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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (IX)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
domingo, 25 de diciembre de 2005, 01:35 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado:


Pero Grullo sostiene ante don Alonso que cambiando a los gobernantes, los pueblos sólo cambian el nombre de sus dueños; pero que todas las estructuras de poder se mantienen intactas: gobiernan los de arriba y los de abajo no pueden decidir los actos de gobierno, únicamente se les permite esa variación de nombres, que quizá oculte la identidad verdadera de quienes gobiernan permanentemente a través de ellos. Nada se ha modificado sustancialmente a lo largo de las eras. Don Alonso se sorprende ante las palabras de Pero Grullo, aunque sólo ligeramente.)

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Capítulo V (continuación)

–¿Un laberinto ciego, por tanto; de donde no se puede escapar porque todas las salidas están selladas? –repuso don Alonso–.

–Un laberinto sin salidas físicas ni alternativas, ciertamente, aunque la ilusión ornamental prometa otras cosas y hable de libertad para obturar el entendimiento de las gentes.

Y algo peor aun: la programación mental continuada, que impide a los ratones ver que están en una jaula, y que no importa el lado al que corran, porque el edificio, más que tener las salidas selladas, ha sido planeado sin ellas.

–Sin embargo, hay derechos.

–Como en toda época: los permisos o mercedes que toleran los dueños del laberinto para que los ratones corran, en pos de esas pequeñas autorizaciones, la mayor parte de las veces, ahora sí, cegadas... Concesiones teóricas que el poder consiente o no, después, en la práctica, y que administra él mismo, arbitrariamente, en la forma y grado que le conviene... Es la arquitectura eterna de los imperios de cualquier época, la aristocracia que otorga algunas mercedes al pueblo, mientras se reserva privativamente las facultades y los privilegios.

–¿De modo que Pero Grullo no cree en el Estado de Derecho?

–El Derecho es el “flatus vocis” de los clásicos, por excelencia... La voz inflada máxima pero vacía, el nombre de nombres con el que los sátrapas romanos denominaron los permisos que consentían a quienes sojuzgaban... para que les resultase tolerable su dependencia.

No otra cosa son los derechos. Las mercedes menores que otorga el magnánimo vencedor a quienes ha sometido, después de haberles obligado a entrar a su servicio.

–¿Estás diciendo que nada se ha avanzado a lo largo de las eras?

–Nada, en esencia... Los fuertes se han impuesto siempre a los débiles, y les conceden pequeñas autorizaciones, para que se resignen a servirles. Desde el comienzo de los tiempos los fuertes han sido también los ricos, y los dueños del Estado y del Derecho. Así que los pobres lo son también por eso: porque lo quieren los gobiernos de los fuertes y sus leyes.
Si el primer permiso o derecho que tolera un Estado de Derecho no es el derecho a abandonar ese Estado, si se desea libremente, para fundar otro mundo legal y otra concepción de la propiedad de la ley y de su funcionamiento... ya no será preciso proseguir nuestro análisis: nos hallamos ante un Estado de Secuestro. Sean cuales fueren los mitos, engaños o derechos que declame.

–Mucho me temo, Pero Grullo, que eso no vas a poder explicarlo la próxima vez que levantes lo brazos.

–Yo también temo que no, don Alonso. La mayoría no lo entendería, hoy por hoy, ni aunque se lo dijera en clarísimo castellano.

Capítulo VI

De las confesiones que hizo don Alonso a Pero Grullo, desvelándole alguna ignota e inesperada determinación que había tomado

–¿Te has fijado en estotra notable paradoja, Pero Grullo? –dijo don Alonso, después de que ambos camaradas hubieran permanecido en silencio unos minutos, entre sus cavilaciones–.

–¿A qué os referís, don Alonso?

–A las extrañas contradicciones que tiene la existencia, a la lejanía de los diferentes mundos que parecen tan contiguos. A veces, da la impresión de que somos más reales nosotros, los seres de la fantasía, que nuestros autores. Y que las criaturas literarias estuviéramos alejadas ya para siempre de ellos.

