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Otra cumbre para el olvido

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 8 de noviembre de 2005, 02:33 h (CET)
Finalizada la Cumbre para conseguir acuerdos que hagan cuajar la Asociación de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en Mar del Plata, Argentina, lo cierto es que el cibernético teleobjetivo de que se sirve esta columna, bien pudiera distinguir, que, junto a su rápido olvido, se apreciase también un propósito de nunca más repetir esta obsoleta y ridícula tomadura de pelo de las esperanzas de la gente de la Aldea. El “milico” que rige la “bamba” venezolana, sentenció, en un chispazo de creatividad populista, el destino de esta reunión de dirigentes americanos: ALCA, Al ca... ¡al-carajo...!. Ahí es donde han terminado todas cuantas Cumbres han sido, y no por culpa de la razón o motivo de su convocatoria, sino por la descarada y cínica actitud de los gobernantes que las protagonizan (“turismo presidencial”, las denominó Alvaro Uribe durante la pasada de Salamanca).

El ALCA mientras no se eliminen las asimetrías, los subsidios agrícolas y las barreras arancelarias de los países desarrollados –clara referencia a los más ricos en relación con los menos desarrollados-, es irrealizable. Acudir de este modo a una cumbre, es lo mismo que “no llevar los deberes hechos”. O sea, decir que se gobierna, que se negocia para la mutua integración benefactora, y no hacer nada, salvo la foto de “familia”, que, esa sí, resulta imprescindible. Los Presidentes, además de protagonizar de modo representativo y delegado las Cumbres, se burlan del ansia de sus electores por alcanzar prosperidad a través de la aproximación supranacional.

Mientras tanto, y a miles de kilómetros de distancia, en el otro hemisferio, Francia alcanza su décimo día de organizados alborotos nocturnos, con el incendio de más de mil trescientos coches, y que ni los bomberos –atemorizados-, son capaces de controlar. La distancia entre el Gobierno y ese sector de la ciudadanía, en Francia, por poner un ejemplo, no era tan enorme desde hace muchos años, ni es comparable con el 68.

La finalizada cumbre, y los incendios de París, inevitablemente, ahora en que el mundo tiene tan cerca y comunicadas a todas sus almas, recuerda una escena ocurrida hacia el final de siglo XVIII, y tras los cristales del palacio de Versalles. Luis XVI -uno de cuyos antecesores había dicho "El Estado soy yo"-, se entera por el duque de La Rochefoucauld de la toma de la Bastilla, y le preguntó si era una "revuelta", otra más. El duque le contestó: "No, Sire, es una Revolución". Poco después su cabeza y la de Maria Antonieta, comprobaron la eficacia del verdugo mecánico del progreso.

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