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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (X)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
domingo, 25 de diciembre de 2005, 01:35 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado:


Pero Grullo ha expuesto a don Alonso sus argumentos para sostener que nada esencial ha variado a lo largo de los siglos en la gobernación de los pueblos: gobiernan los de arriba, a su gusto y capricho, porque la ley es suya y suya es la Justicia. A cambio, conceden a los de abajo algunas pequeñas mercedes o derechos, para que les resulte más llevadero su sometimiento, aunque también estos derechos, aparte de menores, suelen resultar más bien teóricos. Por su parte, don Quijote recuerda con emoción a su creador, de quien recibió la impronta de un interés por todo lo humano y de un fervoroso amor por la Libertad y la Justicia.)

Capítulo VII

Donde la justicia sigue ausente y los plazos sólo corren para los justiciables

La situación judicial de Soberano don Nadie no mejoraba de manera visible en tanto aguardaba diligentemente las nuevas citaciones del tribunal para que éste efectuara sus vistas y dictase sus providencias; al contrario, poco después empeoró alarmantemente.

Soberano había quedado tan indefenso ante el sistema que había perdido incluso la asistencia letrada, puesto que su abogado, convencido de que un pleito excesivamente largo ya no era rentable para sus intereses y tras haber cometido algunos errores procesales difícilmente sostenibles, decidió abandonar la representación de su cliente, encaminándole hacia otro bufete que en aquellos momentos se encontraba más necesitado de litigios.

Quien ya se sabía simple mercancía de trueque aceptó con resignación otro penoso deambular hacia las antesalas de sus nuevos dueños abogadiles... Pero la sorpresa alcanzó esta vez niveles máximos: los apoderados de su pleito, al estudiar el caso, le advirtieron que éste se hallaba prácticamente perdido, no por impericia o falta de profesionalidad del compañero, claro está, sino porque el enfoque no había sido el más adecuado ni su agilidad la idónea, dadas las circunstancias legales sobrevenidas en el desarrollo de la causa... Por todo lo cual, el bufete no podía hacerse cargo de su defensa, máxime teniendo en cuenta que faltaban algunos documentos esenciales para el entendimiento del pleito y de los pasos dados.

Tampoco se resolvió el problema tornando a pedir cita con el antiguo defensor; éste, en cuanto pudo recibirlo, le aseguró que sus gestiones habían sido las correctas y que los documentos aludidos se hallaban depositados en los diversos y variopintos tribunales por donde había discurrido su caso.

Sólo que desde allí, ya no podían recabarse, puesto que no estaba permitida la salida de documentos oficiales... De cualquier forma, el dueño legal anterior le informó de que él no era competente en la materia, ya que había dirigido al tribunal su renuncia escrita a seguir apoderando a su cliente. Debía buscarse un nuevo valedor, teniendo en cuenta que, desde luego, un ciudadano normal no podía dirigirse personalmente a un tribunal de Justicia, sino que debía encontrarse asistido por Letrado.

Soberano don Nadie cometió entonces el error definitivo... Se atrevió a expresar su disgusto por cuanto estaba ocurriendo ante su dueño inicial, haciéndole notar que su asistencia había sido más bien una propiedad única del pleito, por lo que debía darle otro género de respuestas, en lugar de abandonarle a su suerte...

El abogado, que no se hallaba en su más ético ni complaciente día, le señaló la puerta... Con lo que el soberano teórico del sistema estaba a punto de iniciar su verdadero calvario.

En las semanas siguientes, el peregrinar de Soberano don Nadie por todos los bufetes en donde pudo mendigar una cita se complementó con el conocimiento exhaustivo de las salas de espera de los profesionales aludidos y con la constatación más que evidente de que ninguno quería inmiscuirse en un asunto confuso, donde además comenzaba a sonar mal la labor de un compañero.

Pero el tiempo corría para los mortales... Como ya se acercaba el nuevo emplazamiento fijado por su señoría, el ciudadano don Nadie decidió dirigirse por escrito al tribunal, advirtiéndole de lo que estaba sucediendo en su caso... Indefenso ante su defensor y ante su gremio... Carente de la documentación imprescindible para su pleito y menguado de bolsa desde hacía años...

