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Etiquetas:   Ni éstos ni aquéllos   -   Sección:   Opinión

Señoríos de behetría actuales

Juan Pablo Mañueco
Juan Pablo Mañueco
viernes, 11 de noviembre de 2005, 01:05 h (CET)
Dicen los libros de Historia que el régimen señorial se extinguió en el siglo XIX, con las Cortes de Cádiz, y que desde entonces los españoles ya no íbamos a estar sujetos al dominio de ningún señor o señorío particular.

Pero lo cierto es que “señorías” siguen titulándose los miembros del Congreso, Senado y Parlamentos Autónomos... Y, para mayor estremecimiento: lo son, verdaderos “señores”, dueños y propietarios de su escaño, sobre el que ejercen dominio particular. Sin atenerse al mandato electoral recibido de sus votantes, por una sencilla razón: está prohibido constitucionalmente que los electores manden nada a las señorías parlamentarias.

Los concejales de un municipio, por su parte, no acostumbran a regalarse el oído con el tratamiento mutuo de “señorías”. Pero también lo son: señorean su escaño a su antojo particular. O peor, a su antojo personal: tampoco se sujetan a la obediencia de sus partidos, lo cual continuaría siendo una forma de señorío “particularista”, que no del pueblo a quien en teoría representan. “Señorío” individual o particular-partidista de los actuales representadores escénicos de la fábula política.

Puesto que las dictaduras son malas, ¿no sería tiempo ya de ir corrigiendo también la dictadura personal del electo sobre su escaño ­o la de todo un partido­ cuando la persona o el grupo se apartan de lo que prometieron a sus electores en sus programas...? Esto es, de abolir verdaderamente el régimen señorial, que todavía perdura en el carácter enseñoreador y dominical que conservan los mandatarios de la política. Y no digamos las “señorías” de la Antijusticia...

Expongamos otra semejanza histórica para mostrar que, en puridad, ni siquiera hemos salido del feudalismo:

El feudalismo clásico presentaba una de sus manifestaciones más benignas en los denominados “Señoríos de behetría o benefactoría”: lugares cuyos vecinos podían elegir como señor a quien quisiesen. Unas veces eran “behetrías cerradas o de linaje”, los vecinos podían escoger entre los miembros de una familia determinada. Otras eran “behetrías de mar a mar”: la población podía escoger libremente señor, sin determinación de familia. Pero, eso sí, el electo, después, ejercía su señorío...

Tantos siglos, revoluciones y progresos después, ¿y acaso no hayamos superado aún el modelo de los señoríos de behetría...? Y no se sabe muy bien de qué tipo, es decir, si el nuestro es “de mar a mar” o estamos obligados a escoger dentro de esta o aquella “familia” política.

Porque resulta que ­fuera del mundo feudal, pero incluso en la Edad Media y Moderna, otros ejemplos de organización político-social, como­ las Comunidades de Villa y Tierra, no reconocían otro señor teórico que el lejano rey, pero el señor efectivo eran los propios vecinos... Los cuales elegían a sus cargos y representantes locales, a sus jueces (atención a este detalle: entre los propios vecinos), alguaciles y funcionarios; participaban en la decisión y gestión de los impuestos; y, por descontado, mandaban imperativamente a los cargos del Concejo y a sus representantes en Cortes, destituyéndoles de inmediato si obraban en contra de lo que se les había encargado.

Potestades democráticas que causarían asombro si se propusieran para nuestros “avanzados” y “progresistas” tiempos, póstumos ya a todas las revoluciones teóricas.

¿Sería mucho pedir que, al menos, se pudiera revocar al electo que no cumpliera sus compromisos con sus electores...? Pues en caso contrario, sépase como mínimo esto: sin posibilidad de revocar al electo, no hay democracia, hay “señorío”.

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