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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (VIII)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
sábado, 17 de diciembre de 2005, 02:15 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado:


Don Quijote y Pero Grullo, que han asistido como invitados a un sesión poco edificante del Congreso de los Diputados, inician ahora una conversación personal en la que don Alonso Quijano pregunta por su patria y condición a su reciente amigo, Pero Grullo).

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Capítulo V (continuación)

–Yo, don Alonso, soy familia de Vargas, el que todo lo averigua, por su sagacidad para discernir asuntos intrincados en los que otros fracasan, a cuyo lado aprendí mucho... Aunque, en realidad, provengo más modestamente de la rama del Barquero, tan aficionado a las verdades que a menudo las espeta bien redondas y rotundas, sin importarle qué empingorotados personajes ni qué conveniencias sociales pueda romper o tenga presentes entre su auditorio de cada instante.

Por este lado, soy primo de Juan Palomo, el cual, si bien en ocasiones yerra por desdeñar la competencia de los demás, a menudo no tiene más remedio que hacerlo, y suele salir con éxito del envite, por su mucho ingenio.

En realidad, los ancestros de mi cuerda son tan antiguos como los tiempos de Maricastaña y ocasión he tenido de relacionarme con la madre Celestina, que sabe tanto por vieja como por la necesidad en que siempre ha estado. De sus consejos, aprendí grandes verdades, pues ya conocéis, mi señor don Alonso, que más discurre un hambriento que cien letrados, y que la necesidad hace maestros y enseña más que la Universidad.

De esta forma, con gran constancia y fijándome mucho, y a pesar de haber tenido que andar a la briba durante largo tiempo, aprendí a ser quien soy, por aviso y advertencia de mi también pariente el Mismo que Viste y Calza, el cual no es partidario de variar de identidades, sino de mejorar en la que a cada uno le sienta bien y corresponde, consideración en la que he tenido gran cuidado.

Por ello, jamás he querido parecerme a mi compadre Lepe, que compone una rama familiar con la que apenas me trato, por su mucha presunción y soberbia. También he procurado apartarme del maestro Ciruela, que no sabiendo leer montó y sigue montando numerosas escuelas, que ahora están de moda. Y otro tanto aconsejo hacer con la legión de Marisabidas, Marisabidillas y Sabihondos que son muchedumbre desazonante del mundo, por los conocimientos que, sin tenerlos, presumen a todas horas. Y más aún debo confesaros que he procurado huir de ejemplos como el Abogado de Marchamalo, que cuanto peor iba el pleito, más iba ganando, y que era inverso en todo, porque no sabiendo hablar abogaba por otros, con lo que nada le salía al Derecho.

He aquí, don Alonso, dicho sea a grandes rasgos, quién soy yo y cómo he llegado hasta este punto, aunque es posible que en el futuro tengamos ocasión de referirnos a estas y otras materias, siempre que la generosidad que me dispensa así me lo permita.

–Notoria y honorable es la estirpe de la que provienes, Pero Grullo, aunque todavía no me hayas expresado con la claridad que acostumbras la patria que tienes por tuya.

–Concretamente, soy natural de la población conocida como Palacios de Campos, que está a menos de una legua de Rioseco, la ciudad famosa de los Almirantes... Todo lo cual me adentró por el camino de las paradojas, porque entre los dos nombres que os he dado, ya suman no menos de cuatro... Pero las cuatro posibles, lo cual desde muy pequeño me fue forjando a su imagen, y así, desde entonces, fui buscando armonizar los contrarios.

La distancia entre ellas no es mucha, y si se sabe atajar, es un paso. Y ese paso lo he dado yo tantas veces que, como deba responderos cuál es mi patria, habría de deciros que las dos, si bien, al final, es posible que, aunque pobre, haya nacido labrador y en Palacios.

