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Lecciones de Francia

Yuri Filippov
Redacción
lunes, 14 de noviembre de 2005, 00:57 h (CET)
¿Serán los disturbios en Francia una enseñanza para Rusia? Y podrán ser en general una enseñanza para alguien? Fresca aún la huella de los incendios en Francia, varios analistas rusos de elevado prestigio y numerosos periodistas se apresuraron a parangonar los excesos nocturnos que cometen los adolescentes de piel morena en los suburbios franceses con la situación en las megápolis rusas en que la proporción de los inmigrados procedentes de áreas musulmanas llegan al diez o más por ciento.

Ello no obstante, por más fuerte que sea la tentación para establecer estos parangones, la situación en Rusia, que en los años 90 del siglo pasado se vio frente a una afluencia incontrolada de inmigrantes y hasta ahora no ha sido capaz de enfrentar y capear sus consecuencias, es muy distinta a la que presentan Francia y otros países de la Unión Europea.
Mientras que los franceses tienen que enfrentar las consecuencias de la fallida política inmigracionista aplicada por las autoridades a lo largo de décadas, los rusos todavía están sembrando semillas, valga la expresión, y por tanto, aún no tienen la posibilidad de aprender de los errores propios y ajenos.

En los suburbios franceses son autores de los disturbios callejeros los hijos de la ola de inmigración procedente del Africa del Norte que inundó a Francia en los años 60 y 70 del siglo pasado, después de que el país decidiera abandonar Argelia. A sus padres ni se les ocurrióparticipar, por ejemplo, en los disturbios estudiantiles, algo análogo a las actuales revoluciones naranja (por cierto fallidas) que en los años 60 sacudieron las ciudades de Europa y EE.UU. Los inmigrados árabes y africanos querían entrar a toda costa en Europa, que en aquel entonces presentaba buenos ritmos de crecimiento económico, para trabajar y ganar salarios elevados, según sus criterios. No podían esperar gozar de subsidios por desempleo, porque en la década del 60 Occidente, entonces en proceso de crecimiento dinámico, casi no tenía paro forzado y, por lo tanto, tampoco tenía una legislación social desarrollada que concediese a los desempleados la teórica posibilidad de gastar de día su subsidio y de noche restaurar la justicia social, incendiando carros ajenos.

La situación que la Rusia de hoy presenta es casi igual. Aunque entre los inmigrados no faltan criminales inveterados y natos y simples gamberros, la aplastante mayoría de ellos no vienen a nuestro país para minar su estabilidad y menos en busca de la justicia social que ha de restaurarse con “cóctel Molotov”. Ellos vienen aquí para ganarse la vida, pues el trabajo más pesado le permite a un uzbeco o tayiko reunir algún dinero para mantener su familia en su patria. Moscú y San Petersburgo son de las más caras ciudades del mundo, pero si el dinero se gana aquí y se gasta en pobres aldeas del Asia Central o Transcaucasia, uno puede sentirse bien rico. Hace días, la televisión rusa ha mostrado una casa que en un arrabal de Bakú construye un tal Gadzhi, un mercader de nivel mediano en Moscú: sólo el patio de esta casa ocupa una extensión de 600 metros cuadrados, tanto cuanto a un habitante moscovita de a pie el Estado le concede para construir una casa de campo con huerto.

Por eso carecen de todo fundamento, al menos para los próximos años, los temores que cunden de que los inmigrados ilegales que han llegado a Rusia se queden aquí para siempre y luego se sientan dueños de las calles. Quedarse en Rusia y arraigarse aquí les resulta desventajoso por la alta carestía de la vida, mientras que con el dinero ganado en Rusia en su tierra natal se puede salir adelante o, al menos, asegurarles el futuro a los hijos.

