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Televisión y Medios

Etiquetas:   Crítica de televisión   -   Sección:   Televisión y Medios

El bizcocho de Gran Hermano

Hannah Sanel
Redacción
jueves, 16 de marzo de 2006, 14:14 h (CET)
La dirección del programa de Gran Hermano toma la decisión de expulsar a Inma por dar un empujón y amenazar a Dyron, reacción física y verbal que tiene la rubia dentro de una de las muchas trifulcas producidas en la casa.

Para hacer pública la expulsión, los chicos son reunidos en la sala de confesiones. La voz del “Súper” se desparrama por la habitación, ante las expresiones de pasmo y caras de circunstancia. Sin embargo, la todopoderosa voz deja en manos de los habitantes de la casa la posibilidad de que la expulsada no la abandone hasta el jueves, día en el que el público se expresa a través de sus votaciones, como ocurre habitualmente. Desenlace: Inma sigue en la casa. Sus compañeros deciden que no representa un peligro para ellos y que puede permanecer.

Nadie en su sano juicio osaría negar la violencia de la escena del empujón ni la evidente amenaza que encierra la frase al estilo de “ya te espera mi novio en la calle y te va a partir la cara”. Sin embargo, esa no ha sido la escena de mayor violencia en la casa sino una de tantas.

Es algo patente que los resúmenes –un trabajo de montaje y edición de imágenes- priman los enfados, las discusiones, las palabras y las actitudes caracterizadas por la agresividad. Lo vienen haciendo sin contemplaciones y de forma sistemática desde la primera entrega del programa, hace más de un lustro. También es fácil darse cuenta de que su mecánica gira alrededor de poner a los concursantes en situación de falta de recursos básicos. Todas ellas son circunstancias que convierten en contradictorio el hecho de expulsar –y luego, sólo paradójicamente, no expulsar- a un concursante por una actuación agresiva. Por otro lado, resulta doblemente contradictorio dar vueltas de tuerca a los límites de los recursos de supervivencia y a la vez estimar como responsabilidad estrictamente personal un empujón o una amenaza, pretendiendo desvincularse de esa reacción violenta con la expulsión. Una decisión que, mire usted por donde, deriva en el resultado opuesto: seguir en la casa la concursante que, no casualmente, más escenas –en su mayoría de corte agresivo- está dando al programa.

Echar la vista atrás nos alerta de las peculiaridades de esta séptima edición. El programa no puede fallar, no puede permitirse bajas audiencias, caer en lo anodino de toda realidad doméstica. Agitar al personal, ponerlo al límite, resulta el mejor conjuro contra ese peligro. Pero para que funcione ha de hacerse de forma disimulada, sin dejar de sorprender en todo momento a una ya resabiada y cada vez más difícil audiencia.

Los chicos de las últimas ediciones, suele decirse, son casi concursantes profesionales. Pero, igualmente, -tema sobre el que nunca se debate, sin embargo- el equipo de detrás de las cámaras también ha aprendido mucho. Sobre todo a adaptarse a un nuevo contexto caracterizado por el “dejà vu”, tras media docena de ediciones emitidas en menos de seis años consecutivos, amén de las ediciones VIP y otros programas similares.

La regla de oro consiste en que la audiencia no perciba la manipulación. Bajo la apariencia inofensiva de las pruebas semanales hay un forzar a los roces más agrios de toda convivencia; bajo un diseño arquitectónico y decoración de lujo hay una estudiada distribución de los espacios con ausencia de lugares privados y hacinamiento de todas las camas en dos únicas habitaciones. Detrás de la elección de unos u otros perfiles de concursantes se esconde una predicción de reacciones según las teorías de dinámica de grupos, adecuada al espectáculo televisivo que se persigue.

No es necesario ser un lince para darse cuenta de que se trata de un espectáculo basado en la interacción violenta, o también sexual, incluso amorosa.

Un espectáculo mass-media no se detiene en más detalles. Un dibujo grueso y vistoso logra altos niveles de audiencia. ¿Para qué, entonces, buscar otro tipo de personas –menos telegénicas o más interesantes intelectualmente- si el efecto de gran impacto ya lo brinda el cóctel servido?. No merece la pena cualquier otra cosa que no ofrezca las mismas garantías. Sería un riesgo innecesario. Resulta más rentable la fórmula del campanazo, de la trifulca diaria, de los odios viscerales, de los encontronazos, de los silencios tensos.