Después, con el tiempo, he abierto rumbos por los más diversos caminos, sin que me queden apenas sitios por recorrer, y entre ellos alcancé a visitar en su día la aldea de Sancho, con quien pronto trabé buena amistad y a cuya vera he tenido largas y provechosas pláticas, de las que guardo cumplida enseñanza.

–¿Quieres decir, en consecuencia, que tú eres Pero Grullo, el mismo del que tantas historias he oído referir en mi pueblo?

–¿Me conocéis?

–No. Mas sí debo admitir que he escuchado hablar en numerosas ocasiones de ti y de las que llamaban –titubea, busca el término más suave don Quijote, para herirle menos–... tus flaquezas de ingenio.

–Es natural que no me conozcáis, don Alonso. Mis oficios han sido varios y mis maestros, gente del pueblo. Yo a vos, en cambio, os he seguido a distancia. Y he conversado mucho con Sancho, gran maese del sentido común y uno de mis principales ejemplos para llegar al estado en que ahora me veis, tan distante de la fama entonces merecida que me dieron.

–¿Dices que me has seguido desde lejos?

–A vos y a Sancho. Le he visto reunirse con vos por las calles de la aldea y salir ambos a la aventura, antes de que el alba despuntara, quedando yo encubierto.

–¿Sólo aquella vez?

–También otras. Ya os dije que he platicado largamente con Sancho, como hablan entre sí dos compadres que se profesan confianza. A veces, poco antes o después de que Sancho entrase o saliese de vuestra casa, yo me acercaba hasta allí, sin que nadie, ni siquiera vuestra ama ni vuestra sobrina, advirtiesen en ello.

–Así pues, reconoces que has sido una suerte de sombra fantasmal apostado por entre las callejas de mi vecindario.

–Lo debo reconocer, sin que me pese revelaros ese secreto. Yo mismo, don Alonso, os confesaré que he seguido a menudo vuestros pasos, procurando que no os apercibierais de mi presencia.

–¿Qué quieres decir exactamente con eso de haber seguido a menudo mis pasos y sin que yo me percatara de tu estrategia? ¿Cuándo acontecieron tales ardites?

–Con frecuencia, don Alonso: yo os admiro. ¿Cómo no admirar a tan noble caballero? Aunque jamás me atreví a molestaros. Bien sé que soy Pero Grullo, la necedad propia del pueblo. Nunca hubiese trasgredido la altura que separa a vuestra grandeza de mi insignificancia, sino porque unos días atrás vos mismo me preguntasteis a mí en los juzgados.

–Y a fe mía que tus palabras no fueron allí las que de tu fama inmerecida cabía esperar, sino otras bien distintas.

–La fama no siempre se merece. Otros nos la dan, generalmente; y desde luego lo que otros nos adjudican siempre lo hacen a su gusto y capricho.

–La intervención que escuché de tu boca allí poca relación guarda con esa fama que te habían adjudicado quienes hasta ahora habían compuesto la relación de tus gestas.

–¿Gestas Pero Grullo...? Bien se ve que queréis burlaros de mi necedad y de mi ínfima sustancia, don Alonso.

–Acaso no se conozcan como debieran; mas sí me parece que quien nació en circunstancias tan adversas como las tuyas y ha alcanzado un tino tan agudo como el que observo, alguna gesta entraña. Al menos, en el tallar y esculpir por sí mismo las cualidades de su persona. Otrosí, que me parece que el caso que me relatas, con los esfuerzos y sacrificios que intuyo, aunque discretamente los calles, semejan más bien una hazaña contemporánea, propia de nuestros democráticos tiempos.

–¿Democráticos los tiempos que corren habéis dicho, don Alonso?

–¿Y no lo son? ¿Porfías en la discusión que mantuviste con Representante Independiente?

