la vista y el concepto de espectáculo. Son realidades muy externas y lejanas.

Entre esos niveles de observación u otros que puedan añadirse, mientras tanto, puede suceder que nos caigamos de la atalaya, que nos quiten del entorno porque estorbamos la visión, o quedarnos resecos como momias. A este paso nos van a caer los ladrillos, uno a uno, como a la esfinge egipcia; con la diferencia de ser más precarios en la duración, habrá que dudar de nuestros valores.

¿Qué hacemos desde las atalayas? Una cosa es otear, otra criticar y queda para la discusión el posible significado de la implicación. Acaso se trate anécdotas intrascendentes.

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