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Etiquetas:   Social   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Con el pulso del corazón, tratemos de vivir

Hubo un tiempo en el que todo era poesía, a ella hemos de volver
Víctor Corcoba
lunes, 19 de marzo de 2018, 06:43 h (CET)

Tenemos que aprender a crear imágenes esperanzadoras a nuestro alrededor. El mundo necesita embellecerse y retornar a lo auténtico, que es donde en verdad radica la bondad. Hay muchos parlanchines, demasiados diría yo, dispuestos a dejarnos sin corazón, a imbuirnos por los sufrimientos, puesto que cada vez se recolectan más necedades en procesos democráticos. Deberíamos, pues, retornar más a nuestro interior para poder discernir lo engañoso de lo verdaderamente verídico. Los sueños de muchas vidas humanas no se los llevan las bombas, sino el pulso del alma, siempre dispuesto a renacer aunque sea de las cenizas del odio sembradas. Por desgracia, nos falta amor para no dejarnos absorber por esta espiral de violencias y de abuso sistemático de los derechos humanos. Es hora, por tanto, de repensar ante los ojos del mundo, sobre la necesidad de levantar cabeza y no caer en el vértigo de una globalización ciega, adoctrinada por los poderosos, a los que les importa nada este mundo crecido de injusticias y desigualdades. De hecho, en vez de derribar muros y distancias, lo que se activa es un espíritu de egoísmo sin precedentes, que impide compartir nada. A veces, hemos de reconocer que somos la más pura contradicción en camino, siempre poniéndonos barreras unos contra otros.


Ante este panorama desolador, muchos desfallecen en el camino. Es una lástima. Ojalá aprendamos a sintonizar con las diversas cuerdas del corazón, que realmente son las que nos armonizan la vida. Por eso, es fundamental activar nuevas vías de expresión que permitan, aparte de reafirmar identidades, transmitir valores con originales lenguajes verdaderamente ciertos. La persistente contaminación a través de un lenguaje engañoso nos está dejando sin tiempo para pensar, y esto es grave, máxime en este momento en que vamos de falsedad en falsedad, que es justo lo que desean los que codician insaciables el poder, a través de la tenencia del dinero, para poder robarnos hasta la libertad de ser uno mismo. Dostoyevski, precisamente, dejo escrito algo memorable al respecto, que no me resisto a transcribir: “Quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto de no poder distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni en torno a sí, y de este modo comienza a perder el respeto a sí mismo y a los demás. Luego, como ya no estima a nadie, deja también de amar, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos; y por culpa de sus vicios, se hace como una bestia. Y todo esto deriva del continuo mentir a los demás y a sí mismo”. Esto nos exige, sin duda, volver a nuestras habitaciones interiores para dejarnos alentar por el propio pulso, que todos llevamos consigo, puesto que somos ese purificador verso interminable, desde el momento mismo de nacer.


Es cuestión de dejarnos interpelar por esa voz íntima, que nos insta a vernos a la luz de las níveas metáforas, sumando miradas en la misma dirección, y viéndose uno mismo entre ellas. ¿Qué es el camino, sino una manera de sentirse? Sin los sentimientos nada sería lo que es, hasta el punto de que –como dijo el escritor español Francisco de Quevedo (1580-1645), “los que de corazón se quieren sólo con el corazón se hablan”. Y así es, el manantial existencial nuestro no es otro más que nuestro específico pulso de vida. Cada cual tiene la edad de sus emociones. De ahí la importancia de cuidar nuestros entornos. No vayamos a perder la capacidad de asombro ante tanta pérdida de masa forestal, o el propio sentido humano, ante la avalancha de crueldades que nos circundan. Sea como fuere, es tiempo de mejores gobernanzas, pero también de escucharnos mar adentro. A un gran corazón nada se le resiste, ninguna ingratitud lo cansa, nadie lo detiene. Tratemos de ver con el frenesí de nuestras propias entretelas. Seguramente, entonces, nos atreveremos a compartir el sufrimiento de nuestros análogos, reconociendo de este modo que con nuestra contribución es como el mundo puede cambiar. Sinceramente, todos podemos aportar algo en ese cambio, concertando y conviniendo, que la realidad no puede estar sumisa a don dinero, sino al celeste verso y al verbo humano para recuperar su innata armonía, a la que hemos de regresar por siempre. 

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