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Utilidad o daño a la inmigración

Vasili Zubkov
Redacción
domingo, 20 de noviembre de 2005, 06:49 h (CET)
Los últimos acontecimientos relacionados con las movilizaciones de inmigrantes en algunos países de Europa Occidental han aumentado mucho el interés en el seno de la sociedad rusa por el tema de los trabajadores inmigrados. ¿Es posible que en Rusia surjan disturbios nocturnos parecidos a los de París? Según algunos estimados, el número de los inmigrados en Rusia puede sobrepasar 12-15 millones, aparte de que los que tienen un estatuto legal no pasan de medio millón.

El Servicio Federal de Migraciones de la Federación Rusa recientemente ha introducido en la legislación migratoria una serie de enmiendas relativas, en primer lugar, al problema de agilizar el procedimiento de obtención del permiso de trabajar en Rusia. En segundo lugar, con el fin de lograr que el procedimiento de inscripción para los extranjeros deje de ser autorización permisiva para convertirse en la notificativa con la perspectiva de lograr legalización total de todos los inmigrados ilegales mediante una clase de amnistía desde 2006. El texto de las enmiendas ya ha sido presentado al Gobierno, y la Duma de Estado puede aprobar este nuevo proyecto de ley ya a principios del año que viene. Sin tener en cuenta las emociones que sienten los naturales de Rusia, siendo de notar que estas emociones ya son desbordantes, teniendo por fondo los incendios de París, intentaremos destacar los componentes meramente económicos de las innovaciones concebidas en el campo de la política migratoria.

Los sondeos de opinión y los debates en la televisión muestran que no todos los ciudadanos de Rusia mantienen actitud igual ante esta solución del problema de la mano de obra extranjera. Según muestran los recientes sondeos de opinión, la mayoría de los rusos espera que las autoridades limiten la afluencia de los inmigrantes.

Según los datos aportados por la fundación de estudio de la opinión pública “Levada-centro”, el 59 % de los rusos se han manifestado a favor. Hace un año, este criterio sostenía sólo el 54%, y en 2002, el 45%. Solamente el 22% de los ciudadanos de Rusia proponen remover las barreras administrativas que limitan la afluencia de trabajadores inmigrados. La peor actitud que los rusos mantienen es respecto a los inmigrantes procedentes del Cáucaso (50% de los encuestados). En el segundo lugar de esta lista figuran los chinos (46%), a los que siguen los vietnamitas (42%) y las personas procedentes del Asia Central (31%).

Los inmigrados ilegales se llevan anualmente del país hasta $15 mil millones. En 2003, debido al impago de impuestos por parte de los trabajadores extranjeros ilegales, los presupuestos de las entidades federadas de Rusia dejaron de obtener hasta $2 mil millones.

En Rusia ha surgido incluso el término “etnoeconomía”. Es cuando ciertas diásporas étnicas de entre inmigrados llegan a controlar determinados sectores importantes de la economía de las regiones. Así, en Moscú y otras varias ciudades populosas, todos los centros de abasto de hortalizas pertenecen solamente a los azerbayanos. Los granjeros de la provincia de Moscú han sido prácticamente desplazados desde la capital, y los campesinos se ven obligados a vender sus productos a precios ínfimos que les imponen los dueños de la rama. La capital rusa es la única megápolis del mundo, donde por falta de la competencia, el precio de las hortalizas en los supermercados de lujo y en los mercados medianos es prácticamente igual. A propósito sea dicho, según datos oficiales, en Moscú viven 30 mil azerbayanos, pero según la información de la policía, un millón y medio.

La población activa en Rusia disminuye cada año. El informe presentado por el Banco Mundial y dedicado a la economía de Rusia presenta datos de que Rusia ocupa el penúltimo lugar en el mundo por el índice de crecimiento demográfico (0,6 %), más bajo que en la vecina Ucrania (0,8 %). Los demógrafos están seguros de que hacia mediados del siglo XXI, la población de Rusia quedará reducida de los actuales 144 millones a 119 millones (en el 17%). Si bien hay cálculos de la ONU que son aún más pesimistas: que la reducción demográfica puede ser aún más grave: a 112 millones de personas. Esta es la razón por la cual sin afluencia constante de la mano de obra extranjera el país no podrá lograr un crecimiento económico estable. La Europa envejeciente ya ha pasado por esto.

La idea de traer a inmigrados no es nueva, pues ya a comienzos del siglo XX el académico Vladimir Obruchev (el autor de la novela popular “La Tierra de Sannikov”) escribía que para explotar por lo menos la mitad de las incalculables riquezas de Siberia y el Norte del Imperio Ruso se necesitaban decenas de millones de trabajadores adicionales.

Mas, ¿por qué frente a este evidente panorama poco optimista en cuanto a los recursos laborales la mayoría de los rusos, bastante tolerante respecto a los extranjeros, comienza a tratar con tanta aversión y sospecha a los trabajadores inmigrados?

