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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Libre es el aire y poco más

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 15 de noviembre de 2005, 02:25 h (CET)
Me gustaría, como el poeta, convocar un encuentro de libertades, abrir todas las prisiones de esta patria mía y cerrar los mercados donde el ser humano es incapaz de soltar una lágrima por amor. Libre es el aire y poco más. Cada día es más complicado que a uno le consientan andar por la vida, bajo una libertad responsable guiada por la conciencia del deber, según su propio estilo y decidir por sí mismo. Advierto que no dejar vivir es otra forma de matar poco a poco. Que se lo digan a los políticos constitucionalistas vascos que sufren el acoso de los proetarras en cualquier esquina. O a la multitud de mujeres víctimas del asedio machista. O a esas personas que son martirizados por el vandalismo salvaje, por poner algunos ejemplos. Abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien que ocasiona la libertad en buen uso, todo es posible, hasta hacer de lo ilícito algo lícito con tal que guste al poder de turno, aunque sea algo maligno.

Bajo esta atmósfera cargada de caos, y recargada de opresores, se me ocurre proponer una vida en libertad. Es todavía la gran asignatura pendiente, la liberación del hombre. Debería ser el gran pacto de Estado. No tenemos más que mirar alrededor nuestro para ver la cosecha de sometimientos que nos oprimen. Ciertamente, el panorama que se abre ante nuestros ojos, es inquietante. Si nos inquieta que la política del actual gobierno sea uno de los más clamorosos ejemplos de absorción de las libertades, mucho más nos preocupa cuando se reprime la creatividad espiritual de la persona en nombre de una falsa armonía política. La presión de los políticos sobre los medios de comunicación es un claro testimonio de abuso. Hemos convertido a la libertad en una caricatura sin precedentes, confundiéndose la autonomía con la licencia de hacer cualquier opción y proclamando, en nombre de una farsante independencia, una especie de declamación poética sin esencia, ni ritmo.

Eso de cortar las alas de la libertad es una mala señal. A propósito, ya en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y en el Pacto internacional sobre los derechos civiles y políticos se ponen en el mismo plano la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Sería deseable, pues, que allí donde se hable de libertad de pensamiento a propósito de la libertad de investigación, se añadan también las palabras libertad de conciencia y de religión. De ahí que la libertad también pase por el respeto de eventuales objeciones de conciencia de los investigadores y del personal sanitario, de modo que se reconozca a las personas que trabajan en estos sectores el derecho a negarse, por motivos de conciencia, a realizar determinadas intervenciones tan en boga hoy en día. Gandhi, nos puso en el camino bajo la sombra de este árbol: “No se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido, en un momento determinado, desarrollar nuestra libertad interna”. No tiene sentido, pues, esa escalofriante persecución y marginalidad que soportan algunas personas de ciencia por hacer uso de su libertad. Es otra muestra más de la poca autonomía que poseemos.

Ante tantas cárceles que soporta esta patria mía, no estaría demás postular la regeneración de libertades. Cuestión prioritaria es la libertad de religión un derecho no reconocido de manera suficiente o de modo adecuado. Son muchas las voces que subrayan una falta de garantía de manera suficiente y adecuada, en cuanto al derecho de los padres a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que ellos deseen. Aproximadamente el 80% de los padres solicita cada año la enseñanza de la religión católica para sus hijos. Es necesario que la enseñanza religiosa, como derecho de los padres, -dice el clamor popular en manifestación masiva reciente- sea una asignatura fundamental, de oferta obligatoria para los centros y voluntaria para los alumnos, de tal manera que el hecho de recibir o no recibir esta enseñanza no suponga discriminación académica alguna en la actividad escolar.

No menos importante es la libertad de expresión, que ha de usarse con justicia y transparencia. Desgraciadamente, dejándose llevar en muchos casos de una exclusiva visión mercantilista de la comunicación o servil de un determinado poder, estamos asistiendo a una absurda batalla que lo único que hace es perjudicar la credibilidad informativa y, en vez de formar, deformar conductas. Por otra parte, bajo una falsa libertad se ha instalado en muchas televisiones un bajo perfil ético y cultural en muchos de sus contenidos, lo que constituye una descarada violación a la salud moral y cultural de los televidentes. La renombrada telebasura es un bochornoso espejo de ridiculización continua a las tradiciones o a los sentimientos religiosos. No puede justificarse esta práctica con el recurso, sin más, a la libertad de expresión, puesto que no suele respetar el primero de todos ellos, la dignidad de ser persona.

Conviene recordar que el ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer cualquier cosa. Hoy nos encontramos ante formas de esclavitud nuevas y más sutiles que las conocidas en el pasado y la libertad continúa siendo para demasiadas personas una palabra vacía de contenido. Para llenarla de justicia, y ver como así florece el sosiego con más energía, sería bueno ponerse manos a la obra en el cultivo de la liberación de las necesidades básicas y la liberación del miedo. La consigna de Cervantes puede ayudarnos a ello, puesto que “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. Quedan proclamadas en verso, pues, estas libertades y doble la cabeza el que no piense como don Quijote. Sencillamente quiero ser humano como él, en hacer lo que quiso y caballero en hacer lo que se debe. Santa libertad, me perteneces.

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