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Opinión
Etiquetas:   Punto crítico  

Sociedad combustible

Raúl Tristán

viernes, 11 de noviembre de 2005, 01:05 h (CET)
Cuando la noche se hace dueña del territorio galo, las hordas bárbaras, las salvajes jaurías, se apoderan de las calles.

El agrio olor del miedo se confunde entonces con el penetrante hedor que desprenden los miles de amasijos de metal y plástico, que tan sólo unos minutos antes fueron útiles vehículos, mientras se funden a cientos de grados Celsius. Desgarradora mezcolanza de entrañas inhumanas convertidas en chatarra.

Una masa enloquecida, manejada por terribles líderes a los que guían oscuros y ocultos intereses, se despliega por las rues, sin que nada ni nadie sea capaz de frenar su vandálico avance.

Como la Roma de Nerón, Francia arde. Arden sus calles, arden sus bienes, arde su espíritu de pacífica convivencia.

En definitiva, arde la bandera de flamantes ideales, otrora enarbolada por Marianne, en un país que hoy se es pasto de las llamas.

Convulsa actualidad, inexplicables acontecimientos, al menos a la luz de la razón, aquella que en la época ilustrada iluminó la senda de los pensadores de media Europa.

¿Acaso la muerte accidental de dos jóvenes, que no hay que olvidar que huían de la policía sin que ésta les persiguiera, y que cometieron, ellos solos y de forma voluntaria, el error de refugiarse en un transformador eléctrico, causante último de su fallecimiento, puede dar lugar a semejante aberración social?.

Nada se salva de la furia nocturna: cuarteles de la policía, escuelas, coches... Todo sirve para desahogar la rabia contenida durante años. Una rabia de primera, segunda y de tercera generación. Una rabia sin sentido.

No hay justificación alguna, no hay fuerza mayor que pueda dar cuenta de estos sucesos. La pobreza, la marginación, la no-integración, no son motivos suficientes como para considerar justo y necesario este atentado contra los derechos y libertades de los ciudadanos, unos ciudadanos de hecho y derecho del país que ha acogido sin reparos a aquellos que hoy lo arrasan sin piedad.

Lo que ahora vive Francia puede hacerse extensible al resto de Europa. Intentos similares, pero de una envergadura en absoluto comparable, se han querido reproducir en Berlín, Bremen, Bruselas... Este desvarío gregario, es el fruto de la negligente política de inmigración que se viene practicando en Europa desde hace años. Se hacía preciso blindar las fronteras ante la entrada ilegal de personas, pero no se avanzó en esa dirección. Ahora, los suburbios donde se hacinan los miles de extranjeros sin documentación, o sin trabajo, o sencillamente sin integración, se convierten en focos de delincuencia, de sedición, de contracivilización.

Inmigración, mano de obra, nuevos ciudadanos, solidaridad, a todo ello decimos en voz alta y clara sí, pero de forma controlada. ¿Acaso no estamos controlados todos los ciudadanos que ya formamos parte de Europa?. ¿No tenemos todos DNI, deberes y derechos, trabajo o paro, leyes y reglas que cumplir..¿Acaso yo podría invadir de forma fraudulenta la frontera de Marruecos, o la de Argel, o la de Níger, sin que mi vida peligrara, sin que un proyectil de plomo acabara alojado en mi cabeza, o sin que me cortaran a machetazos manos y pies?. Y lo más importante y peliagudo: ¿se me consentiría a mi, que en mi propia ciudad, me dedicara impunemente a saquear, incendiar, alterar el orden?. Daría con mis huesos, maltrechos por supuesto, en la cárcel, además de que se me embargarían mis escasos bienes para hacer frente a la reparación del daño causado. Y nadie se preocuparía de si estaba en el paro o si no tengo para comer, o si no poseo vivienda, o si vivo hacinado. Excesiva permisividad, descuidada, y una confiada mano abierta y benefactora que ahora pretenden arrancar de su cuerpo aquellos a los que se les tendió.

Y que se muerdan la lengua los demagogos: está más que demostrado que la no-integración es culpa y responsabilidad última, en la mayor parte de las ocasiones, de aquel que no hace ningún esfuerzo por alcanzarla, aquel al que no le interesa lo más mínimo el país al que pega fuego, aquel que tiene por superior a su cultura y a su forma de vida y solo toma de la receptora el vil metal necesario para su supervivencia. El día en que hagan el esfuerzo por integrarse, por no imponer sus normas, la multiculturalidad será un hecho plausible.

Allí donde viajé, intenté siempre ser respetuoso con las normas legales y/o morales de sus habitantes. Sólo pedimos reciprocidad.

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