Sin tener nada en contra de los musulmanes de Rusia – los tártaros, bashkirios y otros pueblos que durante siglos han vivido formando núcleos compactos en el territorio del país - , los rusos ortodoxos no dejan de notar que los inmigrados procedentes del Cáucaso del Norte y los países de Transcaucasia y el Asia Central, donde se profesa el islam, se agrupan activamente, formando comunidades religiosas en zonas pobladas desde antiguo por los rusos.

Por ejemplo, incluso en la norteña república de Karelia hoy día ya funciona la Dirección Religiosa de los Musulmanes, al frente de la cual está el muftí jeque Visam Ali Bardwil que procede de un país extranjero. Esta república tiene una considerable diáspora de chechenos que en los últimos 15 años ha aumentado en 5 veces. Durante este período, los armenios y los azerbayanos aumentaron allí en tres veces, mientras que los lesguinos, los abaros y los georgianos, en 1,5-2 veces. Como es ya tradicional, la parte importante del comercio de mercado cayó bajo el control de los inmigrados. Y eso que se trata de una zona del norte con un clima severo.

Veamos qué ocurre en las regiones de Stavropol y de Krasnodar con sus tierras ubérrimas. A la primera se han trasladado desde países de la CEI y del Cáucaso del Norte ya más de 600 mil personas, y a la segunda, cerca de un millón. En la provincia de Rostov, situada en el Sur de Rusia, ya se han asentado más de 150 mil personas entre armenios, azerbayanos, chechenos, abjasios, georgianos y otros.

Según ha explicado recientemente a la prensa Viacheslav Postavnin, jefe de la Dirección de la Migración Laboral Externa del Servicio Federal de Migraciones (SFM), para compensar parcialmente la disminución natural de la población rusa es necesario traer legalmente todos los años al país hasta un millón de inmigrados en edades aptas para el trabajo. Pero en seguida surge este problema: ¿qué hacer con los 10 millones de extranjeros que sobran? ¿Legalizar a todos que ya han entrado en Rusia de una forma u otra?

¿Qué beneficio le aportará a Rusia la nueva política migratoria? Según los cálculos realizados por el SFM, solamente el cobro de gravámenes oficiales aportará $500 millones al año. Pero es un monto casi equivalente a la suma que se llevan en sus bolsillos solamente los inmigrados de Tayikistán. Y a una quinta parte de lo ganado por los mercaderes azerbayanos. Quedan todavía millones de ucranianos y moldavos, georgianos y uzbekos, chinos y vietnamitas. Sólo una pequeña parte de ellos participa en la producción industrial (13%), trabaja en el sector del transporte (2,4%) y el agrario (7,4%). La mayoría se ocupa en la construcción de casas privadas, el comercio al por menor y en la producción clandestina de artículos de amplio consumo de mala calidad, así como en los servicios públicos.

¿Podrán las autoridades, incluso habiendo legalizado a los obreros extranjeros, cobrarles a ellos y a los que los emplean, todos los impuestos y derechos que corresponden, aun si los ingresos de una parte importante de los rusos todavía se ocultan de las autoridades? A nuestro modo de ver, el país se verá beneficiado únicamente cuando la mayoría de los obreros extranjeros lleguen a invitación del Estado y trabajen para el bien de toda la sociedad, creando un producto de utilidad social. Solamente entonces será posible que estos trabajadores perciban un sueldo adecuado, gocen de la asistencia social y haya pleno control del trabajo de los inmigrados.

Esto es tanto más evidente que el Estado ha tenido durante muchos años un probado sistema de empleo laboral de obreros para trabajar en el Norte, las remotas zonas de Siberia y el Extremo Oriente y en grandes centros industriales. Sólo que hoy día es preciso abrir estas oficinas para el empleo de la mano de obra calificada en el extranjero, concretamente en aquellas regiones de donde viene el mayor flujo de trabajadores inmigrados, a saber: Ucrania Oriental, Crimea, Moldavia, los países del Asia Central. Se debe abrirlas a base de convenios interestatales e interregionales, de la cooperación entre los órganos de poder estatal, de administración local y de empresa privada.

Según estima el diputado del consejo municipal de Moscú, Mijaíl Moskvin-Tarkhanov, cada nuevo trabajador extranjero contratado por el Estado, debe obtener visado laboral, permiso de residencia, firmar el contrato con el empleador, someterse a chequeo médico, formalizar el seguro e inscribirse en la lista de contribuyentes. Debe quedar deportado inmediatamente a su patria por cualquier infracción de la legislación rusa. Desde luego que se dará preferencia a las personas que tengan oficios reclamados en Rusia. Toda actividad empresarial de los extranjeros que han llegado de acuerdo con los visados de trabajo debe prohibirse, piensa el diputado de Moscú.

Si Rusia no puede prescindir de obreros extranjeros, es necesario hacer que la migración sea controlada y transparente, y las decisiones globales en este campo deben tomarse en concordancia con la opinión pública. Solamente entonces la utilidad será mutua tanto para los rusos como para los inmigrados.

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Vasili Zubkov es comentarista de RIA "Novosti".

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