–Lo estáis, mi señor don Quijote. Los inmortales como vos gozáis de otra existencia. Que parece más real, incluso en el mundo que ellos habitaron. Vuestros creadores han quedado atrás, en su planeta más limitado y pequeño, en su tiempo ido, sujetos a todos los avatares de la carne.

–Es injusto. Jamás tuvimos existencia, ni la hubiéramos conocido, sin ellos.

–Jamás nadie ha dicho seriamente que el mundo sea justo, excepto los juristas, que viven de ése y otros cuentos similares.

–No es este el momento para que des rienda suelta ahora a tus ironías, Pero Grullo.

Ocurre que con tu reflexión sobre los latines me has hecho acordarme de él... De quien me lanzó hacia al mundo dotándome de cuanto soy, por su propio impulso, obrando el sortilegio de crearme. Para que yo fuera eterno, mientras él quedaba vencido por la edad y las fatigas. ¡Y a veces fueron tan numerosos sus trabajos y desdichas!

–Injusto, don Alonso. Sólo que difícilmente podremos hallarle remedio a esa injusticia como a tantas otras.

–(Don Quijote ha tornado la cabeza hacia Pero Grullo. Le observa durante unos segundos mientras permanece circunspecto y grave; por fin, se resuelve a decirle.) Yo le observé muchas veces.

–¿A quién?

–A él, mientras me escribía...

Pero Grullo va a decir algo, aunque finalmente se retiene. Ha notado que a don Alonso le envuelve una intensa emoción, que no debe romperse en ese instante.

–Contemplé sus padecimientos y sus amarguras, sus ansias para robarle tiempo a las necesidades azacanadas de su vida, su afecto cada vez que tomaba la pluma... Su afecto... para conmigo. ¿Sabes, Pero? Él ya me amaba mientras me daba la vida.

La voz de don Quijote va cambiando su habitual gravedad por un acento más suave, donde la emoción se abre paso y el sentimiento vence poco a poco a ambos interlocutores.

–Quiso ensalzarme con todos sus ideales, los ideales que apenas vio reflejarse en el mundo que le rodeaba y que nunca olvidó, entre los difíciles episodios de sus días. Yo le vi esforzarse porque mi figura resplandeciese como ninguna otra de sus criaturas. Y, recuerdo, sobre todo, la serenidad de su sonrisa.

Pocos hombres más desdichados que él. Ninguno de sus sueños se cumplió. Ni en su juventud, perdida entre la pólvora, entre el fragor inhumano de las batallas y los largos años del doloroso cautiverio, donde aprendió a sobreponerse ante todas las adversidades y ruindades... Ni tampoco a su regreso, entre las intrigas de un mundo cortesano que nunca había sido el suyo y que cada vez le resultaba más ajeno. Pero ahora más hostil con él... Y luego el no menor de sus padecimientos. (Don Quijote ha vuelto a contemplar el infinito, antes de expresar lo que recuerda.) Él... lo sabía
Todavía no concluye la frase. Permanece absorto en sus meditaciones unos segundos. Por fin, dice:

–Se sabía el mejor escritor castellano de su tiempo. Eran los demás quienes gustaban de negarle el valor a su prosa y a su ingenio, eran los círculos literarios de sus enemigos quienes le tildaban de manco, de desfasado o de viejo. Y, sin embargo, él, por las noches, después de las adversidades para ganarse el modo de cubrir sus necesidades de mañana, sonreía a la vez que me otorgaba a mí la vida.

¡Esa sonrisa humana con que se acercaba al papel! Comprendiéndolo todo, disculpando cada penalidad de las horas y disculpando también la vanidad de los hombres, incluida la suya propia... En el fondo, hubiera querido amar a todos los seres humanos y recibir de ellos su afecto. Mas, sabiéndolo imposible, sonreía serenamente, al relatar las imperfecciones que compartía con todos... Esa humanidad suya para comprender y excusar los defectos de los seres humanos es lo que más recuerdo, mientras me escribía.

Me concibió como una más entre sus creaciones, pero al poco me fue eligiendo para destacarme entre todas. Me esculpió con más entrega que ninguna para que yo fuera su ideal, para que su sueño cobrara vida. A trompicones primero, sin pretenderlo todavía; haciéndose yo, y haciéndome él, poco después... Volcándose en mí, para que yo viviera. En tanto que su expresión se iluminaba serenamente.