–Así se venden, bajo esa etiqueta se promocionan, ciertamente. Esa es la fama que les ponen quienes pueden poner nombre a las cosas, aunque más allá de esa corteza del nombre, no se encuentre resto de la sustancia nombrada... Los tiempos son tan aristocráticos como siempre, don Alonso. ¿No os dais cuenta de que gobiernan unos pocos sátrapas, tal como ayer? A su voluntad, en su provecho y desde arriba, desde el vértice.

–La fama del siglo es distinta. Por más que hayamos acordado que fama y nombre no coinciden siempre con la realidad de las cosas.

–“In principatu commutando civium nil praeter domini nomen mutant pauperes”.

–¿Sabes latín, Pero Grullo?

–Fui monaguillo en mi pueblo y, quieras que no, algo se va quedando.

–Sobre todo, en quien tiene un claro ingenio natural como tantas veces me sigues demostrando en estos días, amigo Pero.

–Hacéis muy mal en creerlo de ese modo. O, al menos, en afirmarlo ahora, porque me haya expresado en términos oscuros, difíciles de captar, cuando lo mismo podría haberse dicho en voces castellanas, con igual dignidad, sólo que al alcance del vulgo.

–Razón te sobra de nuevo. Algo también escribió él acerca de este asunto, de forma tan clara que procuro nunca se aparten sus advertencias de mi pensamiento –don Quijote recita de memoria, los ojos entrecerrados, erguida la cabeza–: “En lo que toca al poner anotaciones al fin del libro, seguramente lo podéis hacer desta manera. Si nombráis algún gigante en vuestro libro, hacedle que sea el gigante Golías: y con solo esto que os costará casi nada, tenéis una grande anotación, pues podéis poner... y en lo de citar en las márgenes los libros y autores de donde sacáredes las sentencias que pusiéredes en vuestra historia, no hay más sino hacer de manera que vengan a pelo algunas sentencias o latines que vos sepáis de memoria, o a lo menos, que os cueste poco trabajo el buscallos”.

–Ahí lo tenéis: expresado con mayor exactitud y claridad de lo que nunca podremos.

–Dijiste antes algo así como que “cuando cambian los gobernantes, los pobres sólo mudan el nombre del amo”.

–O el nombre del dueño... porque vos sabéis que todavía en estos tiempos existen los dueños de seres humanos, aunque mentecaten otra cosa las propagandas.

–Dueños de seres humanos... sí, posiblemente; pero ¿a qué te refieres ahora, en concreto?

–A todos los que dominan a los de abajo desde los Gobiernos, porque las características del poder apenas han cambiado. Precisamente, sólo de nombre

–De nombre... ¿y nada más?

–Sólo de nombre, y un poco también los mitos que declaran en sus discursos oficiales, en los preámbulos de sus justificaciones legales, en las excusas que antes incluían para adornan su dominio y que ahora van variando cada cierto tiempo, para que nada cambie y todo se remoce declamativamente.

Los Gobiernos, las Monarquías, las Aristocracias, de ayer y de hoy, continúan dictando leyes para justificar sus caprichos, sentencias para justificar sus desvaríos, normas para justificar sus provechos... gobernando, como siempre quiso la teoría, para el pueblo, pero sin el pueblo.

–¿A cuántos de los que gobiernan...? ¿A un gobernante, entre miles de los que ejercen funciones de gobierno? ¿A ninguno, entre los millones de funcionarios que, sin embargo, les rigen? ¿A ninguno de los jueces?
Ahí lo tenéis: a uno de los que gobiernan. Y tal vez siga mintiendo la teoría, porque acaso no sea ése el que gobierne, aunque presida pomposamente las reuniones políticas, sino que le gobiernan a él, desde más arriba. A uno... sea... Pero sólo su nombre (“domini nomen”) permiten elegir, no sus actos de gobierno... Sus actos no... A este o aquel dueño, que probablemente sean el mismo dueño y obedezcan los mismos intereses, por más que varíen algunas declamaciones menores en sus discursos, para que no se note el engaño.

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Próxima entrega de la novela: sábado, 12 de noviembre.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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