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Etiquetas:   A sangre fría   -   Sección:   Opinión

Y el Caudillo ató al Borbón

Jesús Nieto Jurado

sábado, 19 de noviembre de 2005, 03:03 h (CET)
Caemos con una frecuencia insultante en la estupidez pública, en el debate absurdo y apasionado sobre lo intranscendente de nuestro presente. Tal es el caso, que los hechos más sencillos y desiguales que nos rodean pasan desapercibidos a nuestros ojos, convirtiendo en quien niega el estado actual de las cosas en un terrorista.

Esta perturbación mental, producto de la preeminencia de lo inmediato en el acceso al conocimiento del mundo, se relaciona estrechamente con la perniciosa idea de lo “políticamente correcto”, concepción bajo la que la parasitaria clase política equilibra el cosmos según sus intereses de inmovilidad y conformismo.

De otra razón, sería incomprensible que el ciudadano, con todas las connotaciones de responsabilidad, civismo y participación adyacentes a este concepto, no enjuiciara con determinación el anacronismo más sangrante de nuestra España: la monarquía.

Simplemente, con el auxilio de la etimología podíamos demostrar los garrafales errores macro políticos que embargan al despreocupado súbdito: Epítetos como Juan Carlos el rey de la democracia, no hacen que perpetuar el más flagrante sistema de desigualdad social encarnado en la tradición regia. Asunto el de la monarquía, para el cuál, eso sí, el melón de la Constitución se abre sin problemas, ante la frustración de quienes, todavía, no reciben el amparo de ese texto tan “consensuado” por y para la convivencia.

La monarquía, a todos los niveles, es total y violentamente incompatible con la democracia, o si se prefiere, afirmar que la sola existencia de la casa real debería echar por alto toda alternativa democrática que se precie, adquiere hoy día toda la fuerza de la verdad.

La perpetuidad de la realeza en España, proyecta con claridad manifiesta la irresponsabilidad y el analfabetismo político del pueblo español, que tras cuarenta años de franquismo continúa necesitando una figura patriarcal que rija la unidad de destino y la de la patria: La corona símbolo de la indisoluble unidad de la nación.

Frente a esto la alternativa republicana destaca como la más profunda vía de regeneración democrática. Proyecto que adquiere visos de entelequia, siempre que desde las peluquerías el pueblo siga aclamando al Borbón, que ajeno a toda crítica a su regencia celebrará con el auspicio del PSOE los treinta años de su reinado, aquel que el Caudillo de ultratumba, desde sus movidos pedestales de hoy se vanagloria en tener atado y bien atado.

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