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Tags: Cine · Crítica de cine · Gonzalo G. Velasco
'Elizabethtown', de Cameron Crowe: Todo por la música


Gonzalo G. Velasco


Gonzalo G. Velasco Gonzalo G. Velasco
jueves, 12 de enero de 2006, 01:12
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Aunque no era el único de los cineastas de su generación que lo pensaba, Sergio Leone solía decir que el cincuenta por ciento de las posibilidades de éxito de una película depende de la música. En el caso de Cameron Crowe y su Elizabethtown, ese porcentaje bien podría elevarse hasta el ochenta o el noventa por ciento.

Y es que al igual que ocurría en Casi Famosos, (y también en Jerry Maguire, sólo que a menor escala), Crowe, melómano empedernido debido a su antigua dedicación a la prensa musical, hace gala en su nueva película de un sentido de la puesta en escena en el que la selección y tratamiento de la banda sonora, tanto diegética como extradiegética, se erige en eje vertebrador de todo el discurso.

Por momentos, más que secuencias, da la impresión de que nos encontramos viendo pequeñas coreografías de cámara, y si bien Crowe no es ningún virtuoso en lo que a dirección de escenas de grupo se refiere, sí logra, gracias a su sabia renuncia estilística al videoclip, a un sentido de la composición estimable, y a cierta habilidad latente para captar lo esencial, extraer un vigor poético fuera de toda duda a partir de una base narrativa, para ser honestos, más cerca del arpa que de la guitarra.

En el guión de Elizabethtown conviven varios de los vicios que a menudo condenan una película al fracaso más vergonzoso. El primero de ellos es la inconsistencia y falta de credibilidad de su trama, en especial al principio del film, cuando su protagonista trata de suicidarse por medio de un invento mecánico mitad bicicleta estática mitad cuchillo (¡!) debido a sus Dawsoncreekianos problemas personales, el segundo, un tono cursi, afectado, y a ratos incluso infantil que parece querer recuperar la atmósfera emocional de las comedias románticas clásicas sin llegar a decantarse nunca entre la frivolidad posmoderna teñida de trascendencia o el agridulce desenfado narrativo propio de Wilder o Capra.

En este sentido, hay que decir que Elizabethtown, por el modo autocomplaciente en el que nos cuenta las tonterías que nos cuenta, es una película de lo más pijo, y como tal, quienes lleven un estilo de vida tan ligero y pop como el que debe llevar Crowe, la recibirán con los brazos abiertos. Porque el estreno, he aquí su principal encanto, exhibe sin tapujos un inconfundible y honesto halo autobiográfico. Puede que nos sintamos identificados con las inanes tribulaciones de Orlando Bloom o puede que no, pero en cualquier caso, se mantiene en el espectador, de principio a fin, esa agradable sensación de estar viendo algo auténtico, cosa que no ocurre, por ejemplo, con el cine de postín de Fernando León de Aranoa.

Esta honestidad, unida a la astucia de Cameron Crowe para subrayar musicalmente la acción, consigue redimir a la postre la obra en un milagro sonoro sin demasiados precedentes en la historia del cine. Hasta tal punto que, casi de puntillas, jugando sigilosamente con la interacción entre notas y emociones y sobando a lo bruto la fibra sensible del público, el director nos conduce hacia un final de enorme potencial evocador (a caballo entre los anuncios de BMW y la road movie tradicional), para cerrar su obra con un desenlace muy vitalista no por conservador menos bello o efectivo. En resumen, una versión romántica del Nine Songs de Winterbottom pero sin la carga habitual de pretenciosidad de este sobrevalorado culo inquieto.

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