La respuesta del Juzgado, aunque se hizo esperar, fue tajante: un ciudadano no podía dirigirse a un tribunal, por sí mismo, necesitaba forzosamente asistencia letrada para ello, por lo que se le devolvía el escrito que había hecho llegar irregularmente, sin leerlo.

Pensó el señor don Nadie que, al menos en esta ocasión, reconocían desde el tribunal la falta de lectura de los documentos que aportaba, circunstancia que ya venía sospechando desde antiguo, a tenor de los disparates que habían dictaminado en anteriores autos y sentencias.

En el mismo sentido, se pronunció su esposa, doña Soberanía, para quien la Justicia sólo podía estar compuesta por ineptos y vagos, o por gentes que habían perdido completamente el juicio racional. ¿No habían declarado probados en ocasiones anteriores hechos imposibles de suceder en este planeta y tiempo...? Ello era prueba de su falta de juicio.

Se desesperaba con esto Soberano don Nadie, y advertía a su esposa que, pese a todo, él no podía renunciar a sus derechos, que tan clara y documentadamente le correspondían... Entre estas amarguras e indefensiones, llegaba el plazo previsto por el juzgado para la celebración de la enésima vista del pleito original, por lo que Soberano decidió consultar a su amigo Pero Grullo, para averiguar si había encontrado alguna solución a un asunto tan sin sentido.

Acudieron don Quijote y Pero Grullo a la llamada de su amigo y, según se echaba de ver, el procedimiento judicial conminaba a que Soberano se presentase asistido, porque, de otra forma, se le declararía oficialmente actor en rebeldía, y se proseguiría sin él... O representado o rebelde, no había otra alternativa.

El justiciable podía estar defendido o no defendido, pero nunca indefenso, esto es, desasistido... Ni tampoco podía ser agente obrante de nada; si bien, en el idioma judicial, se le llamaba “el actor”.

De aquí deducía Pero Grullo que explicar a los señores jueces que el derecho de defensa debía comenzar con el derecho a la defensa propia, salvo que se quisiera actores únicamente inertes o inactivos, por algún inconfeso móvil, era otra causa judicial perdida. Pura necedad.

El sistema judicial o era necio desde su fundamento hasta sus supremas cúpulas tutelantes o era un premeditado y alevoso fraude, opinaba Pero Grullo, sin entretenerse en exponer ahora cuál de las dos opciones juzgaba más atinada.

Tampoco le parecía momento de ponerse a analizar por qué el sistema siempre situaba a un representante absoluto, ya político-electoral, ya legal, por encima del representado, cada vez que éste se encontraba a punto de poder hacer algo, por lo que finalmente debía desistir de hacer nada por sí mismo, en la práctica... Aunque, ciertamente, consideraba que era cuestión sobre la que todo el mundo debería reflexionar.

Finalmente, como quiera que el problema urgía, Pero Grullo resolvió que, si todo el conflicto para poder hacer uso de la palabra ante un tribunal de la ley radicaba en la posesión de un título, y no valiendo el de “Soberano del Sistema” ni el de “propietario del pleito”, los cuales ambos los esgrimía su amigo, tal vez la solución válida fuera la siguiente:

–Como sabe perfectamente don Soberano, puesto que me conoce desde antiguo, y algo también le he comentado a voacé, don Alonso, yo, después de monaguillo, no me he detenido ahí, sino que, aprovechando mi tiempo, he cursado estudios de Filosofía y Letras, en cuya disciplina estoy licenciado.

Será buena ocasión de ver, ya que se pide la asistencia de un Letrado, si admite el tribunal mi válida condición académica de Licenciado en Letras, que tal cosa es un Letrado, y no los abogados, que no tienen título universitario que les faculte para considerarse en posesión de tal grado y timbre.

Por no tener, los abogados no tienen ni título académico de esto último, sino solamente el de licenciados en Derecho, por lo que a lo máximo que podrían optar en castellano es a la consideración legal de Derecheros, o bien Derechistas, si prefieren la terminación culta y no la popular –sentenció Pero Grullo–.

