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Etiquetas:   Cristianismo originario   Religión  

¡Retira tu yo! Consigue una respiración profunda

​La imagen de los Cielos, así nos dice el Señor en Sus grandes enseñanzas cósmicas, es la verdad, el Yo Soy
Vida Universal
martes, 20 de marzo de 2018, 00:49 h (CET)

Si afirmamos esto en nosotros, porque en lo más interno de nosotros está el Yo Soy, porque nosotros somos el templo del Espíritu Santo, alcanzamos paulatinamente el sosiego y obtenemos seguridad interna, que paso a paso nos permite reconocer los problemas, las cosas y los acontecimientos a la luz de la verdad.



La vida en Dios nos da seguridad. La persona que solo mira hacia lo externo es inestable e insegura. Vive constantemente en el miedo de que su prójimo pudiera engañarle. Es recelosa, desconfiada y está llena de dudas. El conflicto con el miedo y con su propio mundo de ideas y conceptos no le deja descansar. Está por lo tanto aprisionada en su miedo que le sugestiona: “yo quiero” y “yo tengo que”. Pero quien vive cada vez más en Dios vive cada vez más en su interior, donde habita la luz de la verdad, y así aprende a ver en profundidad. Cuando ha aprendido a ver en profundidad en todo afirma toda la ley, la totalidad, y la totalidad, la Ley eterna, también le ayudará y le servirá.



Mientras miramos hacia nuestros aspectos netamente humanos, movemos nuestras preocupaciones, dificultades y problemas, seguimos agitados y nuestra respiración es corta. Por eso deberíamos proponernos la siguiente tarea permanente: ¡Retira tu yo!, ¡No reacciones inmediatamente. Deja que lo escuchado llegue a tener efecto en ti. Tan solo entonces habla u obra! Si afirmamos en cada explicación, en cada palabra toda la ley, la vida interna, muy pronto notaremos que respiramos más sosegada y profundamente. A causa de la respiración más sosegada y profunda, sentiremos también la amplitud en nosotros, el hálito de libertad.



Parecidas experiencias podemos obtener cuando al “yo quiero” le contraponemos la voluntad divina. El “yo quiero”, el ser humano, siempre presiona. Él presiona y presiona, quiere y quiere, y lo que al final resulta de ello es: “ahora tengo que tenerlo, ahora tengo que imponerme, ahora esto tiene que ser como yo quiero”. De ahí resultan la codicia, la envidia, la intolerancia, el afán de dominio y la enemistad.



Si afirmamos que en nosotros y en nuestra vida se haga la voluntad de Dios, y nos entregamos a Su conducción, en el instante de entregarnos a Él nos sosegaremos, y nuestra respiración se hará más profunda. Por medio de una forma de comportarnos legítima nos volvemos soberanos. Sabemos evaluar correctamente a las personas y situaciones, sabemos qué hay que hacer o dejar de hacer; vamos al encuentro de nuestro prójimo con respeto y somos imparciales. Estamos por encima de las cosas.



El sosiego y la soberanía aportan también una confianza íntima para con Dios. Nos confiamos a Dios porque Dios sabe acerca de todas las cosas. Él solo quiere lo mejor para nosotros. Él está permanentemente cerca de nosotros. Él, la poderosa ley, el amor y la justicia está siempre con nosotros. Dios es el que escucha en el interior, quien lo percibe todo. Si el corazón del hijo habla al gran corazón del Padre, la unidad y el amor llegan al ser humano, porque el corazón de Dios da incesantemente.

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