Con tan concienzudos castings, los enfrentamientos entre personalidades incompatibles están asegurados. La sala de confesiones hace la función de válvula de escape en la que expresar la tensión inducida a golpe de diseño milimetrado por un equipo de expertos en psicología, seguramente especializados en el sector de la reacción humana ante situaciones límite por carencia de recursos de diferente índole.

Es evidente que se explota el hecho evolutivo relativo a la superación humana del hambre –contemplado al margen de circunstancias geopolíticas-, las adversidades climatológicas, pero todavía no de la convivencia. Sigue siendo ésta la gran tarea pendiente, distorsión evolutiva que aprovechan en esta casa, a través de medidas como las de cortar el agua caliente, ajustar el presupuesto de alimentos y tabaco, etc.. Los concursantes están constantemente sometidos a una cascada de elecciones, dilemas y secuelas de continuas disonancias cognitivas. Se persigue, en fin, unir en endémico problema humano de la convivencia, con el de la falta de recursos básicos, como la comida (hambre) o la falta de calefacción (adversidades climatológicas). Una fórmula infalible que hará estallar a éste o a aquél concursante, o a todos a distintos niveles. Se logra un desequilibrio psicológico general, un clima enrarecido, el caldo de cultivo idóneo para que germinen las escenas más sabrosas, aliñadas con el vinagre de los problemas de la convivencia a primera vista producidos espontáneamente.

La vida se transmite en directo, pero una vida que no ofrece las escapatorias de la vida. Una vida aparentemente normal, de chicos jóvenes, modernos, todavía inmersos en esa necesidad de interacción con sus iguales para el tránsito a la vida adulta. Pero las apariencias, en esta casa, engañan.

Además de las cámaras y el aislamiento, además de la voz del “Súper” como única estrella en la noche cerrada, en esta edición todo son sorpresas o, lo que es lo mismo, nada es lo que parece. Es justamente una manera de acabar con la única referencia segura del exterior. La estrella del Norte, la voz del “Súper”, ahora tintinea, a veces es puro espejismo y otras dice lo que luego desdice. Cambio éste capital, que se camufla bajo el disfraz de bromas, chantajes de silencio y mentiras intempestivas. Una patente de corso para hacer y deshacer a placer las normas del concurso. Sencillamente, un modo de desestabilizar todavía más a los concursantes. Son las sensaciones al límite, las reacciones al límite las que venden. Y eso se busca denodadamente.

Las novedades en el sistema de votaciones permiten tener voz y voto a los televidentes que quieren retener a los concursantes más activos. Ahora no se prima a los que pasan desapercibidos. Y el resultado no es otro que el de dar alas a los concursantes polémicos y no premiar tanto al modosito, ese sujeto tan poco rentable.

En la trastienda, en la cocina del programa, en cada uno de los aspectos –desde el diseño arquitectónico, hasta las pruebas, en cada una de las normas de la casa, en el sistema de votaciones, etc.- está la clave de muchas de las reacciones y clima general violento imperante. Justo detrás de las cámaras. Justo donde nunca enfoca el famoso ojo del Gran Hermano.
El ojo del Gran Hermano orwelliano regía en un mundo infeliz. Un mundo sin paredes ni libertades, donde nadie podía desarrollar su verdadera personalidad, esclavos todos de un poder sin manos ni rostro, intangible pero todopoderoso, castrante, controlador de hasta los más nimios pensamientos. Y que se hacía sentir a través de un ojo siempre abierto. Un nombre muy elocuente para este programa.

Cada uno de los concursantes es responsable de su comportamiento, nadie lo niega. Aunque, en este caso, conviene no olvidar la frase más conocida de Ortega y Gasset –yo soy yo y...- si se pretende resolver el enigma de por qué la sopa bulle también una vez servida en el plato.

Especialmente cuando los cocineros del programa pretenden hacernos creer que el bizcocho sube sin levadura.

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