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20-N, del dolor a la esperanza

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 21 de noviembre de 2005, 02:59 h (CET)
Llevábamos semanas acostándonos con la escucha del último parte médico y lo primero que hacíamos al levantarnos era poner la radio con la esperanza de que tan sólo emitieran música clásica. Esa sería la señal de la muerte del viejo dictador. Nunca la salud de un hombre había preocupado tanto a un país. Con la lectura y escucha de aquellos partes médicos, firmados siempre por el “equipo médico habitual”, aprendimos muchos términos médicos, entre ellos llamar poéticamente a la vulgar mierda como “heces en forma de melena”, o bien metáforas como “insuficiencia coronaria aguda” para disfrazar ante la opinión pública que “el comandantín” había sufrido un infarto de miocardio. Alguien como él, tan cercano a Dios que entraba en las iglesias bajo palio, no podía sufrir afecciones de salud tan normales como el resto de la población. Por fin, un jueves, el 20-N, mientras las radios y la única televisión que entonces había en España comenzaban a emitir música clásica y panegíricos del general que se sublevó contra la República muchos, con una sonrisa disimulada, comenzamos a ver como se abrían tímidamente las puertas de la libertad entre taponazos de cava, al que entonces todavía llamábamos champaña.

Aquella fecha coincidía con otro 20-N. En otro Noviembre y en ese mismo día había sido fusilado en la cárcel de Alicante el jefe de los fascistas españoles. José Antonio Primo de Rivera, un típico señorito andaluz, con su muerte pasó a ser “El Ausente” presidiendo su foto, con su pelo engominado, las aulas de todos los colegios españoles durante casi cuarenta años. El crucifijo y a su lado las fotos del General rebelde y el fascista fusilado eran lo primero que veíamos los niños de la posguerra al entrar a nuestras clases y a su Régimen rendíamos pleitesía cada mañana brazo en alto. Esta coincidencia hizo pensar a muchos que se había alargado la vida de Franco para hacerle morir el mismo día que José Antonio, de quien tanto provecho sacó. Pero la verdad es que los prebostes franquistas conchabados con una parte de la familia querían a toda costa que Franco viviera hasta el 26 de Noviembre ya que ese día tenía que renovar su cargo de Presidente de las Cortes Alejandro Rodríguez de Valcárcel y con este personaje al frente de la institución la continuidad del régimen franquista estaba garantizada. Pero les salió mal la operación.

Cuando murió el dictador yo todavía no había cumplido los treinta años, pero a mi generación nos quitó muchas cosas. En la guerra y la sangrienta posguerra nos quitó a familiares a los que no llegamos a conocer, nos hizo vivir una niñez de privaciones y silencios en casa donde el miedo y el luto por los muertos se había instalado para durar muchos años- mi abuela nunca se lo quitó en recuerdo del marido y el hijo muertos-, nuestra adolescencia fue la de unos adolescentes que descubrimos el sexo con la losa sepulcral del pecado planeando sobre nuestras cabezas y en nuestra juventud volvimos a sentir el miedo y las porras de los “grises” cuando, rebeldes que éramos, consideramos que la España en la que vivíamos no nos gustaba y quisimos cambiarla. Noches sin dormir esperando que la policía viniera en cualquier momento a por nosotros, el miedo a la tortura en las comisarías e incluso a la muerte por algún disparo descontrolado, no poder leer los libros que nos hubiera gustado ojear, ni ver las películas que el resto de europeos veía en libertad y tener que refugiarnos en la última fila de los cines- “la de los mancos”- para poder besar en la oscuridad a alguna muchacha.

A pesar de algunos intentos de atentado Franco murió en la cama. Tenía “baraka” como decían las tropas moras a sus ordenes. Pero contra la ley del paso del tiempo la “baraka” no le sirvió de nada. Tuvo una muerte cruel, como cruel había sido él hasta el fin de sus días. No olvidemos que unos días antes de caer enfermo había firmado cinco condenas de muerte, desoyendo al Papa que en varias ocasiones solicitó el perdón para los cinco jóvenes que acabarían fusilados. De nada le sirvieron tantos médicos rodeando su lecho de muerte, ni el dar ridículos paseos por los pasillos del Pardo al ritmo de himnos legionarios. No le dejaron ni morir en su casa- El Pardo- como a él le hubiera gustado y murió martirizado rodeado de aparatos con los que algunos, interesadamente, intentaron alargar su vida para seguir gozando de las prebendas propias de un régimen dictatorial y corrupto.

Aquel 20-N de hace treinta años murió Franco, pero el franquismo y la extrema derecha todavía están entre nosotros, el Sr. Fraga Iribarne, ministro muchos años de Franco, es hoy Presidente de Honor del Partido Popular y todavía se atreve a decir que Franco no fue un dictador mientras en su partido se va dando calor al huevo de la serpiente de la extrema derecha. Un líder de la extrema derecha declaraba hace unas horas en la televisión que todos ellos votan al voto útil del PP pero que ya está cercana la hora de que surja aquí algún que otro “Le Pen”. Para ellos el 20-N es un día de dolor, para muchos españoles aquel 20-N de hace treinta años supuso una puerta abierta a la esperanza, aunque ésta no llegó como la esperábamos.

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