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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Sostenibilidad

Octavi Pereña i Cortina
Octavi Pereña
jueves, 17 de noviembre de 2005, 00:53 h (CET)
La Biblia comienza con esta sorprendente declaración que no da lugar a dudas: "En el principio Dios creó el cielo y la tierra". Para muchos esta afirmación poco les importa porque la consideran una manera de decir del misterio que envuelve el origen del mundo material. Para los deistas, que creen que Dios ha creado todo lo que se contempla con los ojos, pero que niegan que haya realizado declaración alguna con la finalidad de que el hombre sepa algo sobre Él, creen que realizado el esfuerzo creador, Dios se tumbó en una hamaca saboreando ociosamente un granizado de limón, olvidándose por completo de lo que había terminado de hacer. Las Escrituras cristianas no dan pié a sostener semejante pensamiento ya que en diversos pasajes dejan bien claro que conserva su obra con el poder de su brazo, manera de decir simbólica de que mantiene activas, lo que nosotros llamamos leyes de la naturaleza.

La conservación de la creación y de todo lo que hay en ella no depende
exclusivamente de Dios. Al hombre, creado a su imagen en la persona de
Adán y de su mujer Eva le ordena: "Fructificad y multiplicaos, llenad
la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de
los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra"
(Génesis,1:28). El dominio que el hombre debe ejercer sobre la creación
divina no tendría efectos negativos si no se hubiese rendido a la
insinuación perversa de la serpiente que los engañó para que
desobedecieran el mandamiento del Creador que les prohibía comer el
fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Debido a esta
transgresión, el paraíso terrenal se convierte en un campo que debe
cultivarse con esfuerzo agobiante y ríos de sudor viscoso, para
conservar su fertilidad.
Ante las dificultades evidentes que se presentan en el ejercicio de
progresar en el dominio de la creación, no se debe lanzar la toalla,
indicando derrota. El Señor, dirigiéndose a nosotros en un lenguaje
sencillo, infantil si se quiere, da a la criatura humana instrucciones
claras para conseguir lo que hoy se llama sostenibilidad. No da
instrucciones de carácter científico porque el primer destinatario de
sus normas era un pueblo agrícola y ganadero. Hablando en un lenguaje
comprensible según las características de aquella gente, los principios
de sostenibilidad que les da pueden aplicarse perfectamente a nuestro
mundo científico que se ha vuelto tan complejo: "Cuando encuentres por
el camino algún nido de ave en cualquier árbol, o sobre la tierra, con
pollos o huevos, y la madre echada sobre los pollos o sobre los huevos,
no tomarás la madre con los hijos. Dejarás ir a la madre y tomarás los
pollos para ti, para que te vaya bien, y prolongues tus días"
(Deuteronomio,22:6,7). De haberse tenido en cuenta esta orden tan
simple no tendríamos que soportar los graves problemas medioambientales
que nos afectan tan dramáticamente.
El texto citado de la Biblia nos viene a decir: "vive de manera que las
otras especies animales y vegetales no desaparezcan de sobre la capa de
la Tierra. Piensa que todas ellas te son necesarias para tu
supervivencia. Compórtate de una manera sostenible. Limítate a coger lo
que realmente necesitas". La codicia humana ha conseguido hacer
desaparecer infinidad de especies útiles. Con la tala indiscriminada de
los bosques se ha provocado una deforestación que ocasiona la erosión
del suelo fértil convirtiéndolo en desierto infértil. La ausencia de
vegetación que mantiene unido el terreno, con la llegada de las
lluvias se presentan las inundaciones que tantos estragos ocasionan,
arrasando vastos territorios y provocando hambruna, enfermedades y
miseria entre sus pobladores. La moderna tecnología pesquera lo arrasa
todo, impidiendo la reproducción de las especies marinas y provocando
escasez de unos alimentos tan necesarios para la salud física de los
hombres.
Las consecuencias de esta manera de dominar y someter a la creación las
sufrimos en nuestra propia carne. Las prohibiciones de Dios no son para
hacernos la puñeta sino para hacernos felices y gozar de una larga vida.

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