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Los atentados en Jordania han detonado el nuevo oriente próximo

Marianna Belenkaya
Redacción
sábado, 12 de noviembre de 2005, 06:54 h (CET)
El nuevo blanco del terrorismo ha sido Jordania, que hasta ahora daba la impresión de ser uno de los países más tranquilos de la región. Era, en gran medida, una impresión superflua y los atentados de Amman ofrecen un motivo adicional para preguntarnos qué es lo que está pasando en el Oriente Próximo y cuáles son las causas.

Las autoridades de Jordania responsabilizan de la tragedia al grupo Al Qaeda en Irak, encabezado por Abu Musab Al-Zarkawi. A pesar de que este terrorista, el número dos después de Osama Bin Laden, es de origen jordano, el Gobierno del Reino hachemita dice que las causas hay que buscarlas en el exterior.

Reconozcamos que la situación en Irak, la política que EE.UU. viene aplicando en este país y en el conjunto de la región, o el conflicto entre los árabes y los israelíes no han podido evitar repercusiones en Jordania que tiene frontera tanto con Irak como con el Estado hebreo. Desde hace tiempo, Jordania se convirtió en un punto de escala en el camino hacia Irak. Aquí se concentran las delegaciones de empresas extranjeras que abandonaron Bagdad a raíz de las hostilidades y es precisamente en Amman donde se celebran con frecuencia las negociaciones diplomáticas o económicas sobre Irak. Jordania siempre había prestado a Bagdad su apoyo, sin reparar en las circunstancias ni en el régimen que estuviese en el poder. Por un lado, Jordania concede asilo a las hijas de Saddam Husein, y por otro, reabre su embajada en Irak antes que las demás naciones árabes. La legación diplomática de Jordania, por cierto, ha sido una de las primeras que sufrieron un atentado en Irak.

Amman actúa también como intermediaria en el arreglo del conflicto entre los palestinos e israelíes. Jordania es uno de los pocos países árabes que mantiene relaciones diplomáticas con el Estado hebreo, aparte de promover la cooperación económica y humanitaria. También es una de las aliadas más próximas de Washington en el Medio Oriente. En 1996 fue ascendida al rango de “principal aliado de EE.UU. fuera de la OTAN” y en 2000 se convirtió en el cuarto país del planeta que firmó un acuerdo de libre comercio con Washington.

El monarca hachemita Abdalah II procura, sin embargo, seguir una línea independiente. Los compromisos de aliado no le impidieron cancelar en abril de 2004 una visita a Washington después de que el presidente George W. Bush apoyara abiertamente el plan israelí de una separación unilateral con respecto a Palestina. El Rey jordano se ofrece también como intermediario entre Washington y Damasco, para evitar un nuevo foco del conflicto en la zona. Hasta cierto grado, Jordania representa un prototipo del Nuevo Oriente Próximo, un sueño en que el pragmatismo y la cooperación económica sustituyen a las guerras.

No es casual, por lo tanto, que el grupo de Al-Zarkawi, tras haber anunciado la expansión de sus actividades fuera del territorio iraquí, haya escogido a Jordania como el primer blanco.

Jordania había desconocido hasta ayer atentados de tamaña envergadura a pesar de que las autoridades locales estaban bastante familiarizadas con el problema del terrorismo. Aquí se celebran con regularidad procesos judiciales contra los integristas, presuntos autores de atentados. El veredicto suele ser muy severo: la cadena perpetua o la pena capital. La víspera de las explosiones en Amman, un tribunal jordano condenaba a seis extremistas de la llamada Compañía de Hattab, grupo clandestino acusado de estar preparando atentados contra los hoteles de cadenas occidentales y agresiones contra las tiendas que vendían bebidas alcohólicas en Jordania.

En cuanto al grupo de Al-Zarkawi, las autoridades del Reino hachemita le inculpan por el bombardeo de los buques de guerra estadounidenses que tuvo lugar en agosto pasado en Akaba. Uno de los misiles lanzados explotó en el balneario israelí de Eilat. Al-Zarkawi fue condenado en Jordania por su implicación en el asesinato del diplomático norteamericano Lawrence Fowley, en 2002. El veredicto, dictado en ausencia del acusado, condenaba también a la pena capital a otros siete integristas. Y no era la primera agresión contra diplomáticos extranjeros. En 2001 se produjo en Amman el asesinato de Isaac Sener, un funcionario de la legación israelí. Con todo, los propios jordanos se sentían relativamente seguros hasta hace poco. Las explosiones en Amman demuestran que nadie está protegido hoy contra el terrorismo. La mayoría de las víctimas son ciudadanos de Jordania a pesar de que también hay extranjeros entre los muertos y heridos.

Cabría mencionar, probablemente, el trasfondo regional de las explosiones que tuvieron lugar en Amman. El problema consiste en la escalada del integrismo en la política. A principios de los 90, varios países aún consideraban manejable o, al menos, no tan peligroso este fenómeno. Las autoridades de Jordania, por ejemplo, amnistiaron en 1999 al propio Al-Zarkawi, condenado a 15 años de cárcel. Durante demasiado tiempo se hizo la vista gorda de los atentados perpetrados bajo la bandera de la lucha contra la ocupación, israelí o americana. Es cierto que los factores externos contribuyen a reforzar la posición de los terroristas, y EE.UU. debería entender que sus intentos de poner orden en un país determinado, se trate de Irak o Siria, acaban por desestabilizar la situación en toda la zona del Medio Oriente. Pero también las naciones musulmanas deberían preguntarse qué es lo que han hecho para impedir el afianzamiento de los terroristas.

Para honra suya, Jordania ha hecho muchas cosas. Pero no suficientes, parece. Y habida cuenta de los estrechos vínculos regionales, difícilmente vaya a poder con este problema a solas.

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Marianna Belenkaya es columnista de RIA “Novosti”.

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