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El resultado de palabras y palabras

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 9 de noviembre de 2005, 03:50 h (CET)
A estas horas, Europa, y el mundo entero, siguen sin recuperarse del sobresalto de los sucesos que sacuden cada noche a Francia, desde Toulouse hasta París, y con extensión inicial a Bruselas. La estupefacción de tener que digerir esta noticia reiterada “noche tras noche”, está siendo sucedida por las interpretaciones más peregrinas. Bueno, tal vez peregrinas no sean, sino simplemente necias. Unas, en puro pragmatismo, que si España está preparada para esto... y otras, que el motivo es la falta de creencias de la sociedad actual. En fin, que si se leen todas, como es obligado para esta columna, la causa salta a la vista de entre las mismas razones que se mencionan. Desde luego, no se pueden establecer relaciones con los sucesos de las barricadas en Paris de mayo de 1968. Aquellos que entonces protestaban airadamente, ahora son acomodados funcionarios del mismo sistema contra el que se oponían.

De nuevo se comprueba cómo la aristocracia mediática identificada con el poder, cuando no alimentada por él, emite desde los medios su particular punto de vista. Palabras, palabras y palabras, de gobernante, ensayista, o columnista. Cuando las alteraciones del orden público se analizan desde un cómodo asiento, suele ocurrir lo que ayer relataba esta columna que le sucedió a Luis XVI. Las últimas noticias que salen de París, señalan la necesidad de que el Ejército patrulle en los atardeceres, otrora románticos, de las orillas del Sena; como si los acomodados considerasen necesaria esa intervención para mantener seguras sus ventajas. Visto de este modo, solo cabe interpretar que la historia se repite.

Más, existe una apreciación no planteada hasta ahora. Es la consecuencia de uno de los errores que se dan por válidos, al encontrarse entre lo políticamente correcto: el respeto por lo multicultural, sin transigir con la “interculturalidad”. Los primeros, se sienten satisfechos por mantener a cada uno en su sitio, con sus hábitos y costumbres, lo mejor identificados posible; “cada uno en su casa, y Dios en la de todos” podría ser su lema, pero sin molestar, eh? Así, de este modo tan correcto, un día se sorprenden ante disturbios impensados.

Los otros, son los que viven la calle, día a día, y se entremezclan, modificando paulatinamente sus costumbres para dar lugar a una sociedad mixta, o mestiza, según el despectivo término de anglosajones y nacionalistas. Sorprende el grado de necedad en que viven aquellos que ignoran el origen de toda la sociedad humana, que, proviniendo de una sola pareja, diversificada en razas, religiones y costumbres, ha sido consecuencia de la mezcolanza entre tribus que llegaban, y se quedaban. La vieja Francia vive rodeada de los nuevos invasores que ocuparon un trabajo que ningún francés quería, y, que, formando parte de la actual ciudadanía, se sienten franceses de segunda o tercera clase. La pobreza no tiene por qué generar violencia; el desprecio, el sentimiento de ser ignorados, sí. Pero a la diferencia de clases, ha sucedido la de culturas, y la Aldea no la soporta, precisamente porque es su origen, no porque ahora esté intercomunicada y se sientan las gentes unas tan cerca de otras.

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