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Tashkent, a favor de la alianza con Moscú

Alexey Makarkin
Redacción
jueves, 17 de noviembre de 2005, 00:53 h (CET)
La firma del tratado entre Vladimir Putin e Islam Karimov sobre las relaciones de aliado entre Rusia y Uzbekistán no se acoge como una sensación. A lo largo de los últimos meses las partes venían acercándose una a otra de modo consecuente, al propio tiempo aumentaban vertiginosamente las contradicciones entre Uzbekistán y Occidente: los acontecimientos que tuvieron lugar en Andijan sólo marcaron el apogeo de este proceso. Occidente crítica enérgicamente a Tashkent, acusándolo de estar violando derechos humanos. A su vez, a Rusia le interesa más mantener cooperación pragmática con un país que hace un tiempo formaba parte de la URSS.

Desde ahora Uzbekistán, además de ser, junto con Rusia, miembro de la CEI (como lo son también Ucrania o Georgia), será un aliado de Rusia. Tal desarrollo de acontecimientos contribuye a fortalecer nuestras posiciones en Asia Central. Conviene hacer recordar que Kazajstán, Kirguizia y Tayikistán ya forman parte de la prorrusa Organización del Tratado de Seguridad Colectiva. Actualmente, la única excepción es Turkmenia que aplica premeditadamente la política de autarquía. Según dijo Karimov, se trata de una región en que nadie puede ni podrá nunca poner en tela de juicio la presencia de Rusia. Durante su visita a Moscú el presidente uzbeco también ha recalcado que su país está interesado en establecer cooperación con la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva. Por lo que no está excluida la posibilidad de que las relaciones de aliado entre Moscú y Tashkent adquieran una nueva institucionalización.

Conviene señalar otras dos circunstancias relacionadas con la firma del tratado. Primero, el documento les permite a los países signatarios utilizar los objetivos militares de la otra parte “con el fin de garantizar la seguridad y mantener la paz y la estabilidad”, firmando los respectivos convenios. A raíz de este postulado ha surgido la versión de que el tratado firmado estipula crear una base militar rusa en territorio uzbeco. Pero en realidad no se trata de crear una base sino de tener una posibilidad teórica para hacerlo en un futuro. Por algo un alto funcionario ruso dijo que “el problema de emplazamiento de una base militar rusa en Uzbekistán no figura en el orden del día”. O sea que Rusia no quiere emprender nada que pueda irritarle a EEUU que actualmente está retirando su base de Hanabad: es comprensible que los estadounidenses acogerían muy negativamente la instalación en Uzbekistán de un objetivo militar ruso. Pero al propio tiempo, Rusia se reserva el derecho a hacerlo en un futuro.

Segundo, antes de partir rumbo a Moscú, Islam Karimov comentó que el tratado estipula, entre otras cosas, concertar un convenio de prestación ayuda mutua en caso de ser agredida una de las partes. Según Karimov, todos los intentos de realizar cualquier injerencia foránea se considerarán como los apuntados también contra Rusia. “Creo que algunos tendrán que sacar conclusiones partiendo de otras realidades. Amenazando a nosotros, ellos van a amenazar también a Rusia. Nuestra gente comprenderá qué perspectivas se abren con ello”, dijo el presidente uzbeco.

En realidad, todo documento que los Estados firman sobre una alianza militar contiene tales postulados: pues en otro caso se trataría de una carta de intenciones que no obliga a nada. Se comprende que se prevé hacer frente juntos precisamente ante una agresión foránea bien probada. El aplastamiento de los desórdenes internos es prerrogativa del propio país. Por lo cual el tratado no estipula que Rusia pueda verse involucrada en un conflicto de turno como el afgano. Mas ello no excluye, por supuesto, el intercambio de la información sobre el narcotráfico y los radicales islamistas que amenazan a los intereses de ambos Estados.

El tratado de aliados cumple obviamente una misión especial: ha sido concertado en una situación en que Tashkent experimenta fuertes presiones por parte de Occidente, deseoso de convertir en un paria de turno al régimen de Karimov. Conviene hacer recordar que un grupo de congresistas estadounidenses exigió aplicarle sanciones a Uzbekistán y abrir expediente contra Islam Karimov en el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya. Los Gobiernos de los Estados miembros de la UE acaban de prohibir los suministros de armas a Uzbekistán y suspender por una año la entrega de visados a 12 dirigentes uzbecos.

En tal situación, a Tashkent no le queda otra opción que poner miras en la amistad con Moscú, lo que es de vital importancia para Karimov. Por ejemplo, Rusia, como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, puede vetar cualquier resolución que prevea imponerle sanciones a Uzbekistán. Y en cuanto a la reacción negativa de Occidente, ésta no presenta un problema para Rusia actualmente. Primero, los años 90, en que el país dependía de los acreedores occidentales, ya son un pasado. Segundo, existen pretextos aún más sustanciales para “poner a prueba las relaciones” (por ejemplo, las elecciones presidenciales en Bielorrusia que van a celebrarse el año que viene). Y tercero, que es lo más importante, en Occidente también se inclinan al pragmatismo: para muchos políticos occidentales, la cooperación en materia de gas tiene una importancia mucho mayor que los acontecimientos que se desarrollan en la lejana Asia Central.

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Alexey Makarkin es Director General adjunto del Centro de Ingeniería Política, para RIA “Novosti”.

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