Don Quijote vuelve ahora el rostro hacia Pero Grullo, para decirle con lentitud, más confidencialmente:

–¿Sabes? Él era mayor que yo, mientras me escribía, pero sonreía como un niño...

Ha inclinado la cabeza don Alonso algo más, hasta el punto de mirar ya solamente hacia el suelo. Carraspea y duda. Se contiene como sin atreverse a continuar por la vía de las confidencias que ha iniciado, inesperadamente. Su turbación es palpable. Duda un instante más, antes de decírselo:

–He pensado que yo, tal vez... En fin, quiero decir que yo... acaso yo... He pensado que quizá pueda devolverle ahora parte de lo que no pude darle en vida.

Pero Grullo no comprende. El azaramiento de don Quijote se acrecienta de manera notoria. Tiene la vista clavada en el suelo, como si él mismo fuera ahora un niño que no se atreve a expresar su mundo interior, ante el juicio de los otros.

–(Decidiéndose, finalmente.) Ni tampoco pude recompensarle en vida después, porque mi éxito ya lo disfrutaron otros. A él siguieron negándole hasta el final de sus días. Y, sin embargo, yo soy la creación a quien más tiempo dedicó en su existencia, y yo soy también quien más horas ha estado junto a él, viéndole cómo era en verdad, cuando quedábamos a solas y él tomaba la pluma.

Por eso, he pensado que yo, tal vez... pudiera contarlo. Hacer saber a los demás cómo era él, cuando la jornada exterior concluía, y verdaderamente comenzaba nuestro diálogo, escribiéndome y escribiéndose a sí mismo, sobre la soledad insomne del papel.

Y pensado que, quizá, en esa narración mía que quisiera componer sobre mi creador, yo también alcance a sonreír de aquella forma, mientras doy cuenta de su vida y sus trabajos. La vida que él me relataba al tiempo que me iba dibujando, la vida que le oí referir a otras de sus creaciones, la vida que nos fue dejando y trasmitiendo a todos nosotros, porque en todas sus obras fue poniendo jirones de su piel: cada uno de los lances de su vida y cada uno de sus ideales, nunca cumplidos en el mundo exterior, sólo entrevistos y deseados a través de nosotros...

–Debéis hacerlo, mi señor don Quijote –le ha dicho el fiel escudero, atreviéndose a romper al cabo el mutismo en que ha quedado sumido su señor, después de pronunciar las últimas palabras–. Debéis hacerlo. Nadie mejor que vos para transmitirnos esa visión, para hacernos conocer a todos la humanidad doliente y sonriente del genio que os engendró. Y, probablemente, también sea vuestro deber, aunque nadie osaría exigíroslo... Si vos los sentís así es porque también él supo insuflaros ese sentido de lealtad con vuestra obligación.

–Sé que siempre seré su criatura, tal y como él quiso concebirme. Pero también sé que él quiso que amara la libertad. Tanto como la amaba él para cumplir con el deber que se había impuesto conmigo.
Se atrevió a confesarle aun más a Pero Grullo:

–En realidad, por decir toda la verdad, ya he empezado... No a lo que sé que debo hacer. Todavía a eso, no. Sino a ejercitarme en tan extraña disciplina... Más tarde, cuando regresemos a la ciudad, te entregaré alguna muestra de ello.

–Me interesará conocerla, don Alonso. Aunque sea combate tan descomunal en el que yo nada pueda aconsejaros. Vos solo, ante las palabras, lidiando con ellas al servicio de la verdad. ¡Extraña aventura, por cierto, en la que vuestro ánimo va puesto a prueba, como en pocas de vuestras aventuras anteriores!

–No estés tan seguro de no serme de gran ayuda, amigo Pero Grullo –replicó don Quijote–. Tú mismo tienes mucho que ver con la verdad. Es lo cierto que por esta causa te he revelado parte de mi secreto.

–A vuestro servicio estoy, mi señor don Alonso. Y me intrigáis al decirme que sólo me habéis revelado una parte del mismo.

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Próxima entrega de la novela: martes, 15 de noviembre.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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