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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

París en otoño

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 11 de noviembre de 2005, 01:05 h (CET)
París, la ciudad Luz, es una de las grandes capitales del mundo. Eso no hay quien lo dispute. En otoño es una regalo de los dioses pasear, “flaneur” lo llaman los franceses, por sus calles. Ese cielo gris de las calles parisinas en esta época del año, esas mansardas de cúpulas grises, esos bulevares por donde siempre pasean trozos de nuestra pequeña historia personal, esos “bistrots” en los que más de una noche cenamos con alguna joven a la que entonar “la marsellesa” le ponía en situación. Todas esas cosas que hicieron de París una mítica ciudad para los españolitos que llegábamos desde el páramo cultural de una España franquista y llena de prohibiciones.

Cómo no recordar, en estos momentos, a aquella Monique, que “abrió a la vida nuestros sentidos”, como canta Serrat. O a aquella Danielle que, mientras se jugaba el Trofeo Carranza, nos enseñó a explorar con un tino que no teníamos el cuerpo de las damas. La mayoría de mi generación nos licenciamos en la asignatura del amor hablando francés. Es por eso que hoy, cuando en Francia las aguas bajan revueltas sentimos que una parte de nuestra pequeña historia nos aprieta en lo más hondo del estomago.

Para toda una generación, la de los que vivimos desde lejos el mayo del 68, Francia fue el paradigma de las libertades. Cuando los estudiantes franceses comenzaron a rebelarse contra el poder establecido nosotros los tomamos como ejemplo y en nuestras facultades comenzaron a aparecer “pintadas” que reivindicaban la libertad, esa extraña palabra en el vocabulario franquista. Los botes de alquitrán y los esprays fueron las ametralladores que utilizamos contra el poder militar de Franco y sus generales. La verdad es que fracasamos y Franco murió, hace treinta años, en su cama, fotografiado, lleno de cables, por su yerno, el ínclito Marqués de Villaverde, que vendió las fotos de la agonía del dictador a una revista de las llamadas del corazón mientras nosotros destapábamos botellas de cava que no nos merecíamos.

Ahora, arde París, cada noche los barrios periféricos de la capital cultural por excelencia se iluminan con las llamaradas de los coches de sus vecinos. Hace unos cuantos años, no muchos, la selección de fútbol francesa, formada por un conglomerado de razas, cantaba, orgullosa, La Marsellesa, coreada por los asistentes a los partidos de fútbol de una selección interracial. Un día los hijos y sobrinos de los componentes de aquella selección pitaron ese himno que durante años había acogido a los revolucionarios del mundo. Algo empezó a cambiar a partir de aquel momento.

Hoy los hermanos pequeños de Zinedine Zidane queman coches, escuelas y hacen que las compañías de gendarmes patrullen las calles de la “banlieu” parisina pertrechados de chalecos antibalas. La generación de franceses llegada desde el Magreb, y la de los ya nacidos en Francia expresa toda su rabia contra el sistema que nos les acoge prendiendo fuego a los coches de sus vecinos. Esto es grave. No se queman los coches aparcados en los Campos Eliseos ni en cualquier calle del centro de París. La violencia se dirige a los más cercanos, a los que son como ellos, a los marginales del sistema y esto está comenzando a atizar el fuego del extremismo político. Hoy he visto cómo algunos de los magrebis que llegaron a Francia cuando Argel dejó de ser francesa hablan de dar su voto a los extremistas de Le Pen. Piensan que una mano dura es lo único que puede devolver a Francia la tranquilidad que ellos vinieron buscando. El mayo del 68 llegó aquí algunos años más tarde. Esperemos que esta nueva tendencia de la extrema derecha no arraigue en nuestra tierra, aunque a algunos de los directivos del PP les gustaría. En Francia tienen a Le Pen, aquí, por suerte o por desgracia la extrema derecha todavía anida en las filas de la gaviota. Esperemos que por muchos años.

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