La Rusia de hoy tiene otra diferencia respecto a Francia. Todos estos bulevares Marx y calles Lenin en que arden carros particulares son herencia de la tradición socialista francesa, Estado del bienestar general en que intentaron integrarse a su modo los oriundos del Africa del Norte. El actual Estado ruso, en cambio, va alejándose del socialismo con velocidad vertiginosa. La sustitución de los privilegios sociales naturales por compensaciones monetarias, la metódica apuesta por la competitividad y la economía de mercado dan a entender hasta a los más lerdos que el número de personas socialmente protegidas en Rusia muy pronto quedará reducido al mínimo. El problema es ayudar a desempleados propios y ni pensar de mantener a flote a los extraños. Añádase a ello la estricta legislación de inmigración y los problemas de naturalización: resulta que desde hace ya mucho el Estado viene manteniendo una política con la que la clase obrera inmigrada siempre será extraña para Rusia y carecerá de estímulos para cultivar ambiciones de todo género, ya sea sociales, políticas o callejeras.

Las protestas contra la inmigración en Rusia son bien conocidas. Lo principal es que los inmigrados pasan a ocupar los puestos de trabajo que deben desempeñar los rusos. El presidente del Consejo de la Federación, Serguei Mironov, ha manifestado hace poco que “es necesario crear condiciones propicias para que nuestras mujeres den a luz más niños, lo que resolvería el problema de la mano de obra”.

Pero un problema importante radica en si tienen ganas las mujeres rusas, igual que sus amigas y coetáneas francesas, alemanas y muchas otras europeas, de dar a luz más personas que puedan llegar a ser obreros. Existe una persistente impresión, y la situación demográfica lo corrobora, de que más que a obreros nuestras mujeres prefieren dar a luz a economistas, juristas, periodistas, hombres de negocios y administradores, ejecutivo de la industria de petróleo y gas, funcionarios y agentes de servicios secretos. Además, ello no tiene nada malo ni sorprendente.

Rusia, al igual que Francia y todo el mundo occidental, va avanzando hacia la etapa postindustrial de su desarrollo, lo que hace la figura del obrero poco atractiva o, en el mejor de los casos, secundaria. La hora estelar del obrero ha pasado en el mundo entero, tanto en el sentido económico como político. Las actuales “revoluciones de colores” que han triunfado hace poco en algunos países de la CEI y han sido apoyadas por Occidente como manifestación de ímpetu democrático de las masas, no han podido tener obreros entre sus participantes activos. En Ucrania, por ejemplo, el conservador Donbass obrero (cuenca hullera), que en las elecciones apoyó a Vícor Yanukovich, tuvo que ceder en todos los aspectos al vigoroso Kíev que se alió con los libres empresarios de las regiones occidentales.

Rusia ha vivido ya la etapa de industrialización que movilizó enormes masas obreras y obligó a respetarlas. Esto fue en la época del socialismo con sus poderosas garantías sociales y sistema igualitarista elevados al rango de política estatal. El socialismo más un poderoso aparato represivo del Estado y una ideología no menos poderosa garantizaron un desarrollo relativamente tranquilo del país a lo largo de la mayor parte del siglo XX. Durante el período postindustrial, en cambio, que no requiere tanta fuerza laboral, Rusia va entrando en el capitalismo que nunca otorga a los obreros (ni siquiera a los nacionales) las garantías sociales de antes.

Los economistas rusos han calculado hace ya mucho que si los empresarios nacionales pagaran a sus obreros los salarios europeos y, por añadidura, les otorgaran todo el paquete de beneficios sociales, la mayoría de ellos se arruinaría en seguida. Por algo Occidente ya ha trasladado sus principales instalaciones industriales, que requieren mucha mano de obra, a la zona Asia-Pacífico, o sea, allá donde hay mucha fuerza laboral barata. En cambio, Rusia, que aspira a ser un país competitivo y a alcanzar, igual que todos, elevada tasa de crecimiento económico, importa la mano de obra barata desde Transcaucasia y Asia Central.

De momento, este proceso resulta ventajoso para todas las partes implicadas. Antes de que la cosa llegue a un punto parecido a los acontecimientos de Francia, aún disponemos de varias décadas y, por lo tanto, tenemos la posibilidad de no incurrir en los errores franceses.

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Yuri Filippov es comentarista de RIA “Novosti”.

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