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Normalidad emocional

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 12 de noviembre de 2005, 22:55 h (CET)
Hay profesiones en las que la supuesta normalidad emocional no permite un ápice de bajón o de tristeza, si no se desea caer en una también supuesta debilidad o en una desnudez del alma que traiga consecuencias de por vida a nuestro futuro laboral y curricular.

Hablo por caso de la verdadera carta, en extremo sincera, que un amigo mandó a los medios de comunicación hace unos días, donde con renglones de características psicológicas depresivas, analizaba muy tristemente la grave situación social que estaba atravesando.

Reconoce mi amigo que en su profesión se puede pasar desde la alegría más exultante hasta la terrible amargura; tan mal se siente, que a veces ha querido abandonar la partida, porque no es fácil en este mundo nuestro tan interesado, conjugar la teatralidad de lo correcto con el verdadero y escueto trabajo realizado. El “saber venderse” en una sociedad superficial e interesada puede ser tan importante o más como la propia labor realizada. Las opiniones de algunas personas le han afectado tanto que ha pensado incluso en tirar la toalla desde lo alto de la cumbre, su cumbre, la que otros muchos anhelarían para sí y para sus seguidores.

Desde su honradez e integridad jura y perjura que ha intentado hacer lo mejor, lo mejor para él y su criterio que puede no ser el mío o el de su propia familia, o el de usted, o el de sus compañeros, o el de sus adversarios. Pero sí el suyo, su criterio pensando en la generalidad y el de su equipo, y eso es muy respetable.

Ganas le han dado de hacer las maletas al notar a su alrededor que está sólo y que nadie defenderá su posición aunque está convencido, y eso le lleva a la impotencia de llegar a pensar, afirmación que sabe que no es cierta, que a nadie le importa un carajo su conducta personal o su criterio.

A mi amigo se le nota triste y con desazón porque las cosas no van como él quisiera, y aunque está tan desanimado que ni siquiera estas líneas ni otras parecidas le servirán de mucho, ha llegado a la conclusión de que hay que luchar contra viento y marea, ha de trabajar por la gente, por esa gente a quien le debe su explicación y su respeto.

Decidir en un dilema profesional es tan difícil como la vida misma. Tomar este camino u otro comporta riesgos. Siempre quedará el pequeño beneficio de la duda, de haber obrado bien, mal o en consecuencia. Llegado a este punto, se preocupa por la autentica conducta personal legada a sus hijos.

En momentos así de normalidad emocional, porque es de lo más normal, teñida eso sí de tristeza y amargura, nos damos cuenta de que lo importante de vivir no es el poder, el dinero, la fama, sino la herencia humana que dejamos a nuestros descendientes en nuestro camino por la vida.

Y eso es lo realmente humano e importante por encima de los muchos y lujosos palacios flotantes, palacios como castillos de papel que podamos construir en nuestro territorio y en nuestra memoria colectiva.

Normalidad emocional, dos palabras difíciles de conjugar en los ámbitos del trabajo, del arte, de la política y, en consecuencia, de la vida.

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