Capítulo VIII

Donde la comisión de juristas dictamina si el letrado Pero Grullo es o no abogado

No consiguió Pero Grullo que el tribunal admitiera su válida condición académica de Licenciado en Filosofía y Letras para tenerle por Letrado, a pesar de que su título ya indicaba claramente, bajo palabra escrita del rey, que le facultaba para ejercer todas las prerrogativas propias de este grado.

Argumentó Pero Grullo su extrañeza de que, siendo la Justicia algo tan justo que debía dar a cada cual lo que era suyo, se otorgara esa consideración de Letrado a quienes no presentaban título universitario de serlo, y se le denegara a él, que podía probarla... Máxime teniendo en cuenta que los abogados habrían de ser los primeros que respetasen los títulos de propiedad de las cosas, y no los que se comportasen como intrusos hasta en su oficio, el cual claramente ejercían sin título académico.

Igualmente arguyó que le parecía un trato de favor excesivo para con los Derecheros que les considerasen abogados, simplemente por ir a darse de alta en un colegio profesional de donde ya salían convertidos en lo primero y hasta en Letrados, siendo imposible que fuesen tal cosa, puesto que usurpaban una titulación universitaria oficial existente en España. La cual él podía exhibir y exhibía, efectivamente. En consecuencia si para actuar en los tribunales españoles se exigía la consideración de Letrado, ahí estaba él, para prestar asistencia letrada a quien la necesitase... Y hasta pensaba que él no necesitaría colegiarse en el de abogados, puesto que ya era más que eso y, por otra parte, estaba al corriente en el pago de las cuotas a su correspondiente Colegio de Letrados.

Por último, expuso que no podía ocurrir nada bueno si solamente los Derechistas tenían la potestad de monopolizar los tribunales de todos, por los evidentes perjuicios que causaban siempre los acaparadores, y que, como mucho, comprendería que se le abrieran las puertas para colegiarse en el de abogados, a él y a todos lo ya Letrados, sin necesidad en este caso de que les regalasen dicha última consideración, tan sospechosa de acopio y privilegio.

Pero el tribunal de Justicia no atendió su petición, si bien, ante lo insólito del caso, concedió una nueva prórroga a don Soberano, y resolvió que se remitiera la situación documental de Pero Grullo a una comisión de juristas para que dictaminasen al respecto, por más que ninguno de los antedichos juristas fuesen ni hubiesen sido jamás Letrados.

* * *
El día previsto para que la comisión de prestigiosos juristas examinara el espinoso conflicto de un ciudadano, por nombre Pero Grullo, que, habiendo probado su válida titulación académica como Letrado, pretendía ejercer las funciones propias de su grado, amaneció por fin, según viene ocurriendo desde que el mundo es mundo, a despecho de las leyes de los hombres y de los dictámenes políticos.

La cuestión no era baladí: estaba en juego la credibilidad de los títulos oficiales, la firma de las autoridades del Ministerio y la misma palabra escrita del rey, en cuyo nombre se había expedido la licenciatura universitaria exhibida por Pero Grullo.

Ítem más, se trataba de dilucidar si el cumplimiento de toda la normativa legal que exigía el título de Letrado para ejercer ante los tribunales... se producía sólo en el supuesto planteado por Pero Grullo, debiéndose retirar adicionalmente dicha consideración a quienes hasta entonces habían monopolizado aquel título de Letrados, sin tenerlo, esto es, a los licenciados en Derecho o Derechistas.

¡Todo el edificio judicial del país podía tambalearse, si la argumentación y los documentos probatorios aportados por Pero Grullo adquirían eficacia final...! ¡Quizá la Justicia española fuera enteramente ilegal, hasta por este solo vicio...! Puesto que, efectivamente, numerosas normas constitucionales y legales exigían la condición de “Letrado” para actuar ante y en los tribunales de Justicia...! Inclusive la profesión abogadil, que ocupaba acaso intrusamente una titulación que no poseía, podría ser expulsada de la Justicia o del acaparamiento de la misma, so pena de vulnerar el más sagrado de los principios jurídicos: respetar los títulos de propiedad que se aporten para la justificación de un bien y rechazar a quienes no puedan presentar títulos probatorios de lo que se pretende.

____________________

Próxima entrega de la novela: sábado, 19 de noviembre.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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